Víctimas del Estado ausente
El Estado es abstracto y se convierte en real cuando la dirigencia política lo gestiona. Y aquí están los responsables de lo que pasa.
El asesinato de José Luis Días en junio pasado, a manos de vecinos que reaccionaron de manera violenta, ilegal e inhumana frente a un presunto delito cometido contra un menor, impone un renovado, comprometido y desprejuiciado debate sobre cuestiones mucho más profundas que el simple análisis de ponernos de un lado o del otro. Una vez más quedó demostrado "el espanto en el que podemos derrumbarnos como sociedad", al decir de Alejandro Mareco en un excelente artículo de opinión que publicara este diario días después.Dolía el alma al escuchar a los padres de José Luis y al advertir que la pobreza se filtraba por donde miráramos. Cuando no hay proyecto personal o familiar posible, todo pierde valor.Por otro lado, escuchamos declaraciones de comerciantes cansados de que los asaltos les lleven, injustamente, el producto del trabajo de toda una vida, cuando no llorando víctimas fatales de esos hechos delictivos. Angustiados, nos preguntamos si los próximos seremos nosotros o nuestra familia.Hay una tendencia a pensar que son los sectores medios o altos de la sociedad los que sufren la inseguridad. Sin embargo, en las barriadas humildes la violencia es aún mayor y la precariedad impide mayores recursos de seguridad. En la Argentina de hoy, todos somos víctimas. Cuando el Estado no cumple con su misión todos somos vulnerables. Pero el Estado es abstracto. Se convierte en real cuando la dirigencia política lo gestiona. Y es aquí donde están los responsables directos. Los niveles de cinismo e hipocresía de quienes tienen responsabilidad de gestión golpean con brutalidad a una sociedad que va peligrosamente naturalizando lo imperdonable. Prácticamente no hay denuncias a funcionarios por impericia o negligencia, y menos aún para cuestionar sus enriquecimientos a expensas del Estado. Millones de pesos en cada gestión drenan por el negro conducto de la corrupción. Pero la negligencia, la desidia y el descompromiso debieran ser tan reprochables como lo otro.El Estado dejó de ser el gran regulador de la convivencia humana, prestador de servicios básicos y garante del pleno ejercicio de los derechos humanos. La corrupción y la ineficiencia van destruyendo su definición y banalizan su función. Argentina, uno de los países más potencialmente ricos de la Tierra, el primero en el mundo en romper el analfabetismo, que llegó al pleno empleo, y de calidad, hoy se ha convertido en esto.El retroceso es infernal. Inseguridad y vulnerabilidad caracterizan a nuestra realidad. Pero aún más preocupante es la transferencia de responsabilidad desde los funcionarios a la sociedad. La manipulación ejercida desde el poder nos lleva a sentirnos victimarios. Increíblemente, quienes han gestionado por años y son responsables del empobrecimiento, la exclusión y la marginalidad de millones de argentinos aparecen como los preferidos para las próximas elecciones, y prometen sacarnos de la situación a la que ellos mismos nos han arrojado. Parece broma, si no fuera que es dramáticamente real.
* Exdiputada nacional

