Historias de vida. A los 90, en Río Tercero, Julia cumple el sueño de aprender a leer y a escribir
De joven acompañaba a sus hijos con la tarea escolar, sin que ellos supieran que no leía ni escribía. Hoy avanza con ayuda de un maestro rural jubilado. Y cuenta que está descubriendo un mundo nuevo.
Tiene 90 años y está demostrando que nunca es tarde para saldar deudas con el pasado. Julia Santos Ludueña, nacida en Villa Ascasubi pero residente en Río Tercero desde sus 18 años, ha comenzado su camino hacia la alfabetización, una meta que postergó durante casi un siglo por las “obligaciones de la vida”.
“Mandaban a la escuela a mis hermanos, pero a mí no. No sé por qué”, cuenta Julia a La Voz.
Así fue como creció viendo cómo sus hermanos y otros niños asistían a la escuela mientras ella se quedaba en casa. En aquella época –explica y se sabe– muchas mujeres solían ser destinadas exclusivamente a “las tareas del hogar”.
A pesar de no saber leer ni escribir, Julia tuvo cinco hijos, con quienes se sentaba a diario “a ver qué tareas tenían en la escuela”. Cuenta que sus hijos se enteraron de adultos que su madre no sabía leer.
“Yo quería darles el ejemplo que había que estudiar y aprender”, reflexiona. "Me sentaba como si supiera, para que ellos hicieran la tarea", relata Julia.
El deseo de aprender siempre estuvo latente, pero el cuidado de sus hijos y la enfermedad de su esposo consumieron su tiempo durante décadas, según narra.
Tras quedar sola y enfrentar la pérdida de tres de sus hijos y un nieto, Julia decidió que era tiempo de dedicarse a sí misma para evitar la depresión y mantenerse activa. "El tiempo ahora me toca a mí. Es mi momento", afirma con convicción.

Con la mano del maestro jubilado
Actualmente, recibe clases de alfabetización tres veces por semana en su hogar. Su progreso “es notable”, según evalúa Guillermo Suaya, un maestro rural ya jubilado que vive en Río Tercero pero que durante largos años fue docente de escuelas de frontera en el norte del país. Durante décadas enseñó a comunidades aborígenes y de jubilado siguió como docente integrador en números casos.
Con un orgullo que la hace elevar el suspiro, Julia muestra sus cuadernos. Allí aparece la primera palabra que aprendió a escribir: “Alicia, que es el nombre de mi hermana”, precisa.
Entre medio de calificaciones que dicen “excelente”, en el cuaderno aparecen ecuaciones matemáticas resueltas a la perfección: “Lo que pasa es que lo que más me gusta es hacer cuentas”, reconoce.
Utiliza cuadernos, lápices de colores y diversos materiales como libros de cuentos, folletos de supermercados y hasta el diario para practicar.
Un ejemplo de vitalidad
Su maestro destaca su "lucidez inmensa" y el entusiasmo que pone en cada tarea.
Julia no solo estudia ahora, a los 90. También teje, asiste a clases de macramé y practica gimnasia con una vecina. Además, ha comenzado a utilizar el teléfono celular para enviar mensajes de texto a sus hijos, algo que antes le resultaba “imposible”.

Para Julia, el conocimiento es sinónimo “de poder y de satisfacción personal”.
Su mensaje para otros adultos mayores es claro: “Hay que buscar siempre algo que hacer y no tener miedo a aprender. Se cansa el que no tiene ganas", sentencia Julia, quien finalmente puede leer el mundo que la rodea.


