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Última crónica de un Mundial con pena argentina

Acaso haya pasado un siglo, pero apenas parece que fue una semana. La cuestión es que el Mundial terminó y a otra cosa. Alejandro Mareco.

18 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Última crónica de un Mundial con pena argentina

Acaso haya pasado un siglo, pero apenas parece que fue una semana. La cuestión es que el Mundial terminó y a otra cosa.

(Aclaración: lo que se sienta en este texto como un respiro amargo tiene que ver con lo fastidioso que se volvieron las vuvuzelas, los comentaristas, los goles, las alegrías y las penas que siguieron a la única pena que valió la pena sufrir: la eliminación argentina, la nuestra. Es decir, que no se crea que se trata de sentirse aliviado porque concluyó una confabulación mundial para embrutecer a los hombres).

La cuestión es que cada mundial, de todos modos, nos dice cosas de los demás y, especialmente, de nosotros.

En este último aspecto, el de nosotros, por ejemplo, pareciera que hay gente que mientras pasan y pasan los mundiales, nunca entiende bien de qué se trata. Porque las fotos y las películas pasan, y hay mucho intelectual vernáculo que a lo único que le teme es a que nuestro equipo sea campeón, pues entonces este país se emborrachará de exitismo, de un sentimiento nacionalista delirante y de un patriotismo de feria tipo La Salada, por lo que, por supuesto, siempre es mejor que perdamos.

Y no lo dice la vecina de la esquina, que hasta hace 10 días barría con el gorro celeste y blanco, sino pensadores con ríos de tinta en su espalda y poco pueblo en su pecho.

El final de la película la encontró a España en el mayor jolgorio nacional quizá de su memoria, en la que una noche se olvidó que cada uno es cada cual y, en medio de una crisis económica con plan de ajuste que tiene en jaque al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, arriba en la calle empezó la fiesta.

España ha sido por primera vez campeón del mundo en fútbol. Esa misma nación que durante cinco siglos fue dueña de medio mundo, hoy delira porque sus mejores 11 muchachos lograron lo que otras generaciones no pudieron. Y eso que la liga española fue capaz de contratar, a puro dinero y durante décadas, a los mejores jugadores para que jugaran con ellos y les enseñaron a jugar.

Claro que felicitaciones para ellos, pues lo pensaron, lo soñaron, lo amasaron y un día llegaron a la elite del fútbol, esa de la que los argentinos formamos parte. Y ahora, cantaron bingo y se sienten el país más poderoso en el deporte, que es una manera de promoción de una sociedad.

En Argentina, mientras tanto, hay argentinos contentos de que hayamos perdido para que no nos creamos demasiado ese cuento de que es bonito ser argentino.

Pero, sépanlo, la próxima vez será diferente.