Sentido común, el más común de los sentidos
Nada hay más común que el sentido común, pues de esto se trata: de lo que se impone como el pensamiento de las mayorías. Alejandro Mareco.
¡Usá un poco el sentido común! Es probable que el contenido de ese reproche sea uno de los más aborrecidos de la adolescencia/juventud de todos los tiempos, así como también es muy posible que, pese a aquellas sensaciones, les repitamos la frase a nuestros hijos, ya del otro lado del mostrador de la vida. Sentido común es un concepto de complicada aprehensión, porque no siempre parece estar tan claro lo que representa. Y menos todavía si se apela a la consabida y poco feliz sentencia que dice: No hay nada menos común que el sentido común. El fondo de esta frase tiene la intención de exclamar, a través de una pirueta idiomática: Quien no ve las cosas de este modo es un inmaduro, casi un irracional. Es así: parece confundirse aquello de que crecer y alcanzar el nivel de uso de razón es como adquirir la capacidad del sentido común. Y el sentido común, por el contrario, se refiere, precisamente, al pensamiento común, a la manera de entender las cosas de la vida, de la sociedad y hasta del mundo en el que se habita como las entiende la supuesta mayoría. Claro que esto es sólo momentáneo, pues los ejes de lo que se asume como valores o conceptos racionales (o sea, equilibrio, temperancia, objetividad, madurez, entre otros sustantivos etéreos y, sobre todo, supuestamente contenidos en tal fórmula racional) cambian de un momento a otro, a veces en una misma generación. Nada hay más común que el sentido común, pues de esto se trata: de lo que se impone como el pensamiento de las mayorías en un instante determinado de la evolución del conocimiento y de los usos de las ideas según la realidad. El concepto tiene dos modos de instalarse en las personas, es decir en la dinámica de la vida. Por un lado, se refiere a la sabiduría adquirida por el colectivo para manejarse en la sociedad, pero, por otro, puede representar todo un escollo. Convengamos que si no hubieran sido capaces de transgredir los dictámenes del sentido común, no habrían existido, por ejemplo, Los Beatles (John Lennon sería profesor de arte y acaso estaría vivo, ya jubilado, y Ringo Starr tendría una peluquería, como pensaba antes de ser uno de ellos), ni tantos otros que en la cultura, en la ciencia, en el pensamiento y en otras inspiraciones humanas salieron a derrumbar los muros de lo establecido, de lo conveniente, de lo sensato. Sobre todo eso: de lo sensato. Es que la sensatez es como una prueba de haber comprendido en qué parámetro se maneja el orden de las cosas en el mundo, el país y aun en la oficina donde se trabaja, para actuar según esos dictámenes y no sacar los pies del plato (expresión originada en la práctica de la esgrima). Es probable que, al fin, cada vida esté jalonada por episodios con sentido común o sin él, con sensatez o sin ella. Lo que les pasa a los hombres les pasa a los pueblos y, a veces, a los hombres y mujeres que los dirigen. O se acomodan al orden establecido o dan otros pasos. Después, a la hora de las urnas, la gente también se expresará de un modo sensato o audaz. Hasta es posible que en algún momento, como ha sucedido en tantos capítulos de la historia, lo audaz sea igual a lo sensato.

