Una fuente de luz y fortaleza
El mes de la Biblia es una oportunidad para redescubrir la Palabra de Dios, la lectura cotidiana del texto sagrado nos animará a emprender nuevos caminos.
Hace un mes, reflexionábamos acerca de la necesidad de una pedagogía del encuentro que nos ayude a reconocer que Dios nos interpela en el rostro del hermano y que su llamada espera una respuesta de amor. Para profundizar este deseo, ahora queremos invitarlos a volver la mirada hacia aquel que es promotor y sostén de todo.
Recordemos el pasaje bíblico que inicia una historia de numerosos encuentros, cuando el Señor dice a Abraham: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Génesis 12, 1-4). Y Abraham partió, como el Señor se lo había ordenado.
En la revelación monoteísta, Dios mismo sale al encuentro del hombre, “quiere encontrarse con él”, es su voluntad la comunión con él. Y el hombre deposita en Dios toda su confianza y, por lo tanto, toda su vida. No siempre todo saldrá bien, la depresión y el desánimo inundarán la vida. El mismo Dios en quien pusimos nuestra confianza querrá consolarnos y fortalecernos.
Precisamente en un momento así es cuando Dios, a través de su ángel, tocó al profeta Elías y le dijo: “¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!” Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó 40 días y 40 noches hasta la montaña de Dios. (Reyes 19,7-8). Lo que a los creyentes nos cuesta creer es que Dios siempre camina a nuestro lado, aunque no lo veamos.
El ejemplo de esta realidad de caminantes es aquel pasaje bíblico donde Jesús resucitado se encuentra con dos discípulos en el camino hacia Emaús. Estaban angustiados porque había sucedido algo que ellos no esperaban: la propia muerte de Jesús. Como se suele decir, “la vida me ha defraudado”.
Sin embargo, el mismo Jesús sale al encuentro de estos caminantes (aunque el dolor no les permite reconocerlo) y se pone a dialogar. Al final del recorrido, como sucedió con Elías, será el pan también la fuente de luz y fortaleza, aunque en esta oportunidad este pan es presencia real del resucitado.
Finalmente, estos discípulos dirán: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lucas 24,32). Reconocerán que la palabra de este caminante les devolvió a sus corazones el calor que habían perdido.
Ya en el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica da testimonio de que "... es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz, que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados" ( Dei Verbum , 21).
En el mes de la Biblia, es una oportunidad para redescubrir la Palabra de Dios, la lectura cotidiana del texto sagrado nos animará a emprender nuevos caminos (como a Abraham), nos ayudará a aceptar nuestras cargas y a seguir adelante (como a Elías), nos hará descubrir la presencia cotidiana del Dios viviente (como a los discípulos de Emaús).
Se trata de un encuentro vital y existencial con la única palabra confiable, la que no defrauda, la que da sentido, la que revela el amor apasionado de Jesucristo, la palabra que se hace carne para salirnos al encuentro.
*Laico católico, miembro del Comipaz.

