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De dinero y santidad, la mitad de la mitad

El cambio de gabinete fue interpretado como la oportunidad de Jorge Capitanich para 2015.

25 de noviembre de 2013 a las 01:45 p. m.
De dinero y santidad, la mitad de la mitad
(Ilustración Gustavo Dagnino).

Una ironía atribuida a Benjamin Disraeli define como pocas la propensión humana a exagerar. Sostiene que los grandes viajeros han visto siempre más de lo que recuerdan. Pero recuerdan más de lo que han visto. Por eso, el refrán popular recomienda reducir con criterio realista las expectativas de dinero o santidad.

El reciente cambio en el gabinete nacional ha sido interpretado como la recomposición de la autoridad presidencial; como un supuesto relanzamiento del Gobierno con nuevas políticas para la siempre compleja situación económica, e incluso como el posicionamiento futuro del flamante jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, como nuevo caballo del comisario para la sucesión. Nada de eso se compadece, por ahora, con los hechos.

Hasta el momento, lo único constatable es una recuperación de la iniciativa –no todavía de la legitimidad mellada por la derrota– y un intento de reformulación incipiente en el proceso de toma de decisiones del poder central.

Roger Porter, profesor de la Universidad de Harvard, solía resumir en tres modelos los estilos de decisión que observó en sus años como asesor de tres presidentes en la Casa Blanca.

Al primero de ellos, bautizado con un neologismo, lo llamaba “adhocracia”, es decir, el predominio de las decisiones ad hoc, adoptadas sólo para su adecuación a un fin determinado. Este método minimiza la confianza en patrones sistemáticos de asesoramiento y descansa sustancialmente en el presidente, para que distribuya responsabilidades y seleccione en soledad a quién escucha y cuándo.

Es un método atractivo para los jefes de Estado porque comunica la imagen de un presidente al comando personal de las cosas.

Pero demanda mucho tiempo de la agenda presidencial e impone la carga de integrar políticas variadas y a veces contradictorias, así como el costo de diferenciar las cuestiones relevantes de las que son minucias y el de asumir en una sola mirada el vasto panorama de la gestión estatal.

Un segundo método para la toma de decisiones es la gestión centralizada. El Presidente administra según la agenda propuesta por la reunión de su equipo de ministros, después de que este filtró las iniciativas y recomendaciones de los funcionarios de menor nivel en la gestión y de las agencias oficiales con burocracias más experimentadas. También tiene sus límites: la confianza reside especialmente en ministros cuya existencia nace de compartir la mirada del Presidente.

El tercer modelo disponible es el de los alegatos múltiples. Un sistema abierto basado en la in­clusión, en el que el mandatario admite la exposición de argumentos competitivos. Confía en la incorporación de visiones contrapuestas. “La interacción de muchas mentes es usualmente más esclarecedora que la intuición de una sola”, explicaba Ted Sorensen, el asesor preferido de John F. Kennedy. El alegato múltiple moviliza los recursos del Ejecutivo mejor que la “adhocracia” y de modo más completo que la administración centralizada. Pero también demanda, con un sentido de arbitrio diferente, un esfuerzo sostenido del jefe del Estado.

Al regreso de su convalecencia, la señora Kirchner expuso una estudiada secuencia comunicacional para recuperar el juego: una salutación mediática en un video tan casero como puede simular la Casa Rosada; la aparición del vocero informando escuetamente los cambios en el equipo de Gobierno; la salida con estruendo del funcionario más cuestionado de la administración y la modificación en el estilo de relación con las audiencias, inaugurado por Capitanich.

Si estas innovaciones configuran un cambio en el proceso de toma de decisiones de Cristina según alguno de aquellos tres modelos, todavía está por verse. En consecuencia, son menos evidentes las decisiones en sí mismas. De modo que mientras la política y la economía evolucionan con expectativas que se aceleraron tras las derrotas electorales del oficialismo, el poder central esta todavía en la fase anterior de la instancia previa de las decisiones esperadas. Las cautelosas decla­raciones de Capitanich y Kicillof revelan que el Gobierno no tenía un plan alternativo para la derrota y sólo promete dialogar para elaborarlo; o ese programa existe pero no articula todavía con las urgencias emergentes del fracaso electoral.

Mientras, la intelectualidad orgánica creyó colaborar con los cambios asumiendo el obituario del taita mayor del oficialismo, Guillermo Moreno. La historia resguardará esa perla. La de un pensamiento que –proclamándose libertario y transformador– no encontró mejor síntesis que un funcionario oscuro, inepto para resolver las complicaciones a su cargo y cuyo único supuesto mérito fue el de representar, con más farsa que tragedia, la veta autoritaria que el progresismo había jurado abandonar en el consenso de la restauración democrática.

Contraviniendo toda épica, por los tirantes y urgido por la Justicia argentina; Guillermo Moreno se está fugando a Italia.