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Día del Maestro: de docencias y de alumnados

Se repiten frases que podemos valorar y revisar. Pero vale la reflexión sobre el rol de los educadores en las complejidades de estos tiempos. ¿Qué deberíamos reconocer?

19 de septiembre de 2023, 00:00
Día del Maestro: de docencias y de alumnados
El día del maestro fue una oportunidad para pensar en el rol de los educadores. Foto: Orlando Pelichotti

Pasó el Día del Maestro y, como suele suceder en estas fechas, se multiplican las frases alusivas enviadas por las redes.

La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”, de Paulo Freyre. “Educar es más difícil que enseñar, porque para enseñar se necesita saber; en cambio, para educar se necesita ser”, de Quino. “Hombre, pueblo, nación, Estado. Todo está en los humildes bancos de la escuela”, de Sarmiento.

¿Cómo no acordar con estos textos? Y cómo no disentir con este: “Una buena maestra es como una vela. Se consume a sí misma iluminando el camino de otros”. Esta especie de concepción sacrificial, apostolar de la docencia, no es sin consecuencias.

Los docentes no somos seres especiales, “elegidos de Dios” para llevar a cabo una función que nos consuma y que, por surgir de una vocación o de “un llamado”, corre el riesgo de no ser reconocida como profesión, con todo lo que eso significa también en lo salarial y en el posicionamiento social.

Es cierto que muchos docentes iluminan caminos y dejan huellas. Son quienes a la vocación real unen la capacitación y la alegría en el encuentro con el alumnado.

Otros, lamentablemente, cierran las puertas al conocimiento porque no pueden pararse en el aula con la verdad, ya que si pudieran elegir, quizá no serían docentes.

Y esta es una profesión que no admite desconexión, que no se puede simular ni maquillar.

Un docente de verdad junta el “ser” con el “hacer”, y eso garantiza la acción, la emoción y el compromiso.

Lejos de ser una vela que se consume en pos de otros, el o la docente es ante todo un hombre o una mujer que eligió ese camino. Es representante de la cultura. Entra al aula con todo su ser.

Sabe que deja huellas, que abre o cierra las puertas al conocimiento.

Sabe de la necesidad de establecer una transferencia amorosa con sus alumnos.

Sabe que debe cuidar su salud psicofísica para enfrentar el malestar que todo trabajo intergeneracional e institucional provocan.

Sabe que lejos de consumirse en la entrega, debe enriquecer su vida para llevar los mejores mundos posibles al aula.

Sabe que debe alejarse de la ritualización y de la repetición de prácticas y rutinas negativas.

Miguel Angel Quevedo, docente elegido para una campaña nacional que revaloriza el rol del educador. Enseña carpintería en el Ipet 64 Malvinas Argentinas, de barrio San Vicente. (José Gabriel Hernández / La Voz)
Miguel Angel Quevedo, docente elegido para una campaña nacional que revaloriza el rol del educador. Enseña carpintería en el Ipet 64 Malvinas Argentinas, de barrio San Vicente. (José Gabriel Hernández / La Voz) (La Voz)

Reconozcamos

Quizá sea el momento de reconocer algunas cosas:

Que antes que nada somos hombres y mujeres y que mientras mejor estemos como personas, mejor sale la tarea; que deberíamos saber las razones más o menos inconscientes por las que elegimos esa profesión; que no se puede trabajar en soledad; que pedir ayuda es un acto de inteligencia y humildad; que no se puede ser docente si no se actúa con generosidad y que no se trata de repartir sólo el conocimiento sino también la palabra.

Para eso, hay que poder correrse del lugar del saber, para que aparezca también la palabra del alumno, su malestar, su queja, sus saberes, su asombro.

Una vez más reconocemos que hacen falta educadores esperanzados, que hayan podido juntar la mente y el deseo, el hacer con el ser.

Hacen falta educadores que resistan. Son tiempos de resistencia al discurso prepotente, a la caída de valores, a la tentación de perder la memoria, la ética, la justicia.

Son tiempos de resistirse a la resignación, a la parálisis. Son tiempos de trabajo en equipo. Son tiempos de trabajar la alianza familia-escuela, para reafirmar la identidad de cada institución y repartir responsabilidades. Son tiempos de correrse del lugar de víctima para sentirse capaces de promover cambios y que cada alumno quede posicionado, tras su paso por la escuela, como alguien curioso, crítico, libre.

Al decir de Eduardo Galeano: “Libres son los que crean, no quienes copian; y libres son los que piensan, no los que obedecen. Enseñar es enseñar a dudar”.