Veranos de la infancia
E l olor d e las heces del murciélago es agridulce. De chicos, mi hermano y yo pensábamos que ese olor salía del cuerpo de mi abuelo. La casona donde el viejo vivía en las Sierras olía así. El comedor, la cocina, las habitaciones; todo estaba húmedo e impregnado con los desperdicios de los bichos. Apenas te bajabas del auto y cruzabas la galería, ese hedor hacía nido en la nariz aunque respiraras por la boca. Íbamos todos los veranos religiosamente a pasar con él los días previos a las Fiestas. Nunca supimos por qué aceptaba, si era obvio que no sentía simpatía por los niños. Pero era una de las pocas chances que tenía al año de vernos, así que padecía nuestra estadía masticando puteadas y gruñendo cada vez que correteábamos por las galerías de la casa. Para nosotros, esa casona vetusta era una aventura. Y mientras mis viejos nos saludaban y el auto se perdía en una nube de tierra, el abuelo nos conducía con una mano en el hombro hasta el interior, donde el pis y los excrementos de los bichos chorreaban desde el techo hasta volverse lágrimas amarillas en la pintura de la pared. Era una casa vieja y fría, aun en verano. El olor mutaba a medida que ibas avanzando hacia el interior. Después de la galería, estaba el patio interno, donde la parra y su sombra no dejaban crecer el pasto. Y ahí el olor se sumaba al de las uvas. Los racimos de la parra engordaban y caían, pero mi abuelo no dejaba que nadie las comiera. Según él, eran venenosas y te podías morir de diarrea. Las moscas se daban festines mientras mi hermano y yo mirábamos las nubes ruidosas que zumbaban enloquecidas, sentados sobre las baldosas desparejas.Las únicas habilitadas para violar ese silencio eran las chicharras. Nosotros estábamos penados de muerte si rompíamos la monotonía de esa hora en la que mi abuelo levantaba las tejas a ronquidos.El olor de las uvas descompuestas era rancio. Teníamos las suelas de las alpargatas repletas del pegote de jugo de uvas, hollejos y tierra. De día, el olor de la casa y del patio fermentaba con el sol y se amplificaba.El agridulce se convertía en una fetidez ácida que bajaba del interior fresco de los techos. De todos modos, era agradable sentarse ahí, al reparo del sol, a escuchar los benteveos y a esperar que el viejo se despertara para prepararnos la merienda.En la casa de mi abuelo, los olores eran cáusticos. Todo era superlativo: el humo, el sudor pringoso de los caballos, la bosta de los chanchos. Cualquier cosa que tocáramos nos impregnaba. De noche, me dormía con la nariz sobre la mano con la que había acariciado a los perros. Y si separaba la mano de la nariz, del piso subía el olor de las alpargatas mezclado con el de las uvas. Los recuerdos de las vacaciones de mi infancia son esencialmente olfativos. Durante las siestas tórridas de aquellos veranos, con mi hermano nos internábamos en el monte para que el viejo no nos hostigara. Por lo general, volvíamos antes de que el viejo se apeara de la cama, y compartíamos con él mate cocido y pan casero con manteca y dulce de leche. Después, el día se iba apagando y, antes de la noche, les dábamos de comer a los caballos, los manguereábamos y nos quedábamos viendo cómo los animales se revolcaban en la tierra.Más tarde, el viejo encendía dos o tres faroles de la galería, y los conos de luz servían para ver el vuelo desordenado de los murciélagos: cuando escuchábamos sus chillidos, nos tapábamos instintivamente la cabeza. Y mi abuelo se reía.Los murciélagos en vuelo rasante sobre nuestro temor citadino le causaban mucha risa, e incluso exagerábamos las reacciones para fomentarla, porque no era frecuente verlo de buen humor.Una tarde de esos veranos se abatió sobre la zona una tormenta vigorosa, de esas en las que la lluvia castiga horizontal y en las que los vientos amenazan con descalzar a sopapos los postigos.Nos fuimos a la cama temprano, cuando se cortó la luz. Cada refucilo convertía las ventanas en radiografías de huesos angulosos. El tamborileo de las gotas en el techo adormeció a mi hermano en el acto, pero mi cama estaba junto a la ventana y la tormenta me salpicaba la cara. A pesar del temor, me vestí y salí con sigilo de la casa. Avancé con pasos temblorosos hacia el monte. Me gustaba cómo los árboles se mecían, iluminados por los relámpagos, y también me gustaba el ruido de las hojas de los carolinos, que sonaban plásticos y alborotados.No sé cuánto tiempo caminé embobado esa noche, pero en un momento los truenos empezaron a espaciarse, hasta que la oscuridad fue completa. A veces se veían las luces fracturadas de los rayos en el horizonte, pero pronto el único sonido que me envolvía era el de las gotas que caían de los árboles y el croar de las ranas. Tenía la ropa empapada, pero no sentía frío.Un ruido de pisadas sobre las ramitas del suelo me paralizó. Hacia donde mirara, había noche cerrada perfumada con aromas silvestres intensos. Fue la patada sorpresiva en el trasero la que me trajo violentamente a la realidad.Me repuse del sobresalto y escuché a mi abuelo decir algo sobre los rayos y las centellas, sobre perderse en el monte, sobre el quilombo que tendría con mi madre si se enteraba de mi aventura, y desanduve el camino hacia la casa con la cara bañada en una mezcla de lágrimas y gotas de lluvia.Mi hermano todavía dormía cuando el viejo me llevó de una oreja hasta la cama. Recuerdo que me dormí sorbiéndome los mocos entre sollozos entrecortados. En esa época, no había teléfonos celulares para pedirles a mis padres que me vinieran a buscar.Fue el último verano con él. El viejo murió de un infarto en la cama unos meses más tarde. Con el tiempo, los alambrados domaron el monte y a la casa la compró un arquitecto. Aunque voltearon la parra y cambiaron los techos, me juego un diente de adelante a que nunca le pudieron sacar el olor.

