Cuidado con los descuentos sospechosos
Todo bien con descuentos lógicos del 10, 15 o hasta 30 por ciento. Pero si un cupón impreso en una hoja A4 indica que un producto que vale 100 va a costar 40, a no hacerse muchas ilusiones.
–Buenos días, señor, cómo le va, bienvenido, ¿en qué puedo ayudarlo? –dijo la vendedora del local de ropa, con amabilidad y simpatía notables. –Vengo a comprar algo con esto –le dije, y expuse mi cupón de descuento conseguido en un sitio de Internet.Fue como si ella se hubiera dado cuenta de que la persona que tenía enfrente no era un cliente, sino un asesino serial. Esa cara que hasta hacía tres segundos sonreía, ahora oscilaba entre la indiferencia y el asco.Todo bien con descuentos lógicos del 10, 15 o hasta 30 por ciento. Pero si un cupón impreso en una hoja A4 indica que un producto que vale 100 va a costar 40, a no hacerse muchas ilusiones.Ese tipo de promociones ya se asemeja a la diferencia entre hacerse atender en el médico de manera particular o por obra social: la teoría indica que debería ser lo mismo, pero la práctica suele correr por otros senderos.La primera vez que conseguí imprimir un cupón de descuento para una lomitería no me fue bien: cuando me entregaron la comida, tuve que sacar el diccionario para confrontar la definición de "lomito" con lo que había en el plato. Temía ser yo el que estaba equivocado, aunque estaba seguro de que las versiones anteriores que había probado incluían carne.La experiencia reveladora –de esas que demuestran la existencia o no de Dios– me sucedió hace dos meses, cuando me regalaron un cupón de una famosa marca que rima con cupón, para un masaje corporal en un "SPA urbano". Era para desconfiar de entrada: ¿qué quiere decir "urbano"? ¿Qué diferencia hay entre un SPA ubicado en la ciudad y un SPA urbano ubicado en la ciudad?Lo supe cuando llegué: era un monoambiente en un edificio céntrico, con un durlock en el medio para dividir los dos boxes de atención al cliente.Me enviaron a uno de los boxes y entonces les mostré el cupón de regalo. La reacción fue inmediata: en vez de darme una bata, me entregaron un repasador (igual me sobraba, pero no era cuestión); en lugar de ponerme aceitito de rosas, me untaron con Natura; y la mujer me hacía los masajes con una sola mano, mientras con la otra fumaba.Lo más interesante fue que entre un box y otro se escuchaba todo. Al lado había una chica que, al parecer, había ido a hacerse una "tira de cola": un tipo de depilación que no se debe comentar durante la hora del almuerzo o la cena.El tema es que, en un momento, la masajista le dijo a la clienta: "Madre, me vas a tener que ayudar con las dos manos".La imaginación voló a la velocidad de la luz, por desgracia.Juré no volver más, aunque al menos me fui con una certeza: el olor a quemado es igual en cualquier parte del cuerpo.Fue una de esas experiencias no religiosas que inducen al ateísmo.

