Scioli, el gran simulador
Scioli no se esmera en parecer un kirchnerista. Su estética y su discurso revelan a simple vista que es ajeno a la cofradía política a la que pretende representar.
Imaginemos a un patriarca ortodoxo compitiendo en un cónclave para elegir al Papa. ¿Podría el sumo pontífice pedir a los cardenales electores que sienten en el trono de Pedro a un miembro de otra iglesia? ¿Aceptaría el purpurado semejante intromisión? Por cierto, tal escena nunca ocurrió desde que la Iglesia elige los papas según lo estipulado en in nomine Domini . Y no ocurrió porque es, sencillamente, absurdo.Algo similar pasa en el Frente para la Victoria (FPV) y en La Cámpora ante la postulación de Daniel Scioli como candidato kirchnerista. Les resulta descabellado porque lo consideran un impostor; un espécimen de otra raza política inmiscuido en un rebaño que ni siquiera lo tolera.La escena se vuelve más absurda porque Scioli no se esmera en parecer un kirchnerista. Su estética y su discurso revelan a simple vista que es ajeno a la cofradía política a la que pretende representar. Parece un barbado y encapuchado patriarca griego, pidiendo a los cardenales del cónclave que lo conviertan en Papa, mientras se resiste a usar la mitra, el báculo y el anillo del pescador.Así vio la dirigencia kirchnerista la visita de Scioli al Espacio Clarín en Mar del Plata. Con excepción de Mariano Recalde y Sergio Berni, el resto del oficialismo fue un pelotón de fusilamiento que acribilló al gobernador bonaerense con agravios y descalificaciones.Esta situación desopilante, en la cual la mejor carta electoral de una fuerza política es alguien tan rechazado por dicha fuerza, es una de las consecuencias de un rasgo esencial del kirchnerismo: su naturaleza monárquica y personalista.El kirchnerismo no es una cooperativa ni una sociedad anónima, sino una empresa familiar.Por eso no potenció figuras con perfil propio. En el centro de la escena sólo pudieron estar el monarca y su consorte. Los demás no pueden actuar más que como coro repitiendo lo que canta la voz principal. Y el único que se animó a tener voz propia (aunque indescifrable) es quien tiene un proyecto personal.Scioli usó al kirchnerismo como un auto particular que invade un carril selectivo. Los kirchneristas lo miran pasar a toda velocidad, con la misma indignación con que los colectiveros y taxistas miran al auto que se cuela en la vía selectiva.La pregunta es si podrá de ese modo llegar hasta su meta, o terminará chocando. Poco edificante Hasta aquí, Scioli se hizo fuerte de la manera más insólita: actuando como si tuviera síndrome de Estocolmo. Creció en las encuestas soportando humillaciones de sus presuntos camaradas. Sumó simpatías escenificando al enamorado no correspondido, que insiste en declarar su amor a quien lo rechaza con desdén.Utilizando la lógica de la Cenicienta, despierta aprecio con el desprecio de los propios. Ese papel de víctima tiene un costado sórdido: vive declarando su amor político a la indiferente Cristina, pero lo hace de modo tal que deja en claro que lo que le atrae de ella es sólo su poder.Seguramente, al grueso de quienes la rodean les atrae sólo el poder y los negocios que pueden tejer a su sombra, pero todos simulan enamoramiento político por admiración y por identificación ideológica. El único que muestra pretender de ella sólo la llave del despacho presidencial es Daniel Scioli. Lo hace en esa sórdida declaración de amor, tan ideológicamente desapasionada.Por eso la escena es poco edificante. La pregunta es si servirá para lo que se propone. ¿Se puede tener éxito haciendo el papel de enamorado no correspondido y permanentemente denigrado?Sería una inmensa paradoja que a Scioli lo favorezca ser el patético protagonista de una escena denigrante. Sin embargo, es posible que la razón de su fortaleza en las encuestas no esté en mostrarse como el kirchnerista menos kirchnerista, sino en ubicarse en un punto equidistante entre quienes hacen de la política una guerra de trincheras y son percibidos como artilleros que siempre disparan munición gruesa y a mansalva contra el enemigo. Ergo, un punto medio entre Cristina y Elisa Carrió; entre Diana Conti y Chiche Duhalde; entre Carlos Kunkel y Julio Bárbaro y entre 6,7,8 y PPT . Nunca se lo escucha atacar al gobierno ni a la oposición; es amigable con el Grupo Clarín y también con el polo mediático que financia el Gobierno. Y hay una porción significativa de la sociedad que está cansada de los que hacen la guerra política, por eso busca un pacificador. Cuestión de autenticidad En ese sector, a la hora de votar, muchos podrían advertir que hay quienes hacen política sin agredir y también sin la deshonestidad de vivir ocultando identidad y posición. Hermes Binner, por ejemplo, es claramente opositor y crítico, sin usar descalificaciones ni actuar con agresividad. Tampoco es agresivo Mauricio Macri, ni lo son los kirchneristas Rafael Bielsa y Jorge Taiana. La diferencia entre ellos y Scioli es que no usan un discurso reversible ni ocultan con camuflaje la identidad ideológica y la posición política. ¿Será que en Argentina la autenticidad cotiza menos que la simulación?La oposición ve en el gobernador bonaerense el peligro explicado por Jacques Lacan: una simulación prolongada termina convirtiendo al simulador en lo que simula ser. Y el peligro que corre el propio Scioli, es que quienes hoy lo ven como un pacificador, finalmente lo desechen por simulador.

