Scioli, de Kung Fu a Kill Bill
De modo inesperado, Daniel Scioli dejó de lado su proverbial mansedumbre y entró en trance belicoso, disparando a mansalva contra quienes lo criticaron por viajar a Italia.
Durante años, el país observó a Daniel Scioli con la expectativa con que la teleaudiencia observaba a Kwai Chang Caine en la década de 1970. El personaje de David Carradine recorría el lejano Oeste y soportaba, con la serenidad del budismo zen aprendido en Shaolin, las agresiones, injusticias y humillaciones que le infligían los violentos vaqueros de esas tierras indómitas. El éxito de aquellas historias escritas por Herman Miller estaba en que la mansedumbre del monje envalentonaba a sus agresores, hasta que traspasaban la línea y aparecía el maestro de artes marciales, quien con patadas y golpes precisos derrotaba y ponía en ridículo a sus humilladores.El éxito de Kung Fu residía en la mezcla de sabia mansedumbre y violencia justiciera. La fórmula no hubiera funcionado sin uno de esos ingredientes. La misma expectativa de aquella teleaudiencia se frustró una y otra vez con Daniel Scioli. Recorrió el árido far west kirchnerista recibiendo humillaciones y agravios de todo tipo. Pero nunca reaccionó.Desde que Néstor Kirchner castigó públicamente a su vicepresidente despojándolo de influencia y echando a sus aliados de la Secretaría de Turismo, una legión de periodistas, intelectuales y dirigentes del "proyecto nacional y popular" siempre tuvieron algún escupitajo que lanzarle. Y Scioli no decía "ni mu".Mejor dicho, sin perder la mansedumbre, contestaba vaguedades indescifrables. Tampoco entendían los agresores de Kwai Chang Caine lo que el monje respondía a sus agravios, antes de romperles la crisma con una patada voladora.La diferencia es que Kung Fu contestaba con parábolas impregnadas de sabiduría milenaria, mientras que Scioli responde con frases inconexas, que parecen sacadas de folletos turísticos o de autoayuda barata.Pero la diferencia principal es que el patito feo del kirchnerismo siempre defraudaba el deseo creciente de verlo reaccionar y defender su dignidad. Nunca llegó el momento en el que la serenidad búdica cede el paso a las artes marciales para responder a la humillación, la injusticia y la agresión.La expectativa, no obstante, fue obstinada. Todavía hay muchos convencidos de que, tras haber vencido a sus contrincantes en la interna kirchnerista sin lanzar un solo golpe contra nadie, de llegar a la presidencia limpiará su dignidad de los escupitajos y los moretones que le dejaron los golpes bajos y las zancadillas.De hecho, el primer bofetón que recibió el kirchnerismo es tener que apoyar su candidatura. En sí misma, esa postulación derribó y ridiculizó el relato de la epopeya emancipadora.El mismo aparato que lo atacó sin piedad y sin que él reaccionara, ahora cambió totalmente la descripción que hacía de Scioli. Pasó de ser menemista, neoliberal, agente de Héctor Magnetto y frívolo miembro de un jet set berreta con estética cursi, a dirigente esclarecido y adecuado para liderar el siguiente tramo de la "segunda independencia".Antes, la indignidad estaba en su silencio frente a los agravios que recibía en el espacio al que suplicaba aceptación. Ahora, con excepción de Florencio Randazzo, quienes lo rechazaban se ven indignos, reivindicándolo como si nunca lo hubiesen denostado. Parecen ayatolas iraníes venerando a Salman Rushdie, después de tantos años condenándolo por "blasfemar" en Los versos satánicos . Kill Bill Sin embargo, de modo inesperado, Daniel Scioli dejó de lado su proverbial mansedumbre y entró en trance belicoso, disparando a mansalva contra quienes lo criticaron por viajar a Italia, aunque jamás lo hubiesen insultado, ni humillado, ni denostado como el kirchnerismo. Fue como si, de repente, se convirtiera en otro de los personajes que encarnó David Carradine: Kill Bill, el asesino despiadado que creó Quentin Tarantino como contracara del sereno y benéfico Kung Fu.Lo que convirtió abruptamente a Scioli en Kill Bill fue un error propio. No mucho más que una equivocación de esas que él jamás comete. Pero más que las críticas opositoras por el viaje en plena inundación, lo que hizo dirigir su destemplado estallido contra Mauricio Macri es no haber podido estallar contra la Presidenta que tantas veces lo abandonó en los naufragios presupuestarios de su mediocre gestión, mientras financiaba con emisión monetaria los enchastres de otros gobernadores, tan malos administradores como Scioli y con cuentas tan deficitarias como las del propio Gobierno nacional, pero más acordes con la épica y la estética kirchnerista.Si a los bonaerenses el temporal los encontró más desguarnecidos de lo entendible, la culpa no es sólo del gobernador, sino también del Gobierno nacional, que lo financiaba o desfinanciaba haciendo cálculos políticos, sin orientar fondos a las obras que el cambio climático impone desde hace varios años.En Argentina, se puede todo. Se puede denigrar a alguien y luego alabarlo sin ruborizarse; un fiscal puede morir con una bala en la cabeza el día antes de denunciar a la Presidenta; un gobierno puede acusar a los opositores de las tropelías que él mismo inventó y, sin dudas, también puede un gobernador irse de vacaciones con la provincia inundada. Todo pasa y nada queda en la memoria de los argentinos.Pero lo que no puede hacer Scioli sin arriesgarse al fracaso es kirchnerizar sus modales. Precisamente por no parecer un kirchnerista, tiene un nivel de aceptación que no puede tener ningún otro en esa cofradía.A Macri y Sergio Massa les conviene que Kung Fu siga actuando como Kill Bill. No debieran criticarle esa novedosa agresividad porque, como escribió Napoleón, "si tu enemigo está cometiendo un error, no debes interrumpirlo".

