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Tan lejos que nos arrojó el Big Bang

Estamos a un manojo de días de que el ayer se nos vuelva a hacer presente por la prepotencia de los números redondos: ha pasado casi una década de aquellos días terriblemente amargos de la debacle de 2001. Alejandro Mareco.

20 de noviembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Tan lejos que nos arrojó el Big Bang

“Madre, usted se fue sin imaginar qué tan lejos nos arrojaría el Big Bang”. Algo así, quizá, podría decir una canción que reúna lo tan fugaz de la vida individual con lo casi permanente del cosmos (porque dicen, vaya a saber uno, tan pequeño, que también el universo tendrá final). Claro que las cosas del cosmos tienen una relación con el tiempo de una magnitud insondable comparada con nuestra modesta y desesperada relación, y tan conscientes hemos resultado los hombres de lo desventajosos que nos resultan los términos de vida y tiempo, que hemos inventado la historia, para que toda la especie empuje en esta desigual cincha. Bien, la historia es nuestro asunto, tan nuestro que las generaciones sucumbimos a la tentación de sentir que mientras estamos vivos, en esta tierra y en este instante, no sólo podemos ser parte sino incluso influir en su devenir (aunque tantas veces hemos sido conscientes de ser meros espectadores impotentes). De todos modos, mientras la procesión de astros viaja lentamente, en nuestros pequeños soplos de vida caben huracanes de ida y vuelta. Estamos a un manojo de días de que el ayer se nos vuelva a hacer presente por la prepotencia de los números redondos: ha pasado casi una década de aquellos días terriblemente amargos de la debacle de 2001, que no fue otra cosa que la consecuencia del abuso neoliberal aún impune, como una de las más colosales impunidades que guardamos (incluso, todavía los neoliberales dicen tener fórmulas para una Argentina mejor). Del “corralito” pasamos a los cacerolazos y de allí a los 30 muertos, curiosamente aún sin nombre, por los que tampoco nadie pagó. Sorteamos el hambre y la marca del 60 por ciento de los argentinos por debajo de la línea de la pobreza, a partir de la espontánea solidaridad del pueblo esencial, antes de que encontráramos un nuevo rumbo político. Y hoy, a la vuelta de una década, es el Primer Mundo europeo, que entonces nos miraba como a los hijos del destino inevitable de Macondo, el que se retuerce en una crisis parecida. Allá, entretanto, frente a la crisis se encaraman proyectos de derechas a la vez que, apenas un puñado de décadas después de la segunda gran guerra del siglo 20, se la vuelve a ver a Alemania tomando las riendas del destino europeo. Cosas veredes… Aquí, se afirman gobiernos al menos populares. Es decir, las fotos de Europa y Sudamérica parecen más sinceras que nunca. Han pasado sólo 10 años desde que la taba estaba al revés. Pero ha sido como un Big Bang completo. Las canciones cantan tarde o temprano. A veces, toman la foto a un instante que luego se desdibuja pero que más tarde, si es que no se diluye en el olvido –primera y última dimensión de todas las muertes–, vuelve a cobrar forma. Hace unos días, uno fue parte de la legión de los que, frente a la revelación del poder de la canción, se rindieron ante las palabras y las melodías tan bellas y lúcidas del cubano Silvio Rodríguez. “La era está pariendo un corazón/ no puede más, se muere de dolor/ y hay que acudir corriendo, pues se cae el porvenir”, cantaba, como hace 30 años. Y mientras el Big Bang nos arroja tan lejos, sólo podemos ser nosotros bajo este cielo, el cielo del hoy.