Decenas de razones para no poder llegar al centro
“No quiero que intente seducirme con banalidades. Mi sueño pasa por la normalidad. Sólo por la normalidad”, Juan. Germán Negro.
–Yo tengo un sueño, Juan. –Hum..., me parece que escuche esa frase en algún lado.–Es que cada tanto la pronuncia algún Salieri, pero el que la patentó fue Martin Luther King. Hablaba del futuro, en un histórico discurso pronunciado en Washington, en 1963.–Ah, cierto vecino, ahora me acuerdo de dónde lo tenía. Pero, ¿qué tiene que ver con usted un líder de los negros de Estados Unidos?–Creo que nada, pero yo también tengo derecho a tener un sueño, y a contárselo, Juan.–Me parece que usted da más vueltas que mi taxi para decir algo, vecino. Si se apura y cuenta rápido, lo invito a tomar un Cynar con papitas fritas.–No hace falta que intente seducirme con banalidades. En realidad, mi sueño pasa por la normalidad, Juan. Sólo por cuestión de normalidad. –¿Acaso se considera anormal, vecino? Espero que no me salga con algo raro, como que soñó con que Silvina Escudero lo invitó a pasar un fin de semana a Icho Cruz o a tomar sol al balneario de La Granja.–Basta de hablar macanas, Juan. Voy al grano: sólo pretendo ir al centro y no encontrarme en el camino con una calle cortada por una zanja de Epec, una manifestación de vendedores de alfeñiques, una marcha de estudiantes descorazonados, un paro de zorros grises que piden el recambio de los silbatos despintados por la saliva, por un trole desenganchado del ombligo de energía, por un grupo de carreros descarriados o porque hay una persona descompuesta que espera por una ambulancia del ciento y pico. –Está pretencioso, vecino. No sé si tuvo un sueño o la recreación de una pesadilla cotidiana.–¿Le parece?, Juan. Mire que no le nombré las posibilidades de encontrar un semáforo roto, un cartel de calles dado vuelta, un ómnibus de la Tamse que perdió sus ruedas y quedó de cordón a cordón, una pelea entre sus colegas los tacheros y los remiseros –y los ganadores de éstos contra la Municipalidad–, un hundimiento de calzada por una caño de cloacas averiado, el insólito paso del Ferrourbano (que sigue sometido a no menos insólitas pruebas diarias) por los pasos a nivel de Alta Córdoba, un árbol caído en la calle después de la última tormenta, cables de la luz chispeando contra el pavimento...–Me cuenta lo que veo todos los días, vecino.–Bueno, no quiero amargarlo... Tampoco le mencioné, Juan, las chances de que no llegue al centro porque se comió un pozo y lo dejó sin dirección, o llovió un rato y no se pudo cruzar por el Bulevar Los Granaderos por miedo a naufragar en una esquina.–Lo que me dice, vecino, parece una broma... Pero todo eso nos espera cada vez que salimos de casa.–Bueno, disculpe, no quise refrescarle tanto la realidad, Juan. No se sienta mal, de ser cruel le hubiera referido las posibilidades de chocar en cualquier cruce por lo mal que se maneja o que un motochorro le parta un ladrillazo en un vidrio para robarle el maletín.–Y, ¿qué hacemos?–Mejor, Juan, tomamos el vermú en el barrio.

