Cuando el terrorista es un lobo solitario
Cada vez que se produce un atentado en Estados Unidos, los musulmanes ruegan que el terrorista no haya invocado al islam.
Cuesta mucho superar la estigmatización y la discriminación a las que lleva el miedo producido por el terrorismo.
La comunidad islámica en ese país sufre, desde hace más una década, el castigo colectivo por un delito que no cometió el 11 de septiembre de 2001.
Argumentan, con razón, que cuando se trata de un atacante blanco inmediatamente se lo asocia con una patología psiquiátrica, mientras que cuando el que mata es un árabe se extiende la culpa a toda una comunidad religiosa o cultural.
El atentado producido durante la Maratón de Boston renovó las sospechas, que se potenciaron aún más cuando se conoció que al menos uno de los dos sospechosos era simpatizante de una versión radicalizada de la causa independentista chechena.
Los dos sospechosos eran Tamerlan Tsarnaev, de 26 años, y Dzhokhar Tsarnaev, de 19. Ambos habían llegado a Estados Unidos en 2001 con sus familias, huyendo de la guerra en Chechenia, y tras una vida itinerante por varios países de la ex Unión Soviética. El menor parecía perfectamente adaptado a la vida e idiosincrasia estadounidenses; el mayor, no. Este último, si bien era deportista y decía que quería competir para Estados Unidos, también había dejado huellas en Internet de su cercanía a ideas fundamentalistas islámicas.
Si se comprobara que fueron los autores quedaría por ver si actuaron por convicciones políticas y religiosas o por mera locura.
Si fuera por el primer motivo, sería el primer atentado checheno perpetrado fuera de la ex Unión Soviética.
La guerra en Chechenia contra la ocupación rusa lleva 18 años. De una insurgencia independentista más o menos tradicional, se desprendió una facción que apunta a crear un emirato pancaucásico. Su líder, Doku Umarov, hace comentarios de este tenor: “Cualquiera que ataque a los musulmanes en cualquier lugar es nuestro enemigo. Nuestro enemigo no es sólo Rusia, sino cualquiera que declare la guerra contra el islam y los musulmanes”.
La precariedad de medios de los terroristas de Boston (se compruebe que fueron los hermanos chechenos o no) habla de otro caso de lone-wolf o lobo solitario, el terrorista que actúa solo. Aunque en este caso sean dos personas, aparentemente no hay detrás de ellos una organización, ni siquiera un grupo.
El actuar de los terroristas solitarios está facilitado por el acceso a Internet y todo lo que eso conlleva: desde material ideológico hasta instrucciones de cómo armar una bomba. Entre los ejecutores de este tipo de ataque predominan los blancos de extrema derecha, racistas y xenófobos, pero también hay registro en Estados Unidos de ataques en solitario por parte de musulmanes extremistas.
Lo peor es que en general atacan a civiles indefensos.
Es muy difícil detectar a este tipo de atacante porque rara vez comunican a otros sus planes. Un ejemplo, el Unabomber (Theodore Kaczynski) estuvo enviando cartas bomba durante 17 años. Thimoty McVeigh, el autor del atentado en Oklahoma que mató a 168 personas, tampoco fue detectado durante sus preparativos para atacar, y eso que casi demolió un edificio.
Foreign Policy recordaba días atrás que el mayor atentado aéreo de la historia de Estados Unidos, que ocurrió en 1955, fue provocado por uno de estos lobos solitarios. Los motivos y la metodología causan estupor aún hoy: un joven de 23 años, John Gilbert Graham, puso varios cartuchos de dinamita con un temporizador en la valija de la madre, que iba a tomar un avión de United Airlines rumbo a Denver. Su objetivo era cobrar el seguro de vida de la mujer, 37.500 dólares, y para conseguirlo mató a 44 personas.
En los casos más recientes, Internet ha sido clave para llegar a ellos, gracias a las huellas que dejan en redes sociales y foros de chat.
Lo que es seguro es que aumentan los casos y que pueden ser altamente dañinos, como se vio en Boston; que el miedo a todo aumenta y con él, en nombre de la prevención, las medidas restrictivas de la libertad.

