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Un loco en la calesita

Mi caballo siguió girando y yo seguí haciendo cuentas. Si la sortija valía una vuelta gratis más, ¿cuántas me darían por tomar la calabaza? ¿Tres vueltas?

09 de julio de 2022 a las 12:01 a. m.
Gustavo Scarpetta
Un loco en la calesita
Ilustración de Juan Delfini

Las vacaciones son ese tiempo especial que antes pasábamos con nuestros padres y luego compartimos con nuestros hijos. Es un tiempo diferente.

Cuando planeaban las vacaciones, los viejos se preocupaban por dónde ir, pero a nosotros eso no nos importaba. Lo genial era tenerlos todo el día a nuestra disposición. Jugar con ellos.

El destino de aquel año era una ciudad turística de Córdoba con ríos, playitas, sierras, caminatas. A la noche, pasear por la peatonal, un helado y que nos bajara el sueño.

Para llegar, había que cruzar las Altas Cumbres.

–Andá despacio –dijo mamá.

Las curvas la mareaban y algunas veces teníamos que frenar. En lo alto de las cumbres nos amontonamos con mi hermano sobre la ventanilla para ver la ciudad que se divisaba en el fondo del valle.

–Allá vamos –aclaró el viejo.

El primer día de caminata por el Centro, la vimos: una calesita. “Si se portan bien, el viernes vamos a la calesita”, dispuso la vieja.

Tenía caballos blancos y marrones; autos de carrera pintados de rojo; un trineo; espejos y luces. Y muchos colores.

Más juegos completaban el pequeño parque en la ciudad turística, aunque la atracción del lugar era la calesita.

Cuando había que esperar en la cola con los ojos desorbitados mirando cuál sería el lugar elegido, el auto rojo era la primera opción; la segunda alternativa, el Jeep verde, y siempre había que tener un plan C: el caballo blanco.

En la cola

El viernes salimos a cenar. Me transformé en el hijo perfecto: no tomé la gaseosa antes de que llegara la comida, no toqué los cubiertos, me puse la servilleta sobre las piernas y no peleé con mi hermano.

No nos levantamos de la mesa ni una vez. Los chicos de mi edad corrían por la vereda con absoluta libertad. Algunos jugaban a la mancha. Yo permanecía inmóvil.

Mi viejo pidió la cuenta, y la vieja dijo:

–Después tomamos un helado, ¿o prefieren ir a la calesita?

Hubiéramos preferido las dos cosas, pero ante la opción elegimos la calesita.

Mi viejo compró los boletos. Al lado de la calesita había una casilla pequeña con una ventana de vidrio desde donde el calesitero cobraba. Luego salía y usaba su sortija.

Había cola y debimos esperar dos vueltas. Terminó la primera y la cola avanzó. Avanzó menos de lo que habíamos pensado porque había muchos niños que tenían más tickets y se quedaban arriba del auto o del Jeep. Otros preferían los caballos. Mi hermano apostaba todo a subirse al helicóptero naranja.

Mientras esperábamos, estudiamos al calesitero. No regalaba ni una vuelta. Ponía la sortija a disposición, pero pasaban las vueltas y nadie se la quitaba. Era muy habilidoso y parecía imposible.

En la cola, esperando tu vuelta, el tiempo pasaba lento. Arriba de la calesita, el tiempo pasaba demasiado rápido.

Luego quedamos segundo y tercero. Mi hermano correría a buscar el helicóptero. El chico del auto rojo hacía tres vueltas que no se bajaba. Parecía tener más tickets. Mi opción era correr hacia el auto, si no quedarme en el caballo blanco que estaba al lado.

La calesita se detuvo. Todos comenzaron a bajar. El niño que estaba en el helicóptero lloraba, pero el padre le dijo que se habían acabado los tickets. Demoró hasta que finalmente se bajó. El calesitero caminó hacia la puerta y la destrabó. Nos dejó entrar, no sin antes decir:

–Con cuidado.

El camino estaba liberado para mi hermano. Yo pasé al lado del niño que seguía sentado en el auto rojo. Me subí al caballo blanco y pronto la calesita se llenó. Dejé el Jeep para el próximo intento.

Atrapar la sortija

El calesitero tenía una gorra marrón, canas y ojos como de piedra. No sonreía, a pesar de estar rodeado de niños llenos de felicidad. Movió la palanca que iniciaba el giro de la calesita. Después de la primera vuelta, tomó la pieza de madera con forma de calabaza que contenía a la sortija. Comenzó a ofrecer la sortija a los niños y con determinación evitaba que alguno la agarrara.

El desafío siempre terminaba igual. No regalaba ni una vuelta, era imposible sacarle la sortija. Yo tenía otros planes.

Jugaba al básquet y al fútbol, y ya nos habían enseñado de amagues. De planear una cosa y hacer otra para distraer.

Pasé mirando al centro de la calesita, donde estaban los espejos. El calesitero le mostró la sortija al niño que iba adelante y movió la calabaza a tiempo para que el niño no pudiera tomarla.

Dejó la calabaza quieta al verme mirar hacia otro lado. No vio venir el zarpazo justo, exacto, felino. Aunque no tomé la sortija. Directamente, mi objetivo era tomar la calabaza toda. Y lo logré.

Algunos padres reían. La cara de pocas sonrisas del calesitero se transformó aún más.

La “Z” del Zorro

Lo peor estaba por venir. La calesita dio la vuelta completa y quedé nuevamente mano a mano con el calesitero, que extendió su mano como pidiendo que le regresara su instrumento de trabajo.

Extendí el brazo acercándole la calabaza. Y en el preciso instante en que él iba a tomarla, hice un amague como los que les realizaba a todos los niños, en todas las vueltas, en todas las vidas, en todas las calesitas. Y no pudo tomarla. Y los padres comenzaron a reír.

La chica del caballo sonreía mirándome. Mi capa negra volaba sobre mi espalda. El antifaz me quedaba impecable, al igual que el sombrero negro. El sargento García estaba confundido como siempre. Le marqué la Z y seguí.

Mi padre, con gestos, me pidió que devolviera la sortija y fue lo que hice a la vuelta siguiente. Como una copa del mundo, levanté la calabaza antes de entregarla. El calesitero no me dijo “gracias”.

Mi caballo siguió girando y yo seguí haciendo cuentas. Si la sortija valía una vuelta gratis más, ¿cuántas me darían por tomar la calabaza? ¿Tres vueltas?

Dos giros más, la calesita se detuvo y yo me quedé firme en mi caballo. Mi hermano corrió hasta donde estaban nuestros padres. El calesitero permitió que subieran los niños que esperaban y pedía los boletos a los que aún estábamos.

“Boleto”, me dijo. “Pero yo agarré la sortija”, le aclaré. “Bajate, haceme el favor”, dijo en tono drástico mientras sus ojos se volvían más de piedra que antes. De reojo vi a mi padre que venía caminando.

Me bajé del caballo y caminé hacia mis padres. Le explico a mi papá que si por sacar la sortija te regalaban una vuelta, por sacar toda la calabaza me deberían dar más vueltas. Mi papá sonreía.

Rezongué con alma de sindicalista. No entendía la injusticia. La chica del caballo blanco pasó a mi lado y sonrió. Su papá me dice que vengué a todos los niños y yo seguí caminando con la sonrisa de ella en mis ojos.