Gente Picante. Damián Andrade, del Instituto del Quemado: el médico que ayuda a volver del fuego
El jefe del Servicio de Quemados del Hospital Córdoba habla del trabajo en el límite: el dolor extremo, la reconstrucción física y emocional y el desafío de ayudar a un paciente a volver a vivir después del fuego.
–Las manos de un cirujano son manos con alas, manos muy especiales. ¿Cómo te sentís?
–La verdad es que es una calificación que me sorprende. Pero, si son manos especiales, son manos que curan. Bajo esa denominación, uno tiene la premisa de hacer todo lo necesario para conseguir la salud y curar pacientes. Es una responsabilidad fuerte, y muy linda también.
–Atender a personas que se han quemado, imagino que es un desafío doble, ¿no? Porque primero, en muchos casos, hay riesgo de vida.
–Sí. A ver: la premisa es curar quemados, pero no solamente nuestra asignación es el quemado. También están la cirugía reconstructiva y la cirugía estética. En un centro especializado, el primer camino es el paciente quemado, pero no solamente necesita salvar la vida: también necesita reconstrucción. Hay quemados que sufren quemaduras en la mano y hay que reconstruirla; hay que reconstruir la cara. Y también hay que ver la parte estética. Es un tratamiento complejo y amplio, donde uno no tiene que perder de vista que primero tiene que salvar la vida del paciente, después reinsertarlo a la sociedad y buscar la cuestión estética como un tercer punto. Fundamentalmente, la mirada integral del paciente.
–¿Hace cuánto que te dedicás a esto?
–Hace 25 años.
–¿Y cómo llegaste ahí?
–Un camino largo, bastante intenso. Yo recuerdo que la semillita se empezó a formar cuando iba al secundario. Desde mi casa iba al colegio, al Instituto Dr. Antonio Nores, en Yofre Norte. Subía a dos cuadras de mi casa, donde estaba la parada del colectivo, y en la segunda parada subía un chico con muletas. Todos los días veía esa forma de subir, y siempre me preguntaba si se podía hacer algo por ese joven, que tenía la misma edad o unos años menos que yo; si alguien podía ayudarlo. En mi ignorancia, o tal vez en el idealismo, me decía que yo tenía que ayudar a gente que tuviese ese problema. Y ahí me empezó a surgir la idea de hacer medicina para ayudar a la gente.
–¿Y cómo fue tu camino para llegar a la cirugía plástica y, puntualmente, quemados? ¿Se eligió? ¿Llegó?
–Siempre me gustó la cirugía plástica. Para hacer la residencia en cirugía plástica había concurso: tenía que tener antecedentes de cirugía general y rendir en la provincia para los puestos de residencia. Había dos lugares para cirugía plástica. Yo me presenté y pude ingresar. Y hago la salvedad de “residente” porque era pago y había concurso: fui el primer residente pago de la provincia cuando abrió la residencia. La residencia se tenía que cumplir en el Quemado y ahí empecé mi carrera, y la seguí haciendo durante todo este tiempo.
–Imagino que el paciente quemado es uno de los pacientes más traumáticos, ¿no? Porque no es programado: hay que actuar en la emergencia. ¿Cómo es esa situación cuando llega la persona?
–Son situaciones muy traumáticas. Quien no está preparado para ver, recibir o tratar a estos pacientes queda muy shockeado. El 90% viene consciente a la guardia, con quemaduras grandes, sobre todo profundas y extensas. Vienen con dolor y con miedo. El dolor y el miedo son componentes muy traumáticos. Recibir a alguien consciente, con dolor, que sabe que tiene un problema grande, y que es asistido por gente que no conoce, es muy difícil. Nosotros invadimos: se te acerca gente, te pregunta, te toca. Es un combo donde uno tiene que tratar de tranquilizar a esa persona, con susto, ansiedad y angustia. Pero más allá de eso, como médicos tenemos que hacer todo lo necesario para empezar a tratar esa quemadura con vista, primero, a salvar la vida. Y de ahí viene todo lo demás.
–¿Se hace una evaluación rápida del paciente? ¿Te das cuenta si hay compromiso respiratorio?
–Sí. Cuando son quemaduras complejas, donde uno presume que tiene la vía respiratoria comprometida, pedimos la asistencia de terapia intensiva. Ellos evalúan mientras nosotros evaluamos la piel. Si terapia evalúa compromiso, o sospecha compromiso de la vía respiratoria, lo pasamos a terapia intensiva. Y si hay que intubarlo o asistir la respiración, lo hacen ellos. Mientras tanto, nosotros tratamos la quemadura en el resto del cuerpo. Es un trabajo en conjunto. Es fundamental que el quemado sea tratado así: es la mejor forma de atender a estos pacientes en la etapa inicial.

–Imagino que el fuego es el principal causante.
–Sí, en un 70%. También hay ácidos, sol, caño de escape de moto. No necesariamente siempre es fuego.
–En una persona quemada con fuego, uno se imagina la ropa y la piel muy comprometidas. ¿Hay forma de salvar algo?
–Cuando ya se estableció la quemadura, es difícil. En el momento inicial, cuando se prende fuego la ropa, sugerimos rodar y tratar de apagarlo lo más rápido posible. Después, en la guardia, tenemos que sacar la ropa quemada, retirar la piel quemada, calmar el dolor con analgesia para seguir trabajando y cubrir la zona lesionada. Y tratarlo en forma conjunta con terapia intensiva o con los clínicos. Lo más difícil es calmar al paciente: es un pico de adrenalina. Tiembla, tiene dolor, está ansioso. Uno medica, habla, acompaña. A veces, con las pulsaciones, el miedo a lo que viene, es difícil. Pero tratamos de hacerle entender que, con el equipo que lo está tratando, está en las mejores manos.
–Después de superar esa fase de estabilización, ¿qué sigue?
–La fase inicial es sacar restos de hollín, ropa o piel quemada que pueda contaminar. Se saca todo eso, se lava y se cubre al paciente. ¿Por qué se lo cubre? Porque al perder la piel, drena, rezuma, sale líquido. No tenés esa cobertura que mantiene la estabilidad de los líquidos del cuerpo. Entonces se cubre con apósitos gruesos para contener esa pérdida. Por eso vas a ver pacientes muy vendados, como una momia, es para contener a ese paciente.
–Y habrá que hidratar mucho a ese paciente, imagino.
–Sí. Viene el plan de resucitación, como le decimos: reposición hídrica por el líquido que rezuma. Se mantiene a las 8 horas, se repone a las 16. Se controla según la evolución: débito urinario, presiones y otros parámetros. Podemos medir y calcular esos parámetros, laboratorio y gases en sangre: todo se maneja según cómo evoluciona el paciente.
–¿Cuánto deberá lleva a un paciente estar con ese vendaje? ¿Qué se hace después?
–Primero hay que estabilizar. Las 48 horas siguientes son cruciales. Uno de los parámetros fundamentales es la diuresis, la orina, para ver cómo responden los riñones a todo este trauma que el cuerpo ha sufrido. Con ese parámetro manejamos el medio interno, los fluidos y las presiones. Y junto con esto empieza la parte quirúrgica. En quemaduras profundas tenés piel muerta que no deja trabajar al cuerpo en la regeneración, porque lo está tapando. Ese tejido muerto hay que removerlo; la remoción es fundamental.
–¿Cuántas capas de piel tenemos?
–Tres.

–¿Y si se quema hasta la tercera?
–Cuando afectó la tercera es difícil que cicatrice por sí solo. Ahí tenemos que remover el tejido. En quemaduras superficiales, la primera capa generalmente se restituye sin secuelas. La de segundo grado puede cicatrizar si se maneja bien.
–Esa es la típica de agua hirviendo o vapor.
–Sí. Produce ampollas, duele, arde. Si uno tiene los recaudos, generalmente cicatriza. Capaz deje una mancha, pero cicatriza bien. Pero cuando afectó todas las capas, lleva más tiempo y tenemos que intervenir más.
–¿Se regenera el tejido solo?
–Si son las dos primeras, sí. La tercera, en general, no. Ahí suele necesitar autotrasplante de piel del mismo paciente. Pero tenemos recursos para ayudar: por ejemplo, la membrana amniótica.
–¿Secretos como cuáles?
–La membrana amniótica. La usamos hace un tiempo y somos de los principales usuarios en la provincia. Creo que cerca del 70% u 80% del banco de tejido de membrana amniótica lo usamos nosotros.
–¿Reemplaza la piel o es una transición?
–Cuando hay quemaduras de segundo o de tercer grado donde tenemos esperanza de que pueda epitelizar, ayudamos con este sustituto. Tiene células con capacidad de estimular regeneración. Al cubrir con membrana amniótica, le damos más chance: que regenere por sí solo o que reduzca la cantidad de injerto posterior. Es un recurso muy bueno y lo usamos muchísimo.
–¿Y hay algo artificial, aunque sea de transición, que te banque la piel?
–Sí. Hay matrices que actúan como sustituto temporal. Sirven como estructura para que la cicatrización sea más rápida o para que el resultado final después del injerto sea menos notorio. Son más caras.

–Y siempre, cuando hablamos de piel humana, ¿tiene que ser la piel del mismo paciente?
–No necesariamente. Hay donantes de piel. Hace unos años teníamos un banco de piel y usábamos piel como sustituto temporal. Así como se donan órganos, también recibíamos donaciones de piel y la usábamos para cubrir.
–¿Por qué es temporal?
–Porque es por un tiempo. Al cubrir la zona quemada disminuimos la pérdida de líquido, disminuimos el dolor y preparamos el ambiente para injertar después sin alterar tanto el medio interno. Hoy lo reemplazamos bastante con membrana amniótica, pero es otro recurso.
–¿Cuáles son las zonas del cuerpo que habitualmente se queman las personas que llegan al instituto?
–Es disímil: todas las zonas. Lo más complejo para nosotros es el cuello, porque suele dejar cicatrices y retracciones. Pero vemos quemaduras en todas las partes del cuerpo: manos, brazos, cara, genitales… todas.
–¿La edad influye?
–Sí, influye. Pero también influye mucho el ánimo, las ganas, la fuerza. Todos bajan en algún momento, se deprimen, tienen decaimiento, y eso incide en la recuperación. Por eso el trabajo en equipo y el apoyo extra son fundamentales.
–¿Cuánto lleva, en promedio, recuperarse?
–Es difícil sacar un promedio. He tenido pacientes con cerca de 250 días internados y otros tres meses. Depende del porcentaje y la profundidad, de la edad, del apoyo y la fuerza de cada uno.
–¿Capacidad para cuántos pacientes tiene el instituto?
–Tenemos 14 camas de piso y seis camas en terapia intensiva para quemados, exclusivamente, ampliables según necesidad. En promedio, tenemos cerca de 10 pacientes por día. Llegan pacientes de toda Córdoba y también de provincias vecinas, no sólo limítrofes. Somos referentes en quemados, no sólo por la capacidad médica, sino por la capacidad de resolver casos complejos.

-Pregunta del millón: hay mucho mito. Ante una quemadura, en casa o en el trabajo, ¿cómo hay que actuar?
–Hemos recibido pacientes que han tenido con papa, tomate, pasta dental, clara de huevo, zanahoria… de todo. Lo ideal ante una quemadura: agua, agua, agua. Por ahí un baño con agua templada, de la canilla. No hielo, porque produce más quemadura. Y un paño con agua para calmar el dolor. No agregar ninguna otra cosa. Y consultar en el Quemado. Estamos las 24 horas. Muchas veces vienen con quemaduras chicas infectadas porque se pusieron cosas o hicieron algo que no tenían que hacer.
–¿Una quemadura pequeña infectada puede dejar huella?
–Totalmente. Puede dejar cicatrices feas, o comprometer una articulación o la cara. Ante la duda, consultar. Y no poner cosas raras.
–Un momento difícil es sacar las vendas. ¿Cómo es eso?
–Depende. En quemaduras de segundo grado usamos una técnica con celofán “dulce”, tipo acetato. Se perfora, se esteriliza y se coloca sobre la herida para que las gasas con antibiótico no se peguen. Así se cambian gasas sin arrancar tejido y es más llevadero. El celofán se despega cuando la cicatriz está curando. En quemaduras profundas no siempre se puede usar y es más complejo.
–¿El paciente acepta ver su herida?
–Muchos sí. Quieren ver la evolución, se sacan fotos.
–En quemaduras extensas hay que amigarse con un nuevo cuerpo.
–Sí. Es complejo aceptarse, ver cicatrices. Por eso tenemos salud mental, terapia ocupacional y fisioterapia. No es sólo salvar la vida: es prepararlo para su vida cotidiana, su imagen y su rol social. A veces hay limitaciones grandes, como en quemaduras eléctricas en la mano donde podés perder dedos o la mano.
–Siempre se informa “tiene tal porcentaje de superficie quemada”. ¿Hay un porcentaje incompatible con la vida?
–Hay escalas que combinan edad, superficie y profundidad, y dan pronóstico. Hay escalas que te dicen que la vida es incompatible según el tipo de quemadura. Pero más allá de eso, nosotros siempre peleamos por el paciente y buscamos lo mejor.

–¿Y les ha pasado que el pronóstico decía que no y fue?
–Sí. Por eso jamás dejamos de tratar al paciente. Jamás se deja de pelear por ese paciente. Recuerdo un paciente de La Pampa. Se incendió la casa y fue a salvar a los hijos. Los salvó, pero se quemó cerca de un 70% o 75%. Estuvo muchas veces al borde de la muerte: infecciones, paros, anemia, riesgo en cada cirugía. Todo lo que podía complicarse, se complicó. Nosotros seguimos avanzando. Después de más de 250 días internado, sobrevivió. Fue uno de los pacientes que más tiempo llevó internado y lo pudimos salvar. Eso te da la fuerza de no bajar los brazos.
–¿Te permitís encariñarte con los pacientes?
–Sí, pero no tanto. Duele cuando los perdés o cuando no podés hacer todo lo que querés porque el estado del paciente no te lo permite. Pero cada paciente es especial.
–¿Cómo lidiás con el paciente que fallece?
–Es muy fuerte. Es imposible no sentirlo cuando estás dos meses y medio peleando por un paciente, pasándolo por quirófano, haciendo todo lo que era necesario. Somos humanos, tenemos empatía, y nos llega. Pero cuando se va un paciente, cuando no hemos podido salvar una vida, uno trata de enfocarse en el resto. No podés quedarte mucho tiempo ahí, porque hay otro paciente que te necesita.
–¿Qué te sostiene? ¿Cómo te cuidás?
–Siempre decimos que para tratar quemados tenés que tener un extra. Es traumático: dolor, tratamiento complejo. Se necesita una cabeza fuerte, apoyo de la familia y algún cable a tierra para reconstruirse y salir día a día.
–Dos hijos, Ramiro y Noelia, ¿médicos?
–Sí. Tanto él como Noelia siguieron mis pasos: Noelia es dermatóloga y Ramiro es cirujano plástico.
–¿No querías que siguieran?
–No quería. Me costó mucho la medicina. Días sin dormir, guardias interminables, salir de un lado a otro, no tener tiempo para la familia, para estar con tus hijos. Es una profesión sacrificada. No quería que sufrieran eso. Pero si me preguntás si volvería a elegirlo, sí: volvería a ser lo mismo. Nací, creo, para esto. Con todo lo bueno y lo malo, elegiría lo mismo.

–¿Qué hacían tus viejos?
–Mi mamá, ama de casa. Mi papá, jubilado: tuvo un accidente, perdió un ojo y lo jubilaron muy joven. Con lo poco que tenían, la consigna era “estudien”. Podían privarse de muchas cosas, pero era “estudien”. Yo, como hijo mayor, no podía defraudar. Entonces estudié, estudié, estudié.
–Tanto que te hiciste otra especialidad también.
–Sí. Tengo medicina transfusional. Empecé a trabajar desde muy chico en transfusional como técnico mientras hacía la carrera y después hice la especialidad. Y después hice la experticia en quemados, que se agregó a través del Consejo Médico. La idea es mejorar y darle mayor calidad a la atención.
–Cuando el paciente se va, cuando la cicatriz ya se instaló, ¿vuelve?
–Vuelve poco. Mucho menos de lo que yo quisiera. Tendrían que volver para controlar la evolución. Hay quienes se van tan bien que no quieren volver porque se sienten restituidos; y otros vuelven años después porque una cicatriz les tira. Pero el control debería ser mayor: cerca de dos años después de la quemadura, después del alta, debería venir a control.
–¿Está el que hizo una bandera de su cicatriz?
–Sí, existe. Hay gente que ve en su cicatriz una forma de pelearla, un antes y un después, un motivo para cambiar. Pero son los menos. Igual, casi todos tienen un antes y un después con algo fuerte. Yo doy testimonio: cuando algo fuerte te impacta, te marca. Yo estuve internado con dengue. Nunca había estado internado, salvo una apendicitis, pero un día. Hace dos años me agarró dengue hemorrágico. Entré un jueves al Hospital Córdoba con hemorragia. En 12 horas empecé con más hemorragia, terapia intensiva, y no había forma de frenarlo. Empezaron a transfundirme.
–¿Y vos te dabas cuenta?
–Totalmente. Estaba consciente. Es como una lucecita que se va apagando. Yo sabía lo que me pasaba. Estaba internado en el hospital donde pertenezco, conocía a los médicos tratantes, veía las caras de angustia, y no lograban frenarlo. Se hizo un tratamiento como última medida: me pusieron un coil, una espiral, para frenar la fuga de sangre a nivel intestinal. Fue algo nuevo, complejo. El cirujano, el equipo de endoscopía y el equipo del hospital se la jugaron y lograron frenar el sangrado. El equipo del Hospital Córdoba me salvó la vida. Y estar de los dos lados me hizo entender lo que siente un paciente: la ansiedad, la angustia y a veces la soledad, estar indefenso. Eso me hizo más empático. A veces una palabra o una sonrisa ayuda muchísimo. Y lo primero que tengo que decir es agradecer al equipo del Hospital Córdoba. Al día siguiente empecé a reponerme. Llevé cerca de 11 transfusiones de sangre y 18 unidades de plaquetas. Estuve muy grave. Ese mismo procedimiento después se pudo replicar en otro paciente. Y eso es bueno: es un hospital público, con médicos excelentes que tratan de dar lo mejor a todos.

Ficha Picante
Damián Andrade (59). Médico cirujano plástico, especialista en tratamiento integral del paciente quemado. Es Jefe del Servicio de Quemados del Hospital Córdoba, Patria 656, en la ciudad de Córdoba.
Es referente provincial en reconstrucción posquemaduras. Especialista también en medicina transfusional y experto en el uso de membrana amniótica para regeneración cutánea.
Ha liderado tratamientos de alta complejidad y casos críticos de supervivencia extrema.
Nació en Córdoba, tiene dos hijos médicos (Noelia y Ramiro) y es fanático de Belgrano.

