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“Ucrania debería haber devuelto lo que se le dio”

“Crimea reaccionó con rapidez; la gente (de esa región) quería ser parte de Rusia y, en cuanto se les presentó la oportunidad, se organizaron y celebraron el referéndum. Putin, en realidad, no quería nada de esto”.

05 de julio de 2014 a las 12:01 a. m.
Rodrigo Fernández*
“Ucrania debería haber devuelto lo que se le dio”

Eduard Limónov, hasta hace poco conocido por sólo un pequeño círculo en Occidente, es hoy un personaje famoso gracias al libro que le ha dedicado Emmanuel Carrère.

Nacido en Rusia en 1943 con el nombre de Eduard Savenko y criado en Járkov, hoy Ucrania, Limónov es un escritor y político que pasó una parte importante de su vida en Estados Unidos y Francia. Regresó a Moscú una vez desaparecida la Unión Soviética.

Curiosamente, el emigrado soviético no volvió para unirse a los sepultureros del comunismo, sino para engrosar el bando antirreformista. Savenko se transformó en Limónov, ácido como el limón y explosivo como una granada ( limonka, en el argot ruso).

En 1993, fundó el Partido Nacional-Bolchevique, hoy prohibido pero que sigue funcionando bajo el nombre de La Otra Rusia.

Delgado, de anteojos, barba y bigotes, no da la impresión de ser lo que es: un duro, un hombre de acción, que ha participado en las guerras yugoslavas apoyando a los serbios, en la de Abjazia contra los georgianos, en el Transdniéster del lado de los rusohablantes. Si bien durante esta entrevista se encuentra en su apartamento del centro de Moscú, afirma que cuenta con destacamentos que combaten en el este de Ucrania.

–Rusia vuelve ahora a dominar Crimea...

–¡Por fin! Hace 23 años que dije que Crimea era tierra rusa, poblada por rusos. Kiev heredó de la Ucrania soviética mucho territorio que no le pertenecía, que se le había incluido por comodidad administrativa, como Crimea o la provincia de Járkov. Allí viví mis primeros veintitantos años y la conozco bien: podías pasear durante días sin oír el ucraniano. Durante 300 años formó parte de Rusia.

Lo mismo puede decirse de Donbás, en cuyas minas de carbón trabajan desde siempre rusos. Ucrania, en 1991, cuando recibió esta herencia, debería haber hecho un acto de generosidad y haber devuelto todo. Lo mismo ha sucedido con Georgia, que se fue con una herencia que incluía Abjazia, Adzharia y Osetia del Sur. Crearon sus pequeños imperios y se resisten a entregar lo que no les pertenece. Pero la dote hay que devolverla.

–¿Quiere usted decir que Rusia debe recuperar su antiguo imperio?

–Mi posición es clara: Crimea y la zona de Donbás son tierras rusas. Así lo creemos y así es.

Contexto difícil

–¿Cómo ve usted la situación en el sudeste de Ucrania?

–Allí viven rusos y ucranianos, pero estos ucranianos no son como los que habitan el oeste del país. Las primeras regiones ucranianas occidentales fueron incorporadas sólo en 1939 y las últimas en 1945. O sea, ellos no han vivido toda su historia con nosotros; vivieron con el Imperio Austrohúngaro, con Polonia. Es de esas regiones que ha llegado la ideología que domina en Kiev y que venció en el Euromaidán (disturbios y manifestaciones que determinaron la caída del presidente ucraniano prorruso Viktor Yanukovich). Desde 1991 hasta 2014, los primeros ministros ucranianos han sido todos unos estafadores, todos mercachifles y truhanes. Donbás y Járkov los soportaron, pero cuando llegaron al poder los gamberros del Euromaidán, cuando les vieron esos brazaletes y esos bates de béisbol, su agresividad, la gente del este de Ucrania se asustó.

–¿Qué le parece la posición del Kremlin frente al este de Ucrania?

–Lo que sucedió en Kiev el 22 de febrero fue algo inesperado para todos, incluso para el Kremlin. Crimea reaccionó con rapidez, la gente quería ser parte de Rusia y, en cuanto se les presentó la oportunidad, se organizaron y celebraron el referéndum. Putin en realidad no quería nada de esto; lo arrinconaron, no le quedó otra salida.

–Usted se presenta como un luchador por la libertad y la democracia, pero al nombre de su partido –Nacional-Bolchevique– uno lo asocia más bien con regímenes represivos.

–El nombre es de 1993, cuando no teníamos experiencia; ahora elegiría otro, por ejemplo con el que actuamos hoy: La Otra Rusia. Entonces creímos que era bueno, que atraería a jóvenes valientes y resueltos. Por cierto, eso es lo que sucedió y hemos demostrado que somos honestos: 250 militantes, yo entre ellos, han pasado por la cárcel. En cuanto a la democracia, no me gusta esa palabra depreciada; me gusta la palabra equidad, justicia. Hay que ser justo; eso incluye todo: igualdad, fraternidad.

* El País, de Madrid.