Consejos para reventarse mejor
A esa altura de diciembre, el estómago habla solo, el riñón se prende fuego y el páncreas se declara en huelga de secreción.
La temporada de reviente suele empezar apenas asoma diciembre. Aparece con la sutileza de un vermú de día de veranito que se extendió más de la cuenta y que nos hizo volver a casa con un ligero mareo y una leve molestia estomacal. Fue una advertencia, que de ninguna manera tomamos como tal.Tras esa inauguración, llega el primer asadito de ese grupo con el que nos encontramos una o dos veces al año, con el que conviene organizar algo antes de que las fiestas se acerquen más y la agenda ya esté completa o nosotros en coma. Esta reunión ya comienza a conformar el círculo iniciático del exceso. Comemos medio kilo de carne – sin contar las achuras–, y bebemos de manera tal que cuando empezamos a discutir sobre la influencia de Plutón en la política nacional, nos damos cuenta de que no estamos para volver manejando en nuestro vehículo. Luego comienza la ronda de encuentros con los compañeros del trabajo, que se cierra con la fiesta de fin de año laboral. No hay asado, pero probamos cada bocadito, cada cazuela, cada empanadita y cada elemento de la mesa dulce mucho antes de que los estímulos de la saciedad alcancen el cerebro. Algo parecido sucede con la ingesta indiscriminada de bebidas, que se mezcla con la adrenalina de fin de año: eliminados los frenos inhibitorios que funcionaron en las primeras dos horas, nos vamos a casa sólo cuando el más juicioso de los compañeros nos advierte que estamos comiendo los centros de mesa, que le hicimos un tackle al mozo para que nos dé un ferné con coca y que hace 20 minutos que intentamos sacar a bailar a la esposa de uno de los accionistas, y ella no quiere. "Nos vamos a casa" es un decir: nos llevan. En medio de todo eso, las fiestas familiares aportan la cuota de cerdo y de vitel toné que le venía faltando al menú de las otras tertulias. Y nos hacemos los sanos comiendo la dosis de ensalada que le venía faltando al intestino. Tomamos vino del bueno y eso nos permite seguir bebiendo hasta que comenzamos a contar chistes verdes o hasta que tu novia o tu papá te empiezan a mirar feo. Por lo general, ambos límites aparecen juntos.Por último, el año se despide con el gran asado de los amigos. Comemos medio kilo de carne por persona, pero sin contar las achuras, ni la picada, ni la provoleta, ni la carne de cerdo, ni el pimiento con huevo.Además, ingerimos líquidos tan variados que, al promediar la comilona, nos peleamos con el amigo que se olvidó el reliverán y lo insultamos, aunque de repente nos olvidamos por qué.A esa altura, el estómago habla solo, el riñón se prende fuego y el páncreas se declara en huelga de secreción.Por otra parte, estamos tan concentrados en estos menesteres que apenas discernimos que de un día para otro –como hacen los gobiernos en cada diciembre– nos mutilaron la jubilación, nos metieron un impuestazo y todo cuesta 30 por ciento más. Lo peor es que no sólo no nos preocupa, sino que brindamos por eso. ¡Salud!

