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Tengo miedo, mamá

Comodice Jorge Luis Borges, la vida y lo que en ella hay son preciosamente precarios; de ahí su enorme valor.

21 de mayo de 2020 a las 12:08 a. m.
Beatriz Grinberg*
Tengo miedo, mamá
Cuarentena. Ha generado sensaciones de fragilidad y de cambios. (Facundo Luque)

Las emociones son la matriz sobre la que se mueve la vida social. Mientras estamos en el mundo, nuestra existencia es un hilo continuo de sentimientos, a veces vivos y otras difusos, todos cambiantes, que se contradicen con el correr del tiempo y de las circunstancias.

Planteados desde una perspectiva ecosistémica, nos remonta a la relación primaria entre persona y medio; o sea, al vínculo entre el recién nacido y el medio físico y sociocultural que lo recibe y que constituye, en una interacción, el circuito de la mismidad, base fundante de la emoción.

Frente a circunstancias de desesperación o angustia extrema, el ser humano se remonta a su inicio, a ese primer vínculo que establece en el mundo. Ejemplo de ello es el grito ¡mamá! de aquellos soldados prontos a morir en ocasión del desembarco de Normandía, la operación mediante la cual los aliados pretendían liberar Francia para avanzar desde allí hasta la Alemania nazi.

Uno de los efectos de la actual pandemia es que nos confronta con sentimientos de vulnerabilidad. En la dimensión antropológica de la gran complejidad que encierra este término, nos sentimos atemorizados ya que nos encontramos de manera brutal con nuestra fragilidad, aquella que olvidamos, evitamos o distraemos, para alejarnos de algo tan humano e inherente a nuestra existencia como la enfermedad y la muerte.

Como dice Jorge Luis Borges, la vida y lo que en ella hay son preciosamente precarios; de ahí su enorme valor. Como lo es su fragilidad. La muerte, el límite absoluto para las posibilidades, el fin de los proyectos y las esperanzas es la amenaza más poderosa; la conciencia de dicha amenaza nos hace sabedores de nuestra finitud. El ser humano no sólo muere: sabe que muere.

Tengo miedo, mamá. Porque el mundo cambió; no es el mismo que nos recibió cuando vimos la luz. Hoy nos preguntamos cuándo volveremos a las costumbres que nos hicieron felices, abrazar a los nietos, compartir con amigos, acortar las distancias para sentir los latidos, acercar nuestros labios libres de barbijos.

¿Cómo sobrellevar este sentimiento de vulnerabilidad, de angustia que significa vivir circunstancias impensadas, en muchos casos en escenarios inimaginados?

Es posible que tengamos que desaprender para volver a aprender. Reacomodar los modelos mentales frente a circunstancias nunca vividas. Convivir con la perplejidad. Con sentimientos que a veces pueden convertirse en odio, en falta de empatía para ver al otro, aun a un trabajador de la salud, a quien puedo aplaudir y también percibir como enemigo porque pelea contra un miserable que no vemos, que se le cuela, lo infecta, para seguir omnipotente, arrasando poder y riqueza y, con arrogante capacidad de contagio, descarga su virulencia en los más desfavorecidos.

Pero también esta puede ser una oportunidad para hacernos más sensibles al mundo de los demás, repensar los vínculos, los lazos comunitarios y la relación con el entorno.

En el aislamiento en el cual podemos o no convivir con otros y en la distancia social, que se imponen para preservar la vida, lo que es invariable es que nos encontramos con nosotros mismos, lo cual implica soportar lo que somos y también lo que no somos; con todas las aristas que en cada caso y en cada circunstancia son bien diferentes, dado que allí intervienen las condiciones o las situaciones socioeconómicas que colocan a las personas que sufren en desigualdad de condiciones.

Lo que hoy nos amenaza como una posibilidad de nuestra extinción, biológica o biográfica, lo que nos hace frágiles puede revelarse también como una muestra de fortaleza y de madurez. Ser vulnerables también implica aceptar que no siempre vamos a sentirnos seguros de lo que hacemos ni de por qué lo hacemos. Es tomar conciencia y valorar lo que somos, lo que tenemos, lo que podemos construir aun con dificultades, lo que podemos llegar a ser frente a la urgente necesidad de reencontrar aquellas creencias que hoy parecen derrumbarse. Es repensar estrategias de contención social que otorguen un sentido.

El que tenga tiempo de vida tendrá la oportunidad de construir distinto. Lo que nunca cambiará es que siempre habrá un nacimiento, y allí comenzará algo nuevo, porque aun siendo un suspiro, la vida elige ir siempre hacia adelante.

*Escritora