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Se voló la paloma

Ante esta sociedad materialista y con culto al placer inmediato, la familia se repliega, se debilita, deja de saber cuál es su rol ante el consumo de drogas. Wilbur Ricardo Grimson.

23 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
Wilbur Ricardo Grimson*
Se voló la paloma

El avión de Medical Jet que llevaba casi una tonelada de clorhidrato de cocaína de máxima pureza con destino a Costa Verde-Barcelona-Amsterdam muestra la potencia del narcotráfico y la ingenuidad de los que proponen la despenalización del consumo. Con sus políticas de tolerancia inducen una concepción pueril y errada de este complejo fenómeno. Sostienen el derecho de los usuarios a elegir intoxicarse y no les preocupa la penetración de las fronteras por una masiva circulación de drogas, que ellos están alentando. Por algo el día en que se votó en California, Estados Unidos, la proposición 19, que legalizaba el consumo de marihuana, se preparaba la penetración desde México de un cargamento de 24 toneladas, el que llegaría sobre el triunfo electoral. La tolerancia y el consumo sin control bailan juntos. La droga en los delitos. Que ese triunfo no ocurrió es algo a lo que se le ha dado poca importancia, pero demuestra que aún los Estados liberales –supuestamente tolerantes– sostienen cierta racionalidad al defender la salud pública por sobre las consignas de tolerancia médica. Éstas son absolutamente infundadas, en tanto existen muchas formas de acción terapéutica equivalentes en su efecto a la marihuana y que no implican torcer criterios aceptados por todos los países en cuanto a cuáles son las sustancias ilegales y tóxicas. La experiencia demuestra que lo que comienza como un desborde de alcohol se entremezcla con una liberalidad en el consumo de marihuana, luego de cocaína y después de anfetaminas y heroína. Y que en los delitos, la droga ocupa un papel significativo como estimulante. Y que en los accidentes callejeros, predominan el alcohol y los psicofármacos en forma desmedida. Los criterios sobre la tolerancia al consumo los deben fijar los sanitaristas, junto a las organizaciones no gubernamentales (ONG), y deben formar parte de las políticas nacionales. No son tareas para sociólogos que buscan algún progresismo estentóreo o para fiscales que desconocen el tema. O los que hacen bandera del supuesto derecho a no cuidar la propia vida. La responsabilidad principal es el cuidado de la vida y está a la vista que la droga la limita. ¿Cómo podemos enfrentar sin preocuparnos el episodio de una previa en que un joven alcoholizado se voló la cabeza jugando a la ruleta rusa con una pistola? Como si no alcanzara con los relatos de Bill Cosby sobre su penosa recuperación, o con las muertes de Jim Morrison, Charlie Parker, Janis Joplin y de Juan Castro, el "suicidio" de Alberto Olmedo o las desventuras de Charly García. Tampoco lleva a promover la oferta de camas públicas porque descansamos en las atareadas ONG, que reciben pagos casi simbólicos. Ni siquiera hemos tenido tiempo de poner a funcionar la Ley de Prevención Educativa, que hace más de un año aprobó el Congreso y que fue presentada por la Comisión de Justicia y Paz del Episcopado Nacional. Observemos de paso que la Comisión Asesora (de Aníbal Fernández) no se ocupa de ninguno de estos temas, que juzgamos principales. El rol de la familia. De este lado del mostrador aparecen, como consecuencia de estos desbordes sin límites, las familias destruidas, porque donde la droga entra requiere delito como acompañamiento, y el esfuerzo de recuperación debe ser emprendido por todos los familiares apoyando al drogado identificado. Mueren personas, pero antes de ello han debilitado su espíritu los valores de la comercialización sin límites, la ruptura con el esfuerzo meritorio, el culto del placer inmediato. Ante esta sociedad materialista en extremo y con culto al placer inmediato, la familia se repliega, se debilita, deja de saber cuál es su rol. Hay desconcierto en clubes, sociedades deportivas, iglesias. Hemos perdido el rumbo.Los defensores de la despenalización a ultranza deberían reconocerse como autores complementarios de esa destrucción al promover conductas liberalizadoras del abuso de drogas, que vuelven a los que buscan aprender y ubicarse en un rol social significativo, como perdedores. Lo hacen dejando de lado las encuestas que muestran el progresivo crecimiento del consumo, desconociendo lo que observamos a simple vista en las villas de emergencia, donde el paco comienza a usarse a los 8 años y mata chicos todos los días. Lula demostró antes de dejar el gobierno de Brasil que la lucha contra las drogas sigue vigente y que la podrá ganar quien demuestre mayor poder y eficacia. El desarme de varias villas de emergencia de Río de Janeiro resulta altamente significativo. Se hizo con el apoyo de las fuerzas policiales y militares. Aunque esto suene a herejía entre nosotros, todos los países terminan por aceptar la participación militar en el problema que más corroe a la seguridad nacional. Una cosa es que no actúen en problemas internos del país, pero hay mucho que hacer en las fronteras, hoy desprotegidas. Por caso, en el control de la importación y exportación de precursores químicos, en el control aéreo, en la recopilación de inteligencia y de antecedentes de lo que ocurre en otros países.Por todo esto, alertemos a los que se dicen "progresistas" que vía de la introducción de la confusión de los conceptos y el desconocimiento de los riesgos, son nada más que cómplices de la desorganización de las políticas necesarias que deben ser políticas de Estado, definidas, permanentes, inamovibles. Que tiendan al bien común y a la realización de la solidaridad social.

*Ex secretario de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar).