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El legado de un tiempo y de hombres de coraje

La Independencia fue el fruto de la valentía de una generación que interpretó el llamado de su tiempo y de su pueblo.

01 de julio de 2016 a las 12:26 p. m.
Redacción La Voz
El legado de un tiempo y de hombres de coraje

Esta condición nacional de la que respiramos tanto como del aire en estos páramos al sur final del planeta –unas veces en la ventura y otras en la desventura– parece a esta altura del paso de las generaciones acaso un asunto de la eternidad.

Pero no fue un albur, sino una construcción, el fruto de la corajuda decisión de un grupo de hombres que interpretó el llamado de su tiempo, de la historia, y que representó con fidelidad las aspiraciones de su pueblo.

El 9 de julio de 1816 fue el momento de la verdad, de lanzarse a la arena de la historia. Eran tiempos marcados a fuego por la historia. La semilla de la emancipación de las colonias americanas había venido germinando desde finales del siglo XVIII, hasta que, en nuestro suelo, estalló en mayo de 1810.

Habían pasado tres siglos de dominación colonial, en los que los habitantes nacidos en este nuevo mundo no tenían derecho ni a la condición de ciudadanos ni al reparto de las riquezas en estas ubérrimas latitudes.

En la gente que construye la vida de cada día, comenzó a manifestarse la determinación de ser libres. Se trataba de ejercer sus derechos en la tierra en que habían nacido y vivían, y de terminar con que la condición americana fuera una condena a la exclusión, la postergación y la explotación abusiva.

América se descubre

La hora de la justicia había sonado. El mundo finalmente descubriría a América; es decir, vería emerger de la faz de la tierra un continente habitado por pueblos que reclamaban para sí entidad humana y un destino propio.

“Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”, alentaba José de San Martín desde Mendoza.

Y, más allá de las dudas, de las teorías de cómo sostener el nuevo y frágil destino, a la distancia de dos siglos es fácil advertir que nuestros próceres, los congresistas de Tucumán y los anónimos luchadores de la Independencia estaban hechos de la materia de los grandes sueños que se hacen posibles por convicción y empeño.

¿Cómo sostenerse a flote en un mar embravecido? Esa era la pregunta. El camino hacia la Independencia estaba sembrado de pobreza y de muerte, pero era el precio que los hombres y mujeres de este tiempo estaban dispuestos a pagar por la libertad, que no es una mera abstracción sino que se traduce en la vida concreta: no hay verdadera condición humana sin dignidad.

La declaración original reclamó, además, un destino continental al proclamar la Independencia en nombre de las “Provincias Unidas de Sud América”. Hoy, ese destino continental sigue siendo una cuenta pendiente con el legado de aquellos hombres.

El acta del 9 de Julio sostenía la emancipación de “los reyes de España y de todos sus sucesores y metrópoli”. Diez días después, en una sesión secreta y ante la amenaza de una invasión portuguesa, se agregó: “Y de toda otra dominación extranjera”.

La aclaración de los congresistas era un mensaje que iría mucho más allá: no sólo les hablaría a los argentinos de su tiempo, sino también a los del futuro.

Es que el ardor de aquellos días enseñó que la Independencia y la dignidad eran valores supremos que un pueblo debía sostener.

Y lo dejaron firmado, para que lo tengamos claro aun en los momentos más aturdidos de nuestra historia.