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Yo no me la juego

Los que conformamos el Comipaz veríamos como un serio retroceso para la paz social la instalación de salas de juego en la ciudad capital. Marcelo Polakoff.

30 de agosto de 2011 a las 12:01 a. m.
Marcelo Polakoff (Rabino; miembro del Comipaz)
Yo no me la juego

No me lo contaron. Me sucedió. Hace unos pocos años, nos hospedamos con mi familia un fin de semana en un hotel serrano, que tenía casino. Volvimos una noche, tarde, y cuando quisimos estacionar, el guardia de seguridad nos preguntó –a fin de decidir en qué sector pondríamos el auto– si éramos huéspedes de la casa o íbamos a jugar. Le mostré que nuestra hija de 8 años estaba sentada en el asiento trasero, por lo que era imposible que fuéramos al casino, a lo que, sin inmutarse, el guardia nos ilustró: "Ya vi a la nena. Es que sucede que algunas personas vienen a jugar y, aunque ustedes no lo crean, dejan encerradas a sus criaturas en el auto por horas". Un tiempo después, me invitaron a dar una conferencia a un grupo de "jugadores anónimos" que trabajan con el mismo esquema que los alcohólicos anónimos. Supuse que había un error en la invitación, porque era en el salón del Obispo Mercadillo, que me parecía como demasiado grande para semejante grupúsculo. Otro craso error: había esa noche más de 300 personas.El fenómeno del juego es sencillamente fenomenal, vale decir que tiene todas las características de un fenómeno social, por cierto.Se supone que fue creado como divertimento, como un pasatiempo que podría ser parte de nuestras actividades de tiempo libre, a fin de socializarnos de forma creativa.Sin embargo, el aditamento de la posible ganancia inmediata lo torna adictivo, en especial cuando el contexto económico de crisis y falta de oportunidades laborales para mucha gente no ayuda a la estabilidad económica ni emocional.En su mayoría, las salas de los casinos se pueblan en estas latitudes por personas de bajos recursos que buscan algún tipo de salida mágica a sus pesares, o por quienes carecen de vínculos sólidos y hacen transcurrir sus horas alimentando un sistema perverso que los va tornando cada vez más solitarios. Con recelo. Es cierto que la tradición judía que porto no sanciona el juego de azar ni los juegos por dinero, pero los mira con recelo, porque conoce de nuestros vicios. No es que esté prohibido jugar; está prohibido es dedicarse al juego. Ni de un lado del mostrador ni del otro, porque, en sendos ámbitos, las tentaciones son demasiadas como para ser inmunes a sus peligrosos encantos. Entre las leyes que reglan lo atinente a los testigos, el Talmud imposibilitaba, ya hace 2.000 años, que testificara una persona cuya ocupación permanente fuera el juego. No había forma de que fuese confiable quien estaba dispuesto a "jugarse la vida" en una mano de cartas o en cualquier otra apuesta, porque su palabra estaba comprometida.A la vez, se considera que en toda apuesta hay una gran parte de engaño encerrada en el juego, porque todo apunta a hacer creer a la gente que sus posibilidades son mucho mayores de las que realmente son.La tradición hebrea prefiere actividades que beneficien a la comunidad. Y aun cuando varios proyectos sociales se sustenten hoy con los porcentajes de ganancias que dejan algunos casinos a diversos municipios, parece que el balance en sentido amplio no es nada bueno, si se tiene en cuenta la enorme secuela de daños y actividades no muy lícitas que suelen concentrarse alrededor del juego.Puede ser que tomemos el tema con distintos matices, pero es evidente que los que conformamos el Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz) veríamos como un serio retroceso para la paz social la instalación de salas de juego en esta pujante ciudad capital.Mejor que jugarnos a nuestros hijos, es seguir jugando con ellos.