Una Europa de luces apagadas
Si no es valorado, apoyado y respetado el pueblo griego, que creó la civilización occidental, ¿qué posibilidades tienen de encontrar una mano tendida los pueblos más anónimos? Alejandro Mareco.
"Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió". Günter Grass, el enorme escritor alemán (premio Nobel 1999) que ya ha vivido 84 años, publicó apenas ayer en un diario un poema que termina así y que se titula "La vergüenza de Europa". Los versos citados son los del final. Habla en nombre de Grecia, el país sobre el que la comunidad político-económica de Europa ha estampado la originalidad de su desventura revelada en el siglo 21, cuando aquel aglutinamiento (que se pensó como unidad) de la última parte del siglo 20 se presentaba como un ejemplo para la historia de la humanidad: los mismos que apenas cinco décadas antes habían destruido millones de vidas entre sí, incluido, claro está, también a millones de civiles, se daban un uniforme único (con moneda única) para andar en el planeta. Todo un gesto de civilización, al fin, porque la anterior civilización, que pregonaba Europa durante siglos, dejó ríos de sangre y de dolor en el mundo (colonialismo, esclavitud, explotación, expoliación). Sucedió que, después de la que aún sigue siendo llamada por la historia, sin sentido crítico, como Segunda Guerra Mundial (cuando en realidad fue el resultado de las contradicciones del capitalismo y de las viejas ansias de dominación geográficas, de la que participaron los países protagonistas del mundo y algunos acólitos), el poder pasó a otras manos, sobre todo a las de los Estados Unidos, que durante algunas décadas competiría con el Estado socialista de la Unión Soviética en una pulseada llamada Guerra Fría, que se dio a expensas del resto de los habitantes del mundo (llegó a nuestro país en términos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, concepto que manejaban los militares y, sobre todo, sus alimentadores ideológicos y económicos: la Sociedad Rural, los industriales temerosos de sus obreros, el eterno establishment político y cultural). "Aunque próxima al caos, por no agradar al mercado, lejos estás de la tierra que tu cuna fue. Lo que con el alma buscaste y creíste encontrar / hoy lo desechas, peor que chatarra valorado. / Desnuda en la picota del deudor, sufre una nación a la que dar las gracias era antaño lo más natural. / País condenado a ser pobre, cuya riqueza / adorna cuidados museos: botín por ti vigilado".Günter Grass (autor de El tambor de hojalata , Encuentro en Telgte , Mi siglo , entre tantas otras obras), cuestionador del rumbo europeo de estos tiempos, lamenta el abandono por pobreza y números en rojo a los que ha quedado expuesta Grecia en un continente totalitario (casi todos deben cumplir las reglas económicas que emanan de Bruselas, asiento de control de la Unión Europea), que es capaz de cambiar gobiernos sin consultar a sus pueblos (casos Grecia e Italia).Hoy, es posible que el corazón de las decisiones europeas (Alemania, Francia) se sienta aliviado viendo a Grecia rodar por un barranco hasta apagarse finalmente, como dice Grass. Si no es valorado, apoyado y respetado el pueblo que creó la civilización occidental, ¿qué posibilidades tienen de encontrar una mano tendida los pueblos más anónimos?La Unión Europea, al abroquelarse como región sobre la sangre de casi la generación anterior, también envió un mensaje al resto del planeta. Y aquí, en Sudamérica, empezamos a entender que el siglo 21 nos encontraría unidos o dominados.Así como Europa se unió para tratar de no perder más privilegios, en esta región intentamos unirnos para defendernos del saqueo. Dos motivaciones opuestas: la nuestra es para encender la luz en una porción del mundo que durante siglos fue apagada por Europa.

