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Una guerra que se enfría

La política exterior de Moscú se basa en el fortalecimiento de la multipolaridad para reducir la presencia de Estados Unidos en el mundo.

07 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Miguel Ángel Bastenier (El País, de Madrid)
Una guerra que se enfría

El reciente acuerdo sobre suministro de gas entre Rusia y Ucrania impedirá que el frío amenace Europa, al menos hasta marzo, pero no pasa de ser un parche. La disputa entre Rusia y Occidente por las inclinaciones geopolíticas de Kiev no depende de problemas de calefacción, y en lo inmediato puede verse afectada por las recientes elecciones legislativas en Ucrania y sus áreas secesionistas, las autoproclamadas repúblicas rusófonas del Donetsk y Lugansk. Tras los protagonistas, se encuentran, sin embargo, Washington y Moscú atizando el fuego en direcciones opuestas, aunque ambos preferirían que se los tomara por mediadores.En 2004, el politólogo norteamericano Charles Krauthammer, de afiliación republicana, escribía que lo que estaba en juego con la revolución naranja de ese mismo año en Ucrania no era la democracia, sino el decantamiento de Kiev hacia Occidente o Rusia; "Ucrania era el gran premio", sostenía.

Líneas rojas

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) ofrecía presurosa, en 2008, el ­ingreso de la república pos soviética en ese organismo.

Pero Moscú había trazado unas líneas rojas ante cuya violación no permanecería de brazos cruzados: el Cáucaso y Ucrania.

Así, cuando, también en 2008, Georgia vivía su particular revolución antirrusa, Moscú intervino militarmente, desgajó territorios del país caucásico y, luego de que en noviembre de 2013 una insurrección popular derrocara al presidente de Ucrania, Victor Yanu­kovich, Moscú replicaba al previsible

volte-face

de Kiev hacia la Unión Europea y 
la Otan, con la ocupación y anexión de Crimea, el pasado 18 de marzo.

Las elecciones en las dos Ucrania son piezas necesarias para restablecer algo que se parezca al

statu quo

anterior. En Ucrania ha ­ganado el presidente Petró Poroshenko, aunque para contar con mayoría en la ­Rada de 450 escaños tendrá que aliarse con el partido 
del primer ministro Arseni Yatseniuk, pese 
a sus diferencias.

Ambas formaciones son sólidamente europeístas, pero Yatseniuk apoya una solución militar contra la secesión, lo que haría imposible el reconocimiento de una sólida autonomía de esas regiones, mientras que el bloque presidencial es partidario de negociar, como se acordó el 5 de septiembre en Minsk, así como de reconocer una medida de autogobierno a los separatistas.

Finalmente, Moscú maneja la carta se­cesionista argumentando de forma interesada que los comicios en tierra rusófona son necesarios para que Kiev tenga con quién negociar.

La política exterior de Moscú se basa en el fortalecimiento de la multipolaridad para reducir la presencia de Estados Unidos en el mundo, y en que la operación Ucrania es una conspiración occidental para arruinar a Rusia.

La ironía de todo ello consiste en que Obama también querría limitar esa presencia, pero manteniendo lealtades y puntos de apoyo globales, en forma de defensa adelantada. Al presidente norteamericano, su Congreso, en el que las elecciones legislativas acaban hacerle la vida aún más difícil, no le permite el repliegue que quisiera, mientras que el líder ruso Vladimir Putin atiza la opinión nacionalista para jugar al trueque: si Ucrania quiere recuperar Donetsk y Lugansk –Crimea ya no volverá– tendrá que olvidarse de la Otan.

Ni Obama ni Putin quieren una segunda Guerra Fría, pero ambos tienen escaso margen de maniobra.