Un líder, un pueblo
Un pueblo con derecho y respeto es el punto de partida de una sociedad mejor, en la que no sólo valen los privilegios que da el dinero o el poder. Alejandro Mareco.
¿Qué han llorado y aún lo hacen en estos días millones de venezolanos y cientos de miles de conmovidos repartidos en rincones de América latina? Tanto dolor retratado en caras morenas representa otro de los grandes hitos en la historia de la patria grande y su búsqueda de un camino soleado. En varios de los pósters colgados en una esquina de Asunción, capital de la Isla Margarita, emergía la figura del comandante. Tan nítida como en el papel, también estaba estampada en el corazón del hombre que los vendía. Habían pasado dos años del intento de golpe de Estado a Hugo Chávez. “Ese día lloré como si se hubiera muerto mi madre o mi padre. Pero el pueblo lo trajo de vuelta. Antes de él, a los pobres nadie nos respetaba. Ahora uno va a un centro de salud y te atienden con respeto. Chávez nos dio dignidad”, contaba. Aquella voluntad de las masas que inundaron las calles para desbaratar el golpe de abril de 2002 de alguna manera abrió un nuevo horizonte en Sudamérica. El huracán neoliberal había arrasado estos lares. Y bien lo sabíamos los argentinos que ese año vivimos uno de los peores de nuestra historia. En Sudamérica, Chávez estaba plantado solo en la defensa de los sectores populares. Era un populista, sí, y esta calificación tiene diferentes percepciones y aplicaciones: hay quienes la usan con sentido peyorativo (demagogia, clientelismo electoral); para otros, los gobiernos populistas, a partir de la mayor intervención del Estado, han representado en América latina prácticamente la única posibilidad de redistribución de riqueza. Los números de la fecundidad social de los años de la República Bolivariana son elocuentes. La pobreza bajó del 42 por ciento al nueve por ciento, la Unicef (Organización de las Naciones Unidas para la Infancia) declaró a Venezuela libre de analfabetismo, se documentó a más de cinco millones de personas que no tenían existencia cívica, se allanó el acceso a la salud. Y todo esto puede resumirse en el concepto de dignidad, que ya vale por sí mismo para pintar una revolución. Un pueblo con derecho y respeto es el punto de partida de una sociedad mejor, en la que no sólo valen los privilegios que da el dinero, el poder o la obsecuencia hacia los adinerados y los poderosos. Los millones de venezolanos que aún no cesan de despedir a su líder, que llevan su puño contra el corazón o hacen un gesto de venia cuando pasan frente al féretro, reafirman la extraordinaria ascendencia popular de Chávez, que algunos llaman “dictador”, aunque no sólo ganó numerosas elecciones que lo sostuvieron en el poder, sino que además fue capaz de poner su puesto en riesgo a través de un referéndum de revocatoria. Además, la presencia en la capilla ardiente de mandatarios sudamericanos remarcó su dimensión regional, así como la llegada de presidentes y dirigentes de otras partes del mundo habla de la proyección política internacional que Chávez alcanzó en el turno de vivir que le tocó, en el que cosechó amores, odios, respeto, irrespeto, pero rara vez indiferencia. Pero los líderes no se construyen solos, es la gente la que decide erigirlos en tales. “Fue amor a primera vista; tanto Chávez como el pueblo estábamos esperando este encuentro”. Entre el inmenso rojo de la multitud que cubría las calles de Caracas, una mujer recordaba los inicios del movimiento bolivariano. Mientras tanto, había quienes reían y festejaban. Vale tener en cuenta que esa celebración era a costa del dolor de millones, de un pueblo moreno desgarrado. “Yo ya no soy yo, yo soy un pueblo”. Chávez era preciso en su autorretrato.

