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¿Resistencia civil y desobediencia fiscal?

Las leyes penales tributarias no castigan al que debe impuestos y no los paga. Es preciso que la evasión se produzca mediante conductas fraudulentas, ardides o engaños.

29 de enero de 2014 a las 01:00 p. m.
Roberto Fermín Bertossi*
¿Resistencia civil y desobediencia fiscal?

"Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer", (Mahatma Gandhi) Este método de resistencia ante la opresión y la injusticia no debe ser subestimado ni mucho menos desacreditado. Grandes figuras y grandes naciones han basado con éxito sus luchas en la desobediencia civil. Tales son los casos de Mahatma Gandhi en la India, Nelson Mandela en Sudáfrica y Martin Luther King en Estados Unidos. Entre nosotros, la resistencia civil literaria de Ernesto Sabato, la resistencia civil solidaria en la admirable Red encabezada por Juan Carr, entre tantos otros menos visibilizados. Podemos encontrar la figura de la desobediencia civil y del derecho a la rebelión en textos de trascendencia universal. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos expresa que "la ley natural le enseña a la gente que el pueblo está dotado por el creador de ciertos derechos inalienables y puede alterar o abolir un gobierno que destruya esos derechos". La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en su artículo 35, establece que "cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes".La Declaración Universal de Derechos Humanos (de la cual nuestro país es signatario y tiene categoría de norma constitucional), ante la gravísima e inédita situación que está viviendo nuestro país, resulta más que suficiente para justificar, explicar y predecir un estado de desobediencia civil no sólo como resistencia a los abusos del Gobierno sino en repudio a la corrupción y la impunidad que se han apoderado de nuestras instituciones. El pueblo es el soberano, cualquier autoridad que actúe en contra del pueblo es ilegítima.

No es delito

No existe delito en la desobediencia civil y fiscal, ya que no es tal, por ejemplo, no pagar tarifas e impuestos injustos, confiscatorios e irrazonables.

Según el artículo 209 del Código Penal, se pretende imponer prisión de dos a seis años a “el que públicamente instigare a cometer un delito determinado contra una persona o institución”.

Las leyes penales tributarias no castigan al que debe impuestos y no los paga. Es preciso que la evasión se produzca mediante conductas fraudulentas, ardides o engaños (ley número 24.769). Para que el no pago sea delito fiscal debe tratarse de dinero indebidamente embolsado como propio por el agente de retención (artículo seis) o retenido a los dependientes en concepto de aportes para la seguridad social (artículo nueve) o, como sucede por estos días, g igantes desvíos de fondos públicos para epicúreos hedonismos de mucho funcionariado ante una exacerbante “prudencia (¿o complicidad e impotencia?) judicial”.

El fin y el límite del Estado es el bien común, un bien común incompatible con esa corrupción que ha parido de la nada obscenos enriquecimientos ilícitos con simultáneos empobrecimientos pavorosos de un tercio de los argentinos y escandalosas desigualdades consecuentes. Un bien común propio de un humanizado contrato social, no de un contrato social leonino e insoportable, en el ámbito del cual se desviaron fortunas recaudadas por ingresos públicos con afectación legal específica para ser destinados a inversiones, modernizaciones y expansiones de los sistemas e infraestructuras institucionales públicos.

Entonces, cuando el papa Francisco sentenció: “¡Pecadores, sí; corruptos, no!”,  ¿qué más esperamos para visibilizar y movilizar nuestra resistencia pacífica para “hacer ruido”?

A nadie sorprenderá, pues será muy lógico, comprensible y plausible que los mansos pagadores de siempre se rebelen contra estas políticas recaudatorias asimétricas, conscientes de que ninguna paciencia es ilimitada. Contra el vicio de pedir será la virtud de no dar.

Contra la violencia estatal

Finalmente el papa Francisco, inspirado por San Francisco de Asís y la beata Teresa de Calcuta, nos acicatea en su

Evangelii Gaudium

esclareciéndonos respecto a que nadie puede exigirnos que releguemos la ética, la moral, la equidad, la ecuanimidad, la solidaridad, la fraternidad, las religiones, la ecología  y la paz a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos y ocuparnos por nuestros valores perennes, por las fragilidades humanas y de la salud de las instituciones en la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que nos afectan, perjudican y denigran como ciudadanos.

En el primer día de este año, el mensaje papal fu e: “Llegó la hora de parar el camino de la violencia. ¿Qué está sucediendo en el corazón de los hombres? ¿Qué está sucediendo en el corazón de la humanidad?”.

Es necesario parar tanta violencia estatal, en la medida que ha desatado tremendas ignominias humanas y, a partir de esa actitud, lograr el bienestar, la calidad, la eficiencia de los servicios públicos, recuperar la equidad, la justicia, la armonía, la fraternidad y la paz propias de un contrato social, noble, cabal y constitucional.

*Investigador del Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales (UNC)