El caso Don Egidio y su chequera
Fue muy famoso el caso de don Egidio Cabutti, quien volvió una mañana muy contento desde Río Cuarto con una chequera entre las manos y, como se comprobaría enseguida, muchas ganas de usarla. Jorge Londero.
Mi amigo Simón Adriani me contó que en Charras, su tierra natal, fue muy famoso el caso de don Egidio Cabutti, quien volvió una mañana muy contento desde Río Cuarto con una chequera entre las manos y, como se comprobaría enseguida, muchas ganas de usarla. En los tres o cuatro días que siguieron, las pertenencias y la calidad de vida de este buen hombre tuvieron modificaciones sustanciales, que no pasaron inadvertidas en un pueblo chico. Se cambió "la chata"; llevó algunos muebles nuevos a la casa; obtuvo su primer televisor color, que por entonces eran una novedad; le compró una bicicleta con motor a su nieta adolescente; una pista Scalectrix a sus dos nietitos varones y hasta un aire acondicionado para la pieza de su hija solterona. Compró todo eso y otras cosas que escapan a la memoria de mi amigo Adriani, por supuesto, con los cheques que tanto le gustaba firmar. Acreditando. Resulta que los valores comenzaron a entrar al banco y, al parecer, superaron muy pronto, y con creces, el acuerdo que don Egidio tenía con la entidad. Advertido del caso, el gerente de la sucursal donde operaba este cliente lo mandó a llamar. Así, Don Cabutti se hizo presente al otro día en el banco, oportunidad que aprovechó para estrenar su saco nuevo y el par de zapatos de suela que tanto había deseado, ambas cosas adquiridas, también, con la bendita chequera. Era la misma con la que había comprado los cigarrillos importados que convidó a todo el personal bancario, muchos de los cuales aceptaron gustosos, porque en esa época todavía se podía fumar sin problemas en lugares públicos y poco se sabía sobre el gran daño a la salud que provoca ese hábito.El gerente lo hizo pasar a su oficina y fue directo al grano:–Don Cabutti, lo he mandado a llamar porque, sabrá usted entendernos, tenemos en nuestros registros una cantidad inusual de cheques ingresados contra su cuenta y el monto ya superó el descubierto que podemos otorgarle. Yo autoricé el pago de los últimos, pero, a partir de ahora, si no cubre la deuda, voy a tener que rechazar los próximos cheques.Don Elgidio le propinó una encendida pitada a su cigarrillo importado, exhaló lentamente el humo, sacó la chequera del bolsillo y contestó:–¿Era eso, nomás? No hay problema, entonces, dígame cuánto les debo y les hago un cheque por todo.

