Tradición. En la era del algoritmo digital, Córdoba se “rinde” ante el álbum de figuritas

El Mundial de Fútbol empieza antes de que ruede la pelota: entre quioscos, juntadas y herencias, las figuritas desafían a la inteligencia artificial y vuelven a unirnos.

23 de abril de 2026 a las 04:40 p. m.
En la era del algoritmo digital, Córdoba se “rinde” ante el álbum de figuritas
Para muchos grandes y chicos, llenar el álbum de figuritas equivale a ganar un MUndial. (La Voz)

En Córdoba, cuando falta “nada” para que comience el Mundial de Fútbol, el paisaje urbano cambia. Ya no importa si sos de Talleres, Belgrano, Instituto o de la Academia: hay una pasión que nos amontona a todos por igual en el patio de las escuelas o en las escalinatas del Paseo Buen Pastor.

Es el fenómeno de las figuritas, ese tradicional ritual analógico que, en plena era de la Inteligencia Artificial y del algoritmo digital, sobrevive al paso del tiempo como el mejor de los contraataques.

La historia es conocida pero no pierde su mística. Los hermanos Panini arrancaron en Italia allá por los años ’60, pero en Córdoba el romance se selló a fuego con las grandes campañas de la Selección Argentina de Fútbol.

El álbum de figuritas no es solo un libro de fotos: es un verdadero mapa emocional. Para el cordobés, completar el álbum es un “rito” que se disfruta despacio, paso a paso, una carrera de resistencia que tiene su origen en esa necesidad humana de coleccionar recuerdos.

"Late" y "nola"

¿Qué nos pasa por la cabeza cuando rompemos un sobre de figuritas? Los especialistas dicen que es la búsqueda de orden en medio del caos. En una Argentina donde la economía nos marea, el álbum nos da una meta clara. Pero en Córdoba, hay un plus: el factor social.

El coleccionismo en esta ciudad, en esta provincia, no es solitario. Es el pretexto para la “juntada”. La psicología detrás del fenómeno explica que de esa manera lo que buscamos es pertenecer.

Cambiar figuritas es, en el fondo, una excusa para conversar entre nosotros, para negociar con el otro y para ejercer esa picardía criolla de ver si podemos conseguir a la estrella del equipo a cambio de dos o tres “figus comunes”.

Lo curioso es que, aunque vivamos rodeados de pantallas, la tecnología en Córdoba se puso al servicio del papel. Los grupos de canje de figuritas en redes sociales o las cadenas de WhatsApp de papis y mamis de las escuelas, se transforman en centros de logística avanzada.

El albún del Mundial 2026 ya está disponible para los coleccionistas. (Panini)
El albún del Mundial 2026 ya está disponible para los coleccionistas. (Panini) (Panini)

La Inteligencia Artificial podrá predecir resultados, pero nunca podrá explicar la euforia de encontrar esa figurita que te falta para llenar la página de La Scaloneta en la explanada de algún centro comercial un domingo de “juntada de pibes”.

La tecnología es el GPS, pero el destino sigue siendo el encuentro cara a cara y el “toco” de figuritas en la mano.

Córdoba no es una isla

En las calles de nuestra ciudad, el Mundial de Fútbol no empieza cuando la pelota rueda por el césped, sino cuando el primer sobre de figuritas se abre en un quiosco de Colón y General Paz.

En plena era digital, Córdoba sostiene un romance testarudo con el papel. No es solo coleccionismo; es una búsqueda del tesoro que tiene nombres, apellidos y décadas de paciencia.

Si hablamos de leyendas en este tema, el nombre de Gustavo Farías es ineludible. El periodista e historiador cordobés protagonizó lo que para muchos es la anécdota definitiva del fenómeno.

Gustavo tenía casi todo el álbum de Alemania ’74, pero le faltaba un solo cromo: el de Mwanza Mukombo, un defensor de la ignota selección de Zaire.

Lo que para cualquiera hubiera sido una derrota aceptada, para él fue una misión de vida. Pasaron las décadas, cambiaron los gobiernos y las monedas, pero el hueco en el álbum seguía ahí.

Recién 40 años después, gracias a la magia de internet y el contacto con un coleccionista europeo, Mukombo llegó por correo a Córdoba. Ese momento en el que la figurita finalmente descansó en su lugar no fue solo completar un álbum; fue cerrar una herida del tiempo.

Esa es la causa psicológica real: la necesidad de completar aquello que estaba inconcluso.

El álbum como herencia

Otra historia que conmovió en las redes fue la de Oscar y Manuel. Ellos representan el corazón del fenómeno: el vínculo intergeneracional. Oscar, con la sabiduría de los años y la paciencia del que sabe que “la difícil ya va a salir”, se convirtió en el estratega de su hijo.

Verlos clasificar figuritas por número en la mesa de la cocina, mientras afuera el mundo corre detrás de algoritmos, es entender por qué esto nunca muere. Para Manuel, la figurita es un juego; para Oscar, es un puente para hablar el mismo idioma con su hijo.

En Córdoba, el álbum es la excusa para que un padre le cuente a un hijo quién fue Mario Kempes o por qué Diego Maradona es eterno.

Con cada Mundial, el desafío es mayor. El álbum de 2026 promete ser una “biblia” de más de 100 páginas. Pero al cordobés no le asusta el tamaño. Porque mientras haya un abuelo explicando cómo pegar el escudo sin burbujas, o un chico salga corriendo del quiosco con un sobre en la mano como si llevara un tesoro, el fenómeno seguirá vivo.

En tiempos de realidad virtual, nosotros elegimos la realidad de un mazo de figuritas en el bolsillo. Porque al final, completar el álbum es nuestra forma de jugar el Mundial antes que los jugadores.