Varias contradicciones y un diván
Motivos para ir a psicoterapia tuve muchos y siempre, pero cierta soberbia cartesiana introspectiva me alejaba de cualquier consultorio. Sin embargo, el poder de mi introspección alcanzó un límite.
Entre todos los ridículos principios que regulan mi vida está el de tratar de escapar de los lugares comunes. Trato de recorrer las fronteras de lo obvio buscando un poco de oxígeno para respirar algo nuevo, aunque fracase la mayoría de las veces.
Uno de esos lugares fue mi concepción del psicoanálisis como terapia y, especialmente, la figura del psicoanalista. Construí todo tipo de prejuicios y burlas, hasta que una crisis me obligó a habitar las contradicciones desde el diván.
Mecanismos de defensa
Motivos para ir a psicoterapia tuve muchos y siempre, pero cierta soberbia cartesiana introspectiva me alejaba de cualquier consultorio. Nunca me burlé de quienes necesitaban y realizaban una terapia de ese tipo, sino que mis maliciosas caricaturas se dirigían hacia los profesionales y, lo confieso, especialmente hacia las mujeres psicólogas. Me asombraba ver la recurrencia de la misma gestualidad, la misma inflexión de voz y esos ojos achinados para demostrar empatía.
Algunas cuestiones familiares me llevaron a tener entrevistas con distintos profesionales de la salud mental y a contenerme de revolear los ojos cuando mostraban el mismo montoncito de conceptos, como “resiliencia” y todas las entradas del diccionario con el prefijo “psico”. Detestaba su mobiliario con colores pasteles y las tarjetas profesionales con letras en cursiva y la letra griega Psi junto a un cerebro coloreado.
En un segundo orden, me burlaba de los señores psicoanalistas. Son esos profesionales que se reclinan en sus sillones de cuero y asienten con la cabeza en silencio mientras entrecruzan las manos sobre el regazo. Es la imagen más recordada por la cultura popular: un paciente en el diván, un cuaderno para anotar y las obras completas de Sigmund Freud a sus espaldas.
Semejantes lugares comunes me causaban escozor y me prometí no caer (el verbo no es casual) en esa conjunción de clichés. Sin embargo, el poder de mi introspección alcanzó un límite. Mi propia mente estaba engendrando monstruos y solo una herramienta ajena a ella podría ser útil.
Ello
Fui a una psicóloga que llenó todos los casilleros de mis prejuicios y que me derivó a su marido porque se tomaba licencia por maternidad. Él también era afín a mis prejuicios, peor aún: era un señor psicoanalista en un decorado pastel.
A punto de cumplir un año de terapia, le comuniqué que abandonaba porque no había notado ningún cambio. En realidad me impulsó otro motivo que elegí reservarme: se tomaba todos mis chistes con una seriedad desmedida.
Por consejo de una amiga, y con mi crisis más pronunciada, probé con otro señor psicoanalista. Para ir hasta su consultorio tuve que tomarme un colectivo, lo que implicaba un esfuerzo extra que ni yo podía creer. Al verlo me felicité por lo acertado de mis prejuicios: su atuendo encajaba perfecto en cualquier personaje intelectual de Woody Allen, un detalle que confieso que me agradaba bastante.
Me condujo hacia la habitación donde atendía, que no dejaba ninguno de mis prejuicios de lado: mucha madera, un diván, sillones, luz tenue, una biblioteca y objetos dispuestos con un fino sentido estético. Le iba a decir que me sentía en un lugar que parecía ajeno a mis coordenadas espaciotemporales, pero supuse que le habría gustado saber eso y me lo guardé. En su lugar, le conté por qué había llegado hasta ahí.
Superyó
Hace más de seis años que soy paciente de un señor psicoanalista. La mitad de ese tiempo fui una vez por semana sin interrupción, incluso cuando tenía que pedir dinero prestado para pagar la sesión. Creo que fue en el segundo encuentro cuando nos reímos por alguna observación maliciosa que hice sobre la humanidad, y fue al tercer mes que destrabé uno de los mayores conflictos que alimentaban mi crisis.
Empecé a sentir cada vez más libertad al ver que podía resumir explicaciones citando personajes de novelas, películas y hasta algunas ideas filosóficas. Antes del año pasé al diván y mis ideas fluyeron más.
Él intervenía en la dosis justa, y cuando yo revoleaba los ojos porque utilizaba un concepto demasiado lacaniano, se tomaba el tiempo para explicarme. Una vez reaccionó con fingida ofensa por referirme a él como terapeuta, y brevemente me aclaró que lo que hacíamos era un proceso analítico.
Más de una vez me fui asqueada de mí misma al ver que no solo era cómplice sino que también disfrutaba de ese lugar (en) común que es el espacio de análisis. No había ejercicios ni visualizaciones ni técnicas de respiración; solamente había palabras y silencios.
En una ocasión fui deshecha por una ruptura amorosa y me volví en el colectivo leyendo un texto de antropología filosófica que me dio al salir. Al ver que era un autor francés lo encaré con recelo, y después sonreí al encontrar su consejo entre categorías metafísicas.
Con el tiempo me fui dando cuenta de que yo podía decir lo que quisiera, por pedante y horrible que sonara. Descubrí con un anhelado asombro que él no iba a soportar mis dichos por ética profesional, sino que me iba a entender y a redoblar la apuesta para terminar riendo juntos.
Por supuesto que no siempre me dio la razón, diría que casi nunca lo hizo. Él disfrutaba de armar barricadas con mis propias palabras para encerrarme y enfrentarme a mí misma, un ejercicio que rápidamente despertó un feroz interés y me obligó a ser más precisa y cuidadosa con mis palabras. También aprendí a disimular la perplejidad ante una revelación para que la sesión durara un poco más, pero casi siempre ganó él.
En términos teóricos, el psicoanálisis no me convence (mi analista aquí seguramente diría “¡qué bueno!”), aunque en realidad me pasa lo mismo que con Los Redonditos de Ricota: son sus fans los que me alejan de la propuesta. Detesto especialmente los juegos de palabras que utilizan para decir sin decir, para jugar con lo oculto y lo descubierto, y el regocijo que les proporciona la interpretación forzada de un sueño.
Hasta el día de hoy ese rechazo se mantiene intacto, pero cuando mi analista logra encerrarme en un nuevo laberinto, me digo que es necesario separar la obra del artista.
Yo
Hace tres meses que no me atiendo con mi analista. Siempre me recibe con amabilidad cuando vuelvo, sin importar el tiempo de ausencia. A veces siento que no me dice nada, hasta que me encuentro resolviendo los conflictos nuevos que me surgen aplicando su lógica, o aconsejo a algún amigo asumiendo como propias palabras que son de él.
Una vez alguien me dijo que en tanto y cuanto existieran los padres, el psicoanálisis iba a estar vigente. Me parece una idea equivocada y fanática a la que no suscribo, pero todavía pienso en eso cuando descubro a mi padre o a mi madre entre mis miedos. Atribuir la responsabilidad (mas no la culpa) a los padres tiene la pereza de un atajo, pero hay ocasiones en que la asociación parece la única posible.
Se ha convertido en un lugar común criticar al psicoanálisis por no alcanzar cierta solvencia epistemológica, por lo anticuado de algunas de sus categorías y por sostener un difuso criterio del alta. Admito que adhiero a esas críticas. Admito también que las herramientas que incorporé con mi analista son mi mayor capital psíquico y que se desprenden del psicoanálisis. Esta contradicción me pesa desde hace años. Pero como algo he aprendido, habito la contradicción, me rio y sigo.

