Un porteño presidente
Convertir un espacio geográfico en una persona que piensa y decide es, en general, un error.
"Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires". La conocida frase expresa una confusión y un prejuicio cómodo: atribuir a otro los problemas propios. Es posible que la elección de un dirigente porteño como presidente robustezca la idea. Convertir un espacio geográfico en una persona que piensa y decide es, en general, un error. En Buenos Aires, como en cualquier otra parte, se piensan y se hacen muchas cosas diferentes. Pero además, hay que tener en cuenta el cambio en las épocas y en las situaciones.Puede decirse que diferentes grupos de porteños dirigieron la política desde la creación del Virreinato, en 1776, hasta la década de 1860. Pero desde esa década, la cabeza política del país ha sido el Estado nacional, y quienes lo condujeron fueron en su mayoría hombres de las provincias.En 1776, cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires se convirtió en capital de un conjunto de territorios parcialmente coincidentes con los del actual Estado argentino. La ciudad creció gracias a la plata del Potosí, sus rentas fiscales y su impulso al comercio.Las cosas cambiaron desde 1810. La ruptura con el Alto Perú derrumbó la estructura comercial colonial y afectó al fisco, que pasó a depender de la Aduana de Buenos Aires.También se derrumbaron todas las instituciones cuya legitimidad remitía al rey de España; el poder se fragmentó y finalmente se reconstituyó en torno de las ciudades y sus cabildos, de las que surgieron las provincias, convertidas en estados.Entre 1810 y 1880, esas provincias vivieron en guerra, con algunos breves interludios de paz, en los que hubo acuerdos, tratados y proyectos de construir un nuevo Estado. La forma que tendría dicho Estado, el lugar de Buenos Aires y el destino de sus rentas aduaneras fueron el motivo principal de las querellas.En 1853, después de Caseros, la Constitución zanjó buena parte de los conflictos, al crear una república federal. Pero las guerras se prolongaron 30 sangrientos años.La construcción del Estado fue lenta y gradual, hasta que se consolidó el principio del monopolio de la fuerza, o dicho en palabras más simples, la primacía del Ejército nacional y el sometimiento de las milicias provinciales. El Ejército profesionalizado sometió a las provincias díscolas, una a una: en 1873, venció a Entre Ríos, y en 1880, a Buenos Aires. Fue entonces cuando el Estado nacional transformó a la ciudad de Buenos Aires en Capital Federal.Desde entonces, comienza otra historia, cuyos protagonistas fueron el Estado nacional y, desde otro punto de vista, la nueva economía capitalista.El Estado repartió entre las provincias parte de los beneficios originados en la formidable expansión económica de la región litoral. Una parte de ellos provino de la construcción de las instituciones estatales, que generaron empleos adecuados para la gente educada de las provincias, como maestros y profesores, empleados del Correo o jueces.Otras políticas estatales tuvieron menos en cuenta el interés general y se preocuparon más por el de los políticos. En la década de 1880, y hasta el derrumbe de 1890, el Estado garantizó un conjunto de bancos, dirigidos por irresponsables, que prestaron sin garantías cuantiosas cantidades a miembros de las elites locales –también porteños–, quienes nunca pensaron en devolverlas.Desde la presidencia del tucumano Nicolás Avellaneda, el grupo tucumano desarrolló una industria azucarera poco eficiente, que pudo surgir y sobrevivir protegida por una elevada tarifa aduanera. La tarifa era estipulada anualmente en el presupuesto. Para mantenerla, se constituyó el primer gran lobby argentino: el Centro Azucarero de Tucumán, encargado de cuidar que los diputados votaran por su mantenimiento.A través de este reparto de beneficios, el Estado nacional aseguró la estabilidad política. Desde 1874, la política nacional estuvo conducida por una cambiante coalición de poderes provinciales, articulados en la Liga de Gobernadores y en el Partido Autonomista Nacional. Cada presidente dirigió la coalición, pero a costa de permanentes negociaciones y de un "populismo de elite".Ese Estado nacional dadivoso, con sede en Buenos Aires, estuvo gobernado por políticos provenientes de las provincias. En la capital se instalaron sucesivos grupos de políticos del interior, tan prestigiosos como pobres, y dispuestos a labrarse una carrera política y una posición económica.Esto no significa que el país haya tenido gobiernos pragmáticamente federales, que hayan buscado cambiar el rumbo centralista del Estado nacional. Sólo significó que una parte importante de las elites políticas provinciales encontró en la política nacional el camino para beneficiarse con los recursos del Estado nacional. Fueron los iniciadores de una ruta que culminó con los riojanos y los "pingüinos".No sé si esto tiene que ver con el federalismo. Pero son cosas que trascienden a la ciudad de Buenos Aires, cuyos habitantes, como los de cualquier punto del país, soportan un Estado nacional no fácil de sobrellevar. Un porteño en la presidencia no cambiará necesariamente las cosas.Construir un federalismo maduro y responsable es una tarea compleja, que demanda sacrificios dolorosos para quienes le sacan el jugo al prebendarismo federal.* Historiador

