Una fortaleza del amor
Pocos son los seres que se dan completamente. La mujer que ofrece su vida por los suyos representa la espontaneidad de una suma de virtudes polarizadas por el poder del amor. Arnaldo Pérez Wat.
El jueves próximo se cumple un año del accidente que, el 20 de diciembre, destruyó un hogar en la ciudad de Deán Funes: una explosión de gas en la cocina, debida probablemente al mal funcionamiento de un termotanque, causó la muerte de los esposos y de uno de sus cinco hijos.
Las víctimas, con graves quemaduras, fueron conducidas a Córdoba, cada una en una ambulancia. Era tal la extensión de la piel afectada, que ya su fin estaba sellado. El hijo, de 15 años, falleció el 25 de diciembre. Los esposos, el 27.
El Instituto del Quemado hizo patente su fina sensibilidad humana para con los damnificados. El pueblo los acompañó en sus entierros.
La señora pertenecía a una conocida familia de ocho hermanos, entre los que se cuentan músicos y cantores. Recibió las quemaduras porque se puso delante de su nieta y la salvó.
Es el instinto maternal que hace que una mujer tome su propia vida entre las manos y la deposite a los pies de su nietita. Es la naturaleza la que ha dispuesto que las madres, instintivamente, den prioridad a su descendencia en actos esenciales de la vida.
Pocos son los seres que se dan completamente. La mayoría sopesa sus intereses. La mujer que ofrece su vida por los suyos representa la espontaneidad de una suma de virtudes polarizadas por el poder del amor.
La nena de 6 años que recibió la ofrenda sobrevivió a las quemaduras, aunque al principio no podía salir a la calle. Posteriormente se lo autorizaron, pero sólo por la noche. De modo que, cuando los días del otoño se iban haciendo más cortos, se mostraba más feliz frente al reloj, aguardando el instante. Después, el médico ya le permitió salir de día, pero no podía exponerse al sol.
Así, la pequeña retornó al colegio. Sus padres la llevaban y, en el trayecto, ella se volvió práctica cuando de improviso debía taparse la cabecita. Cierta vez, corrigió a su tía un concepto sobre los colores primarios y causó gracia y admiración.
Podemos imaginar que la madre la deja en el aula y regresa a pie un día de la pasada primavera. Contempla el matiz vario y delicado de las flores y sonríe al recordar aquella afirmación sin vacilar: “No, esos son colores primarios”.
Es la vida que continúa. Es un despertar distinto que va dejando atrás el dolor. Es que la ilusión y la esperanza son dos calmantes que la providencia nos ha concedido para el descanso del espíritu.
En la escuela, la nietita no salía a los recreos. Le han acondicionado un aula especial en el salón de actos, donde puede jugar. Es la gente, es la comunidad que demuestra que siempre podemos unirnos para coadyuvar a solucionar nuestros males. Porque si hay en la Tierra desdicha y desunión, también existen en ella poesía, amor y sentimientos, valores que nos obligan a vivir para el prójimo.
No hay mal que permanezca para siempre. Lo que hace sufrir ha formado un cimiento de roca para este hogar perseverante. Frente a la desgracia, sus familiares han descubierto que se ocultaba en el fondo de sus almas una indestructible base moral.
Sobre los escombros, han edificado una fortaleza de amor que no puede enajenarse ni con todo el dinero del mundo. Ahora, todas las otras contrariedades parecerán pequeñas.
Y, a medida que transcurran las navidades, irá quedando en el fondo del alma la dicha de haberse acostumbrado a brindar al semejante esa vocación de servicio que resulta tan cara en el mundo de hoy.

