“El Gobierno tiene una fuerte vocación autoritaria”
Santiago Kovadloff lamentó que el kirchnerismo no quiera dialogar. Advirtió sobre la baja calidad institucional. Remarcó la importancia del campo y pidió compromiso al empresariado.
Amable, se apoyó contra la pared en un pasillo del estadio Orfeo, donde asistió días atrás a un congreso de productores rurales, y se dispuso a hablar. El filósofo y catedrático Santiago Kovadloff no dudó en subrayar las falencias de la democracia en la Argentina, aunque interpretó que se está aprendiendo de los errores y, con reservas, abrió una puerta al optimismo. –Argentina mejoró su calidad institucional pero faltan respuestas a la inequidad social. –La transición a la vida democrática no se ha completado. Hay democracia, pero su calidad es muy falible, porque la cultura cívica de nuestra dirigencia todavía está más cerca de los defectos del presidencialismo que de sus virtudes. Hay una hiperconcentración del poder en el Ejecutivo, una instrumentación de la pobreza, una dificultad enorme para concebir la inversión en educación como un proyecto a largo plazo. –¿Por qué hay tantas dificultades? –Entre el oportunismo y el coyunturalismo, por un lado, y la necesidad de construir para el futuro, por el otro, hemos optado por generalmente por la coyuntura. Eso ha debilitado la credibilidad en el proceso político, que además estuvo afectado por la fragmentación espantosa de la sociedad y la disolución del valor de los partidos, que recién ahora comienza a reconstruirse. Nuestra experiencia cívica es muy tenue, contradictoria y hasta cierto punto muy poco instrumental para afianzar en la sociedad esos valores de convivencia que se resumen en la palabra "ley". Falta mucha legalidad en el país. Del cumplimiento de la ley es posible que surjan dirigencias más representativas. Pero la Argentina está en un proceso de transición hacia la capitalización de sus fracasos. –El país tenía mejor calidad institucional en los primeros años luego del retorno a la democracia. –¿Se refiere al año '83? Había una mayor expectativa respecto a los valores de la democracia, por oposición al terrorismo de Estado. Pero en la práctica se demostró que los partidos no tenían los recursos para hacer esa transición con la profundidad que era indispensable. La contraposición entre el terrorismo de Estado y la reivindicación institucional de Raúl Alfonsín generó una expectativa inmensa de redención social a corto plazo. Pero había más expectativa que madurez, más demandas que recursos. –¿Cómo lo ve al Gobierno? –Ha tenido aciertos muy interesantes. La asistencia a los niños y las iniciativas para subvencionar necesidades familiares son muy importantes. Pero no están inscriptas en políticas de Estado. Son fuertemente compulsivas, coyunturales y oportunistas. El Gobierno muy pronto deshace el efecto de solidaridad social que genera con esas medidas. Creo que quienes lideran hoy el país no tienen vocación democrática, sino una fuerte vocación autoritaria que concibe el poder como una concentración creciente en pocas manos de la capacidad de decisión. Eso no ayuda a completar la transición a la vida democrática que está inconclusa desde hace muchos años. –¿Y a las vertientes opositoras? –Frágiles todavía. Mucho más cohesionadas por la necesidad de oponerse al oficialismo que por la capacidad de generar consensos auténticos. Pero empeñadas a través de la vida parlamentaria en evidenciar coincidencias que son necesarias. Es un proceso lento. Parece que en lo inmediato hay más necesidades que tiempo para construir alianzas fuertes y bien consensuadas.

