Aquellos días de recogimiento
En esos tiempos sólo había emisoras de amplitud modulada y todas pasaban música sacra.
Si usted prende hoy una radio, ya sea en AM o en FM, encontrará seguramente todo tipo de música. Haga la prueba, lo espero... Cambie el dial... Escuche: desde Shakira hasta Rosana, pasando por Abel Pintos y Depeche Mode.
Es posible, también, que en algunas emisoras pongan algo de Caetano Veloso para anunciar que viene a Córdoba. En otras radios, en tanto, seguro que suena algún tema de “la Mona” Jiménez para ilustrar el comentario de su pronta gira por España. Hay de todo y para todos los gustos. No siempre fue así.
Con mi amigo Gustavo Aro, evocamos recientemente lo que eran las radios de nuestra infancia en los días previos a la Pascua, en especial el Viernes Santo y el Sábado de Gloria.
En esos tiempos, sólo había emisoras de amplitud modulada (Radio Universidad, LV2, LV3 y Radio Nacional, en Córdoba), y todas, absolutamente todas, pasaban música sacra. Pero no cualquier música sacra: pasaban la más triste y somnífera música sacra. Hasta el día de hoy, no me explico de dónde sacaban esos discos.
Lo peor es que en nuestras casas escuchaban radio lo mismo; los colectiveros y taxistas tampoco se privaban de esa amargura; los comerciantes, menos. En toda la ciudad flotaba esa atmósfera angustiante que, a mi entender, evocaba la tristeza por la muerte del Redentor.
Ni qué hablar de comer carne en esos días. A fines de la década de 1970, mi papá tenía una carnicería en la esquina de Campillo y Lavalleja, en barrio Cofico, en el local donde hoy funciona una exitosa pizzería y, desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Pascua a la mañana (abría todos los días de la semana) no vendía ni un bife.
Ni a los gatos les daban carne durante la veda. Mi padre tenía que comprar filetes de merluza porque las clientas sólo compraban pescado y verduras en esos días.
Recuerdo que un Jueves Santo me agarró hambre y me crucé al almacén de los Zorat a comprar un sándwich de miga, sin saber que el jamón de cerdo que contenía también estaba prohibido por mi madre. Me hizo un escándalo y hasta amenazó con pedir que me excomulguen. Lo tuve que guardar en la heladera hasta el domingo, cuando recién me dejaron comerlo. Para entonces, tenía la consistencia de una ojota.
Pero si todo tiene un costado bueno, sin dudas ese era el de las empanadas de vigilia que vendían en la confitería Ópera. Hojaldradas, crocantes, con mucha manteca, deliciosas. Yo prefería las de atún, pero también hacían de espinaca a la crema. Eran de vigilia, no de dieta.
Cierro con los huevos de Pascua. Los de antes estaban confeccionados con una gruesa capa de azúcar apenas pintada de chocolate y estaban rellenos con una especie de confites de hinojo, de sabor parecido a los caramelos Media Hora.
Los actuales, lo admito, son mucho mejores, todos de chocolate y con confites más ricos pero, con lo que cuestan, hacen honor a su nombre.

