Un discurso para recortar y guardar
Lo que dijo Rafael Velasco al entregar el Honoris Causa a Mario Vargas Llosa
Para quienes no tuvieron oportunidad de estar presentes en la ceremonia en la que Mario Vargas Llosa recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Córdoba, aquí va el discurso de Rafael Velasco, rector de la UCC.
No tiene que ver con la política internacional, o tal vez sí. En todo caso señala cuestiones fundamentales, como la responsabilidad que conlleva el conocimiento, la nobleza de la actividad política y, sobre todo, que la defensa de los derechos humanos no es monopolio ni patrimonio de un sector ideológico en particular.
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Discurso de Rafael Velasco en la ceremonia de entrega del DHC a Mario Vargas Llosa
La Universidad Católica de Córdoba le otorga hoy su máxima distinción académica al Dr. Mario Vargas Llosa. Lo hacemos destacando, por cierto, su extraordinaria obra literaria, y –fundamentalmente- su defensa de los derechos humanos y las libertades personales. Defensa inclaudicable que desarrolló desde la literatura y la política.
Su obra literaria abarca novelas, cuentos, ensayos y obras de teatro, además de artículos periodísticos y académicos. Algunas de sus obras memorables son “La ciudad y los perros”; “La Casa Verde”; o “Conversaciones en la Catedral” o libros como “Pantaleón y las visitadoras” o “La Fiesta del Chivo” en los que describe con maestría literaria realidades humanas profundas y ambiguas, como es nuestra naturaleza humana. En su prolífica obra queda de manifiesto aquello de que “Nada de lo humano es ajeno” al narrador. Las pasiones más profundas son pintadas –por el autor- con maestría y no poco humor en algunos casos.
Vargas Llosa ha recibido, lo sabemos también, innumerables premios; los más importantes otorgados por su obra literaria son: El Premio Príncipe de Asturias (1986); el Cervantes (1994) y el Nobel (en el año 2010)
Sin embargo –como decíamos- no es sólo su maestría literaria –ya premiada reiteradas veces- la que nos interesó como universidad, sino también algunos de los valores que compartimos con Vargas Llosa desde una profunda visión humanística del conocimiento y sus consecuencias éticas.
La honestidad intelectual y la consecuencia con sus ideas, llevó al Dr. Vargas Llosa a militar políticamente. La política, ya se sabe, es un terreno noble y cenagoso a la vez. Porque más allá de la concepción bastante rastrera y mezquina que suele prevalecer en nuestros medios políticos latinoamericanos, la vocación política –en particular proviniendo de alguien que no tiene necesidad de buscarse problemas- es una de las vocaciones más nobles porque implica una opción de trabajar por el bien de común. Esa dedicación a lo público por parte de un hombre destacado por su labor cultural y académica nos parece algo encomiable.
Por otra parte, el conocimiento y el manejo de la palabra tienen consecuencias éticas. En la UCC alentamos la convicción de que hay una profunda responsabilidad por el conocimiento y por la cultura. Mario Vargas Llosa lo cree también. Su protagonismo por las causas públicas y en defensa de los derechos humanos lo señalan a las claras.
La UCC lo distingue hoy con el título máximo, no sólo por su destacadísima obra literaria –acompañada de una muy sólida preparación académica-, sino también por su compromiso en la defensa de las libertades ante los autoritarismos de diversos signos.
Algunos ejemplos claros son su participación –como presidente hasta el año 2010 en el que renunció- en la Comisión de Alto Nivel para la constitución del Lugar de la Memoria en Perú, dedicado a la memoria de las víctimas del conflicto armado interno de su país; o su valiente y recordada carta al dictador Videla del 22 de Octubre de 1976, en la que luego de describir algunos de los horrores perpetrados por la dictadura contra ciudadanos indefensos y en particular contra escritores dice: Quiero, en nombre del PEN Internacional, hacerle llegar nuestra más enérgica protesta por estos hechos, que constituyen crímenes imperdonables contra el espíritu, y que resultan particularmente insólitos en un país con el grado de civilización de Argentina. En nombre de la rica tradición de pensamiento y creatividad que ha hecho de su país un centro cultural de primer orden, lo exhorto a poner fin a la persecución de las ideas y los libros, a respetar el derecho de disentir, a salvaguardar la vida de los ciudadanos y a permitir que los escritores argentinos desempeñen libremente la función que les corresponde en la sociedad y contribuyan de este modo a su progreso.
La trayectoria del Dr. Vargas Llosa en defensa de los derechos humanos pone de manifiesto, entre otras cosas no menores, que esta defensa irrestricta no es patrimonio exclusivo de determinados sectores ideológicos y mucho menos propiedad de determinados partidos u organizaciones que en algunos casos parecieran querer secuestrar la causa y sus significaciones.
La causa de la defensa de los derechos humanos ennoblece –en todo caso- a hombres y mujeres íntegros –de cualquier extracción política, ideológica o religiosa- que están dispuestos a comprometer su propia tranquilidad por levantar la voz a favor de aquellos que ven conculcados sus derechos humanos fundamentales.
Y esta lucha tiene hoy plena vigencia. También hoy los derechos humanos son violados por el hambre, la desocupación, la falta de acceso a la salud y la violencia que hace ver en el rostro del hermano a un posible enemigo. También hoy es necesario levantar la voz y tomar partido, hacernos responsables por el don de la palabra y por la actividad del conocimiento.
La incansable crítica a los autoritarismos llevada adelante por el Dr. Vargas Llosa, muestra la misión del intelectual que debe ser capaz de adhesiones políticas inteligentes y críticas. El caso de Vargas Llosa no es el del intelectual encerrado en su torre de marfil que critica la realidad sin comprometerse con la misma. En su caso las ideas han sido consecuentes con sus opciones políticas y su compromiso.
En una realidad acechada por los intentos autoritarios y por la descalificación del que piensa diferente y el fenómeno de la violencia, las Universidades –más que nunca- debemos ser lugares de pluralismo, en los que sea posible convivir los diferentes y en el que la diversidad enriquezca y no sea considerada una traición. Las universidades tenemos la misión de ser espacios en los que –parafraseando a Borges- las personas “tomemos la extraña resolución de ser razonables”.
Como Universidad Católica particularmente, tenemos una especial misión: Ser fieles a nuestro título de católico: es decir ser universales, capaces de crear espacios de tolerancia, de pluralismo y de responsabilidad por las víctimas, los excluidos, las grandes mayorías que no pueden acceder a nuestros claustros y que tienen derecho de reclamarnos profesionales de sólida formación académica pero a la vez sensibles y comprometidos con sus anhelos y esperanzas.
En este contexto tan particular debemos ser responsables (es decir capaces de responder), formando a nuestros graduados y graduadas en un sentido ético del conocimiento. Los jesuitas afirmamos que en nuestras instituciones educativas “buscamos el conocimiento por sí mismo pero debemos interrogarnos continuamente acerca del para qué del conocimiento” (CG 34. d. 17. n 6) Esto implica que creemos que el conocimiento tiene una finalidad ética. Ética entendida “como responsabilidad para con el otro, así, como responsabilidad para lo que no es asunto mío o que incluso pareciera que no me concierne…” en palabras del Filósofo Emanuel Levinás.
Pienso, además, que por naturaleza –como Universidad Católica y Jesuita- estamos llamados a ser una suerte de Areópago como en el que predicó Pablo a Jesucristo en los primeros años del cristianismo, y cuya experiencia quedó magistralmente retratada en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El Areópago era el lugar común de las discusiones de los estudiosos. Los sabios y los teólogos. Allí Pablo elogia la cultura y la religiosidad de los atenienses y les anuncia al Dios desconocido que revela sur rostro en la humanidad.
En la Universidad –como en aquel Areópago- también se dan cita los conocedores de las ciencias y las diversas ramas del saber; y la universidad está además, traspasada por una realidad cultural en la que los diversos dioses ofrecen sus altares a la libre adoración. Dioses de todo tipo, incluso ídolos prometedores como el dinero, el prestigio y el poder que reclaman total asentimiento y devoción. En ese Areópago anunciamos al Dios desconocido manifestado en la humanidad de Jesús de Nazareth, que toma partido por el pobre, el inmigrante, el huérfano y la viuda. Un Dios que denuncia la explotación, los autoritarismos y los atropellos perpetrados por los verdugos de ayer y de hoy; y que inaugura –en Jesús- un Reino de fraternidad que debe ser edificado día a día.
Es verdad que ese dios permanece desconocido aún para muchos porque no pocas veces los mismos creyentes hemos desfigurado su rostro. Muchos hoy no creen en la imagen deformada que las religiones hemos mostrado a lo largo de siglos. Las realizaciones institucionales de ese Dios son pobres, contradictorias y distorsivas; lo cual habla de los límites institucionales más que de Dios mismo.
Como universitarios, concientes de estas realidades ofrecemos nuestro mensaje en este mundo plural. Trabajamos académicamente siendo responsables por la palabra y el conocimiento para que sean puestos a favor de la vigencia de los derechos humanos y de los anhelos de las grandes mayorías postergadas.
Esta universidad, católica y jesuita es la que le da la bienvenida hoy, Dr Mario Vargas Llosa. Nos honra y nos alegra su presencia entre nosotros.
Probablemente no compartimos la misma fe con nuestro doctorando, y tal vez no coincidamos en algunas ideas. Y es sano que así sea. Sin embargo creemos muchas cosas en común. Compartimos, la convicción de que hay una responsabilidad por la palabra literaria y científica. Y de que esa responsabilidad debe llevarnos a comprometernos en la defensa de los derechos humanos y en las libertades personales para construir una sociedad más justa.
Como Universidad Católica y Jesuita homenajeamos, entonces, al escritor, ciudadano, político que ha hecho de la honestidad intelectual un valor irrenunciable.
P. Lic. Rafael Velasco, sj
Rector

