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Tiempos de septiembre

En 1930 y 1955, hubo dos tremendos manotazos de las clases dominantes para desalojar por la fuerza a los movimientos nacionales a los que no podían derrotar en las urnas.

08 de septiembre de 2013 a las 03:00 p. m.
Tiempos de septiembre

Hay un septiembre que reverdece la vida, que alimentado de sol cálido insiste en pintar de verde las hojas y empujar los brotes a la luz, mientras reza una plegaria por un sorbo de lluvia que alivie el amargor del aire.

Es el septiembre de la primavera que, como sucede desde hace un tiempo, suele desembarcar antes. Es el que tiene que ver con nuestra pertenencia a la circularidad del cosmos, el renacer que, después de la agonía del invierno, vuelve a suceder al cabo de otra vuelta del planeta alrededor del Sol.

Estamos siempre girando y atravesando estaciones, nuestra conciencia de lo cotidiano acaso se registre en la piel, en las contingencias del tiempo meteorológico del que tanto hablamos como si se tratara de confirmar que lo que percibe uno es lo que perciben todos.

Ese tiempo circular es el que hacía que, en tiempos del hombre primigenio, el mundo se reinventara en primavera. Y, como todos lo hemos experimentado, no se trata de una sensación sólo de los sentidos hacia afuera sino también hacia adentro: las hormonas agitadas son un carné de juventud, aunque nunca se calman del todo.

Pero hay otro tiempo del que sólo saben 
los hombres, el único animal histórico: el tiempo lineal, el que deja hojas marcadas en los almanaques y que, al cabo de los años, se convierten en efemérides de un ayer que no se apaga fácilmente y que a veces está tan fresco como que es una sombra que pende ­sobre el presente. Y no es tan sencillo hablar del ayer, pues no se registra igual en todas 
las sensaciones.

Ese es el septiembre de la historia, con algunos hitos marcados en la memoria de sus días, algunos tan aciagos que son esa sombra que no es fácil disipar.

En el pasado argentino del siglo 20, por ejemplo, hay dos acontecimientos enmarcados en los idus de septiembre que son una estaca clavada en el corazón de esa Argentina capaz de incluir a los sectores populares: los golpes de Estado contra Hipólito Yrigoyen (día 6 de 1930) y Juan Domingo Perón (día 16 de 1955).

Fueron dos tremendos manotazos de las cla­ses dominantes para de­salojar por la fuerza­ a los movimientos nacionales que no podían de­rro­tar en las urnas y que habían transferido­ el centro de la escena política bajo otra luz, le­jos de las sombras en las que la política era ma­­ni­pulada por los poderes económicos y el es­­tre­cho círculo de lo más alto de la sociedad.

Las historias del Yrigoyen viejo al que 
le hacían su propio diario son parte de la leyenda y algo de la verdad, aunque la leyenda es la que le dio justificación pública de un atropello que se llevaría por delante vidas 
de argentinos.

Como pasó en 1955: con sólo el nombre, Revolución Libertadora, los sediciosos construyeron un mito que lamentablemente aún está vivo, aunque en pequeñas dosis. Todavía hay quienes dicen que ese gobierno cayó por sus propios errores y desgaste y no por una conspiración, aunque hoy, casi 70 años después, ese movimiento siga protagonizando la política argentina.

También un día de septiembre, el 11, hace 40 años, del otro lado de la cordillera de 
Los Andes caía y moría el presidente socia­lista Salvador Allende, una asonada que prea­nunciaría nuestro propio destino inminente: ­dictadura feroz.

Este ejemplo dice que, aun en las tragedias políticas en las que fueron cegadas las voluntades populares, Sudamérica fue una caja de resonancia común. Estas primaveras tal vez nos cuenten historias de mejores tiempos.