La Presidenta, frente a la agenda de la transición
Ninguno de estos ceñidos conflictos será de solución unilateral y sencilla. Para enfrentarlos o para complicarlos, la presidenta de la Nación regresará hoy al ejercicio formal del poder que abandonará en 2015.
Cuando la Presidenta retome hoy su actividad, habrá de encontrar un país que no esperó su regreso sino sólo su derrota para comenzar a procesar los cambios de un poder que concluye.
El voto popular ha dejado de acompañar a la jefa del Estado. Ese es el dato duro que la política ya digiere en el subsuelo sordo donde reacomoda sus movimientos. La precaria salud de Cristina sólo le agregó tensión e incertidumbre a ese desvelo.
Durante más de un mes, el partido del poder en la Argentina prestó menos atención a la acefalía en la toma de decisiones que a su reconfiguración estratégica para la sucesión. Su principal preocupación ha sido y es quién seguirá en el usufructo del gobierno, mientras en la sociedad crece la aflicción por cómo sigue en lo inmediato la administración del Estado.
La cantidad de decisiones acumuladas con resolución pendiente se acrecienta. La economía real se ha convertido en una apuesta cotidiana frente al azar de lo pospuesto.
El reconocimiento de la crisis inflacionaria, que parecía un admisión realista del discurso oficial en los días previos a la elección, se develó como una impostura de campaña. Al otro día de las urnas, el oficialismo se replegó de nuevo en la obcecación. Un procedimiento a esta altura tan ineficaz, que la mera mención de Guillermo Moreno a la supuesta estabilidad de los precios desata en los mostradores un nuevo aumento. Así funciona ahora la lógica del relato: doble negación equivale a afirmación.
En el Banco Central, las reservas se encogen mientras asoman los compromisos de deuda externa del año entrante y la deuda interna se ha convertido en la promesa de otro conflicto. El Estado, con acceso restringido al crédito externo, le ha pedido prestado cantidades ingentes a sus propios ciudadanos, en especial sus aportes al sistema previsional. A juzgar por el ritmo del gasto público, no está previendo pagar en un futuro cercano. Y esos mismos ciudadanos son además los contribuyentes atropellados por una presión fiscal agobiante, en todos los niveles de la administración estatal.
En la que muy probablemente haya sido su operación cultural más nociva a largo plazo, el Gobierno ha predicado que sólo consumir es producir. Un jardín de las delicias – tan insostenible como lo fue antes el mito de la convertibilidad y la productividad por decreto– que está tocando sus límites.
Percibiendo el agotamiento de las políticas instrumentadas hasta hoy, el partido del poder se ha replegado, con cuanto silencio puede, en el ejercicio más férreo de su principal preferencia política: la territorialidad.
Los caudillos anudan y reanudan sus estructuras revisando aquellas terminales en las que la capilaridad con el reclamo social está dañada. En la base social, donde la inflación hace estragos, reside la mayor de sus amenazas. Si la combinación de desempleo subsidiado y pobreza ya estaba generando gravísimos problemas de inseguridad ciudadana, ese mismo conflicto ha escalado hacia la narcocriminalidad. Que en la cúspide, ya se sabe, el lavado de dinero es bendecido.
Tal ha sido la advertencia de la Iglesia, en el país del Papa Francisco. Alarma a la que se sumó, para mostrar gestos de independencia, la Corte Suprema de Justicia.
Las estructuras políticas que se han sostenido durante décadas con prácticas clientelares no pueden desoír esa advertencia. Sus redes de punteros, a medida que el consumo de estupefacientes creció y escaló hasta ser admitido socialmente, comenzaron a ser permeadas por el narcotráfico. En los anchos bolsones de desesperación y anomia donde se transaron desde siempre favores por votos es donde se padece con mayor crudeza este nuevo efecto de la obsesión política por la territorialidad.
Ninguno de estos ceñidos conflictos será de solución unilateral y sencilla. Para enfrentarlos o para complicarlos, la presidenta de la Nación regresará hoy al ejercicio formal del poder que abandonará en 2015. Nada será más visible que la sombra de ese camino final. Como en la paradoja de Séneca: la misma hora que nos da la vida comienza a quitárnosla.

