Un porteño que emula el cordobés; cordobeses que le dictan en porteño
Como hacía el PJ en los ‘90, las listas de Cambiemos se arman en Buenos Aires.
Había una vez una época en la que el peronismo no podía ganar una elección provincial en Córdoba.
Cansados de derrotas, los peronistas cordobeses decidieron peregrinar a Buenos Aires porque sus compañeros, con Carlos Menem a la cabeza, gobernaban el país. En la Casa Rosada, entre Menem, su mano de derecha Eduardo Bauzá y su entonces poderoso ministro de Economía Domingo Cavallo armaban las listas del justicialismo cordobés.
Por acá, un tal Eduardo Angeloz seguía acumulando victorias electorales con el eje argumental de la defensa de los intereses de Córdoba. “No pasarán”, gritaba el gobernador radical y arrancaba las campañas. Y no pasaban.
La taba recién se dio vuelta cuando José Manuel de la Sota, con el guiño, la bendición y algunos condicionantes de Menem, logró ganar con una coalición a la que llamó “Unión por Córdoba” y que aún no suelta el mango.
En el poder, el peronismo de Córdoba tuvo algunas recaídas en esto de posicionarse como una fuerza provincial sin injerencias nacionales, y De la Sota le cedió a Néstor Kirchner, primero, y a Cristina Fernández, después, el armado de las listas cordobesas para legisladores nacionales. Y no le fue bien.
Después, la historia es conocida: pararse en contra del kirchnerismo le dio al peronismo cordobés la fortaleza para soportar el desgaste del paso del tiempo y de los errores de gestión.
Y aquella relación de los K, en especial Cristina Fernández, con Córdoba fue la que le abrió la puerta a Mauricio Macri para ser presidente. La diferencia que sacó en 2015 en esta provincia el entonces jefe de Gobierno porteño, en la primera vuelta, le posibilitó ir a la segunda ronda, y el abrumador resultado cordobés del balotaje lo sentó en el sillón presidencial.
Macri fue el beneficiario directo de no incluir a Córdoba en la obra pública, no asistirla en las catástrofes, no ayudar en crisis graves como los amotinamientos policiales, no avalarle créditos, y la lista es larga. O sea, un bonaerense bien porteño terminó siendo el que más usufructuó aquel orgullo cordobés herido.
Escena repetida
La historia que viene a cuento se parece mucho a aquella escena de Bauzá, jefe de Gabinete de Menem, sentado con De la Sota, Juan Schiaretti, Julio César Aráoz y Leonor Alarcia en los años ’90 del siglo pasado.
Marcos Peña, el actual jefe de Gabinete, se está reuniendo estos días con referentes provinciales de Cambiemos en su despacho de la Casa Rosada para armar las listas cordobesas, que casi con seguridad encabezará el macrista Héctor Baldassi.
O sea, la provincia que le implicó la mayor fortaleza para la actual coalición gobernante por tener el orgullo herido ante el destrato nacional tendrá una boleta armada a metros del puerto.
Una muestra más de que, en Córdoba, Cambiemos no es otra cosa que Macri. No tiene liderazgos claros, carece de una posición definida sobre el Gobierno provincial (unos hacen seguidismo de Schiaretti; otros, una oposición de baja intensidad, y los menos exhiben una postura bien crítica) y no tiene ejemplos más o menos exitosos de gestiones locales de envergadura. Algunas están mucho más cerca del fracaso que del éxito. El último triunfo de relevancia de Cambiemos Córdoba fue la reelección de Ramón Mestre en la ciudad de Córdoba. La consiguió con sólo un tercio de los votos. Unos meses después, Macri lograba en la capital provincial casi dos tercios de los votos en la segunda vuelta.
La debilidad que tienen los referentes radicales, macristas y juecistas de Córdoba es que ninguno puede exhibir un caudal de votos propios ante lo que se presume puede ser un candidato rival de peso como De la Sota.
Por ende, no les queda otra que ponerse en manos de Macri, que –como si no tuviese pocos problemas en otros distritos clave– deberá encarar la elección en su provincia emblema, con un equipo que va a contramano de aquella exigencia central del electorado cordobés de que no le armen las listas desde afuera.

