Todos somos correntinos
Llegamos justo en el momento en el que más necesitaba contar lo vivido hace tantos años en las islas, pero que para él siempre será ayer nomás. Alejandro Mareco.
Llegamos a Curuzú Cuatiá sin haber planeado pasar la noche allí. Inoportuna imprevisión: era la semana más fría de julio de 2010, aquella de la ola polar que hizo tiritar al país. En fin, ya era casi medianoche, y en el hotel, por 12 pesos más, conseguimos una estufa eléctrica que, pese a sus buenas intenciones, no podía con los chifletes helados.
A la mañana siguiente, ponerse al sol radiante –por algo es que se suele decir que es el poncho de los pobres– bastaba para entrar en calor y salir a andar por la ciudad.
Cuando comenzamos a recorrer las provincias (colección Argentinos del bicentenario ), uno había pensado que entre las historias de vida que salíamos a buscar, no podía faltar la de un excombatiente, estaba claro. Y Corrientes, acaso por la intensidad con la que se vivió allí la Guerra de Malvinas, con varios soldados muertos, era un continente para hablar de heridas.
Fuimos guiados por uno y otro vecino hacia el centro de veteranos, adonde llegamos cuando el sol ya estaba en lo alto del mediodía y en las calles se empezaba a presentir la retirada puertas adentro, donde humeaban las ollas.
Arribamos a una casa sencilla, con alma de barrio. Carlos López nos abrió la puerta y escuchó extrañado nuestro propósito de hacer una nota sobre él.
Nos dijo: “Pasen”, y enseguida encendió la computadora para copiar un texto que él había escrito. Quizá llegamos justo en el momento en el que más necesitaba contar lo vivido hace tantos años en las islas, pero que para él siempre será ayer nomás.
Fuimos hasta la calle Juan Ramón Serradori, que lleva el nombre de un compañero suyo caído en la guerra, para tomarle unas fotos allí. Después, pasamos casi dos horas charlando en el auto. O, mejor dicho, escuchando las historias y los dolores de Carlos López.
Era un caso especial, claro; se trataba de un excombatiente, y ser un excombatiente implica muchas veces sentirse extraño a los demás, sentir que sólo sus compañeros pueden entender de qué se habla.
A esto, que ya es así en parte, hay que sumarle el silencio con que otros argentinos eligieron cubrir aquella historia.
Frente a él, uno sintió lo que había sentido y sentiría frente a otros entrevistados: uno llegaba sin anunciarse, los escuchaba contar lo más intenso de sus vidas y luego se iba con la promesa de publicación.
Aunque quizá no les interesaba demasiado lo que iba a pasar después, sino sólo haber tenido la oportunidad de hablar de su vida, de sus sentimientos, y de hacerlo frente a un extraño dispuesto a escuchar.
Hace un mes volví a escuchar su voz. “Me agarrás de casualidad”. Estaba vivo, como siempre, después de tanto deambular por el suicidio. La casualidad era que había puesto su casa en alquiler para moverse a otro lugar.
Curuzú Cuatiá, su lugar, fue fundada por Belgrano, la primera localidad de la nueva patria, allá por 1810. En esa pequeña patria vive Carlos López, y vive como quien ve pasar los días.
Cuando uno lo mira a los ojos, tiene varias sensaciones: una es la que se es argentino; otra, que se es americano, y otra, al final, que se es correntino como él, que nació en el Chaco.

