Un barco encallado en el corazón de la Cañada
La casa de Pepino se construyó a partir del amor que su propietario tenía por las embarcaciones. Sin mar, la casona navegó por cientos de historias que aún perduran.
Su casa era una fragata sin velamen encallada en el ribazo de La Cañada. Solía disfrutar de la luna llena sentado en una mecedora frente al ventanal trasero de estribor, y por la claraboya de babor espiaba a las almas en pena que regenteaban las noches tenebrosas “en el Calicanto, a orillas del sauzal” (como cantaba el Chango Rodríguez).
Abría el almacén al despuntar el alba, antes de que los padres vicentinos hicieran sonar las campanas de la casa de la congregación. Los primeros clientes en entrar eran los inmigrantes y los obreros que vivían en el caserío que había hecho construir el intendente Luis Revol en el confín del "Abrojal", junto al arroyo, a pocas cuadras de la Plaza de las Carretas de Pueblo Nuevo, el primer barrio de la ciudad (Infografía).
Salían a trabajar cuando los municipales apagaban las farolas públicas a carburo de calcio y partían hacia el centro o a curar pellejos a las curtiembres de Colonia San Vicente en los coches tirados por caballos de la Empresa Tramway. Dos veces por semana, a media mañana, las hermanas Adoratrices solían aprovisionarse en el boliche. También, los tutores del asilo San Francisco Solano, obra de caridad de Doña Tránsito Cáceres de Allende, para el cuidado de ancianos.
Otro parroquiano habitual de la despensa de ramos generales era el presbítero José Gabriel Brochero, a cargo, entonces, de la vicaría de San Alberto, en el valle de Traslasierra. De tanto en tanto, el fraile organizaba caravanas de compras con los feligreses de Villa del Tránsito. Cruzaban la montaña en rodales, mulas y caballos para buscar, en la Capital, alimentos, bebidas y otras raciones para la Casa de Ejercicios Espirituales y las familias más rezagadas de aquella comarca.
José Tucci –dueño del negocio al que los vecinos fichaban como “La Casa de Pepino”– era un hombre precavido al extremo. Sin embargo, el “Cura Gaucho” le inspiraba confianza ciega, aunque jamás lo reconociera en voz alta. Eso se notaba cada vez que le preparaba el pedido. Mientras le acomodaba la mercadería en los sacos de arpillera, aprovechaba para compartir con él recuerdos de La Toscana, la región italiana de donde era oriundo. Le describía los vitrales de la Catedral de Arezzo como si los estuviera viendo. Le hablaba de su amor por los barcos y cuánto extrañaba los atardeceres en los atracaderos del mar de Liguria. Sin preguntarles nada, María Stefania, la compañera de Pepe, les servía una copa de Chianti.
Relatos e inspiración. El arquitecto Agustín Betolli también había escuchado hasta el desvelo aquellos relatos del italiano, que de niño soñaba con ser marinero y surcar los océanos en su propia embarcación.
Betolli proyectó y dirigió la construcción de la casa del almacenero con vocación trashumante. En el diseño, conjugó los recuerdos del tendero con la realidad del paisaje urbano del pueblo al que, mucho después, los concejales impondrían el nombre de barrio Güemes. El frente de la casona replica la proa del buque que trajo al inmigrante toscano a la Argentina y que alguna vez soportó los embates del arroyo crecido. Estaba preparada para eso.
Es que nadie ignoraba –menos el constructor– lo que sucedía cada vez que el reguero descendía con furia desde el valle de Paravachasca y se desmadraba en los recodos bajos, al ingresar a la ciudad. La tradición oral ayudaba a estar prevenidos. Por caso, en los oficios dominicales, los cartujos del vecindario solían recordar a los 200 parroquianos que la trágica crecida del riachuelo había arrastrado hasta un sepulcro de fango, en 1890.
Aladino, el primogénito de José, niño de imaginación curtida por los relatos de su papá, se devoraba las novelas que narraban aventuras de piratas. Solía pasarse las siestas en el balcón de la casa jugando a que era el valiente capitán de un acorazado imbatible. Desde ese mirador, en forma de quilla, ordenaba a la tripulación ilusoria disparar los cañones contra los malvados. En 1929, el alma de José Tucci levó anclas, soltó amarras y se hizo a la mar del misterio, rumbo al cielo.
El nombre
Versión 1. Lo inspiró Pepino el 88, legendario payaso del circo criollo que compuso José Podestá, amigo del dueño.
Versión 2. Los parroquianos llamaban "Pepino", de manera cariñosa, a José "Pepe" Tucci.

