De la aceptación a la resistencia
Existen una multiplicidad de argumentos en las localidades donde se debate si aceptan o no que una sala tiente al juego con máquinas que ya no tragan monedas, sino billetes. Fernando Colautti.
Dos bibliotecas de argumentos se repiten en cada pueblo o ciudad donde se debate si aceptan o no que una sala tiente al juego con máquinas que ya no tragan monedas, sino billetes.
Una, supone que esas salas generan algunos puestos de empleo y que reportan al municipio ingresos nuevos (por el cuatro por ciento que reciben del total de lo apostado). También desde ese rincón se presume que atraen visitantes, a modo de señuelo turístico.
La otra, en cambio, expone que el juego le saca más recursos económicos a la comunidad que los que le aporta, porque el grueso de lo apostado se lo llevan, afuera, una empresa privada y la Lotería provincial. También, que las slots apuntan a los sectores sociales de menores ingresos, agravando su condición. Además, las estadísticas de recaudaciones muestran que el grueso de lo apostado sale de los bolsillos de los habitantes de cada zona y no de turistas ocasionales.
Hace una década, cuando el Estado cordobés decidió recaudar con las “maquinitas”, casi no hubo discusión en los 17 municipios donde se instalaron. Pero, en los últimos años, los intentos de expandir ese juego chocaron con un bienvenido clima de mayor debate en cada comunidad. Y de ninguna de ellas salió un sí.

