Déjenlos bailar
Groucho Marx decía que "la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música". Uno escucha ciertas bandas militares y se acuerda un poco del dicho. Edgardo Litvinoff.
Groucho Marx decía que "la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música". Uno escucha ciertas bandas militares y se acuerda un poco del dicho.
Además, el sonido de la trompeta y el pasito marcial todavía producen un escozor, en especial a los argentinos, que seguimos viendo por el noticiero las consecuencias de no cerrar las heridas de hace 30 años.
¿Pero qué culpa tienen las bandas, compuestas por músicos que, en muchos casos, tienen muy poca relación con la carrera militar o con las jerarquías de las Fuerzas Armadas?
Muchos todavía asocian a las bandas militares con aquellas "bandas de guerra" que tenían la misión de alzar la moral de las tropas y esparcir el espíritu patriótico. Hoy, cuando cualquier ciudadano razonable es tan poco afecto a propiciar los grandes conflictos, a las bandas sólo les queda la tarea de entretener en los desfiles.
En realidad, desde la Revolución Francesa, a fines del siglo 18, se extendió la costumbre de atar las celebraciones cívicas a la música. Las bandas militares estimularon la creación de himnos y marchas como expresiones de la construcción nacional.
El 27 de junio de 1806, durante la primera de las invasiones inglesas, la tropa enemiga ingresó a Buenos Aires al mando del general Guillermo Beresford y marchó hacia el fuerte con una columna al frente formada por gaiteros escoceses y por trompetistas.
Mariquita Sánchez de Thompson, que veía todo desde su balcón, las describió como "las más lindas tropas con el uniforme más poético: botines con cinta punzó cruzadas, una parte de las piernas desnudas, una pollerita corta, las gorras de una tercia de alto adornadas con plumas negras y una cinta escocesa que formaba el cintillo; un chal escocés como banda sobre una casaquilla corta punzó".
Los músicos ingleses fascinaron a las damas de la alta sociedad porteña, que acudían a verlos de cerca con la excusa de comprarles composiciones. Algunos de ellos, incluso, decidieron quedarse aún después de la expulsión de las tropas británicas.
Volviendo a nuestros días, la banda militar de la Escuela de Gendarmería de Jesús María tocó y bailó "El bombón asesino" en el desfile del Bicentenario. Y a pesar de que sus integrantes podrían recibir una sanción administrativa, lograron despertar la adhesión de la gente con su pasito bailantero.
Nadie pediría a los granaderos que custodian la Casa Rosada que se dejen llevar por la "Macarena", pero no pasa nada si una banda militar ensaya unos pasitos como para que el público no se duerma.
Al fin y al cabo, quizá sean los adelantados que presagian un futuro menos acartonado, más popular y sincero para una institución cuyo rol ya no tiene nada que ver con el que llevó al "Tamborcito" de Tacuarí -un chico de 13 años- a dar su vida en un campo de batalla por marcarle el ritmo a la tropa.

