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El caudillo de los vinos de Caroya

Lleva más de 40 años como enólogo en bodegas y viñedos de una provincia que quiere ser más vitivinícola. Es responsable de la reconversión que salvó la producción caroyense.

08 de abril de 2017 a las 12:01 a. m.
Claudio Minoldo *
El caudillo de los vinos de Caroya
(Gentileza Esteban Castagna)

Hace poco cobró su primera jubilación porque, cronológicamente, le llegó la edad del retiro. Pero Santiago Lauret tiene pensado estirar su estadía entre uvas y toneles al menos un año más. Este enólogo cordobés es incapaz de arrogarse mérito alguno en los avances que logró la vitivinicultura local desde fines de la década de 1990. Sin embargo, mucho tuvieron que ver su insistencia y su propuesta renovadora.

Con la uva frambua –su denominación correcta es “Isabella”, aunque también se la llama chinche–, Colonia Caroya sentó las bases de lo que es el vino típicamente cordobés. Es una uva excesivamente aromática y dulce, pero con escasa cualidad enológica. Dicho clarito: nunca dio más que para un vinito tipo “patero”. Y aunque tuvo mercado y demanda en las décadas de 1960 y 1970, tuvo también su franco declive.

Fue pensando en ese declive que Lauret le propuso a la entonces Cooperativa Vitivinícola La Caroyense que iniciara un proceso de reconversión que le permitiera mantenerse en el negocio.

Para cuando le dieron calce a la propuesta, a mediados de los ’90, la cooperativa caroyense se enfilaba irremediable a la quiebra, lo que efectivamente ocurrió poco después.

Pero la buena noticia era que habían logrado convencer al municipio de Colonia Caroya para que importara 60 mil plantas con nuevas variedades de uva, entre 1996 y 1998. Y comenzaron a plantarse nuevas filas con malbec, merlot, cabernet sauvignon, ancelotta, trebbiano romagnolo, chardonnay, sauvignon blanc y malvasía istriana, además de darle realce a la pinot noir, que ya existía en las viñas locales. Con el asesoramiento de un vivero de Italia, Lauret fue aportando para mejorar la producción local de vinos. “Si no nos reconvertíamos, desaparecíamos definitivamente”, asegura hoy.

Lauret se puso al hombro la reapertura de la bodega cuando salió a remate. Buscó a los cuatro primeros socios que tuvo La Caroyense desde que se convirtió en una sociedad anónima y los convenció de invertir para renovar maquinarias y procesos.

Con una bodega más moderna, consiguió elaborar champán –el primero que se hizo en Córdoba– y logró los contactos para exportar vino a Perú y jugo de uva a Taiwan. Además, la bodega recibió 40 medallas de plata y oro en concursos nacionales e internacionales. Fueron premiados su champán, la grapa, el vino Reserva Paso Viejo y el lagrimilla de oro apto para misa, entre otros.

Sin tregua

Pero Caroya no bastaba. Vinieron los años más recientes, cuando crecieron ideas y empujes para hacer vinos serranos en Córdoba. Y Lauret contagió su entusiasmo a productores que sembraron viñedos en Traslasierra, Calamuchita e Ischilín.

“Dicen que soy demasiado perfeccionista y eso no está tan bueno porque uno vive haciéndose mala sangre, pero ese rasgo de personalidad es lo que me ha permitido, desde el punto de vista técnico, crecer un montón en la actividad y que nuestros productos se luzcan en concursos y causen alguna admiración. El afán de perfeccionamiento fue el que logró eso”, ensaya Lauret sobre su rasgo más saliente, que le ha valido no pocos encontronazos, incluso en su ciudad natal.

El enólogo reconoce que las nuevas cepas introducidas en Córdoba ayudaron a mejorar la producción tradicional: “La reconversión fue la que nos permitió estar en un nivel de consideración, tras la problemática que teníamos con la uva Isabella, a la cual las autoridades del Instituto Nacional de Vitivinicultura se resistían incluso a considerar apta para elaborar vino. Hoy, nuestro vino mejoró notablemente respecto de aquel porque pudimos incorporarle merlot, malbec, o cabernet, por ejemplo”, comenta con entusiasmo.

Vinos honestos

“Es uno de los premios que más disfruto”, dice Lauret al hacer referencia al galardón que le otorgó el Instituto Nacional de Vitivinicultura por su labor como enólogo, porque significa ponerlo a la par de colegas de renombre de otras zonas productivas clásicas y también reconocer lo que aportó a la vitivinicultura de Córdoba.

Sin embargo, más que elogios por los premios, Lauret los prefiere por su rol como elaborador: “Hace poco alguien me dijo que le gustaban mis vinos porque son honestos y me gustó esa definición, porque es cierta. Son vinos hechos con sacrificio, con honestidad y son vinos puros, sin ningún elemento extraño. No vamos a ir a competir con los malbec de Mendoza, pero el nuestro es un malbec honesto que representa bien a Córdoba”, afirma.

*Corresponsalía