Quiénes y cuando
A quienes, no obstante, tan deliciosos placeres debo. Dioses. Whatisthis? Que Dios reparta suerte. Daniel Salzano.
A quienes, no obstante, tan deliciosos placeres debo
Nosotros los cordobeses / tenemos muchas cosas en común / ¿quién no ha salido a buscar un perro a las dos de la mañana? / Firpo / Turco / Coronel / ¿quién de nosotros no ha silbado a través de un diente partido? / ¡Firpo! / ¡Turco! / ¡Coronel! / Es imposible doblegar a una ciudad cuyos niños silban a través de un diente partido. Nosotros los cordobeses / tenemos muchas cosas en común: / cada vez que se corta la luz / nos acercamos a la ventana / como si fuéramos niños contemplando una tormenta / todas las luces apagadas menos la señora del tercero que enciende una vela / es lo más cerca que hemos estado nunca de una guerra. Nosotros / etcétera etcétera / tenemos varios circos en común: / el circo del Tony Sardinita / el circo del Tony Tachuela / los monitos del capitán Abreu / baldes cargados con estrellas de papel / una vez salí del circo para hacer pis y vi a un hombre serruchando a una mujer en dos mujeres / no pude hacer pis / nosotros los cordobeses tenemos varias cosas en común: / creemos que debajo de cada piedra puede haber una moneda / y que en cada circo puede haber un asesino. Los sonidos nos unen / el de los combates de boxeo / el sonido de la comida de hospital / el del tren que abre en dos la memoria de los barrios / la musiquita de Sucesos Deportivos / y la delicada explosión de la tostada presionada por el cuchillo y la manteca. Esto no se si será cosa común / pero mi papá golpeaba la mesa con los puños cada vez que leía el diario / estos peronistas siempre fueron un peligro. Nosotros los cordobeses extendemos las manos sobre el teclado / un dedo sobre la eñe y los otros nueve por ahí / jugando como caballitos / yo aprendí a escribir en una academia de la calle Eufrasio Loza / muy señor mío / por la presente acuso recibo de su muy atenta del día 22. No sabemos explicar cuándo / pero un día caemos en la cuenta de que nunca seremos aviadores / según el servicio metereológico nacional la temperatura es de ocho grados / la humedad es del ochenta y nueve por ciento / la visibilidad escasa con neblinas / ¿para qué? / Si nunca seremos aviadores. Nosotros los cordobeses somos lo que fuimos / en la cara de los demás. Y una característica de la madonna: / hemos vivido un millón de días en común / que no han terminado en nada. El ómnibus 10 que llegaba hasta el hipódromo es otra de las cosas que tenemos en común / en el hipódromo los jockeys se sentaban / sobre una balanza de pesar cabritos / con sus piecesitos suspendidos en el aire / en el hipódromo desentrañamos el secreto del color: / 1) Saratoga: chaquetilla amarillo tierno mangas negras gorra blanca / 2) Locamía: chaquetilla verde sombra mangas negras y celestes / 3) Desengaño: chaquetilla y gorra negra mangas blancas con lunares / yo no sé los demás / pero lo que es yo / hubiera podido ganarme la vida / bautizando caballos de carrera. Consta en actas que además tenemos en común el Cine Cervantes / donde aprendimos a bombardear en picada dejando atrás ciudades abrasadas. A veces somos un poco distraídos / no advertimos / por ejemplo / que se están terminando las últimas mañanas de la primera década. Los cordobeses rompemos con Dios todos los días / pero nunca nos alejamos demasiado / siempre hay alguien que nos dice yo que vos esperaría. ¿Algo más? / bueno / cuando viajamos en ómnibus nos gusta sentarnos del lado de la ventanilla y pensamos esto es Córdoba / una docena de chicos jugando a la pelota / el aire caliente de la siesta / cuando el micro atraviesa las vías movemos el pescuezo como en un dibujo de Walt Disney / boing boing. Ver la nieve cada tanto nos pone violentos / como si alguien pudiera creer / que la robamos. Nosotros / nosotras / tenemos una cosa en común / cuando tomamos café / charlamos por debajo de la mesa juntando las rodillas / fuera de la vista / como esas manzanas / que maduran en la oscuridad. Cada vez que tiramos papelitos para celebrar el ingreso del campeón / descubrimos qué divino es ser feliz.Hablamos poco / sin mirarnos a los ojos / como si no estuviéramos juntos / así lo aprendimos en la edad dorada / cuando tendidos junto al río veíamos las mismas nubes pero de manera diferente / animales enormes / tetones de luz / una botella de oporto El Abuelo. Otra cosa que tenemos en común / es el cuidado que ponemos / en lavar la lechuga hoja por hoja / antes de enhebrarla entre las barras de la jaula del canario. Pero de todas las cosas que tenemos en común / la más secreta / la más púdica / es la del miedo a dejar Córdoba sin haberle dicho nada / por ejemplo querida / quiero que sepas que todos los pasos que hemos dado han sido luminosos / que llevo tu piel mezclada con la mía / abracémonos / cubrámonos con la misma manta / tenemos un largo viaje por delante.
Dioses
Los aromas de la niñez, el olor a cuero de la talabartería de la calle Rivera Indarte, los números dorados de los relojes de Escasany y la ambrosía soñada por Chammás mientras combinaba por partes iguales dulce de leche, azúcar y huevos de gallina.La canasta que llevábamos al picnic de los almaceneros. La manteca Paz, el almidón Colman, y los bizcochos Canale. Las primeras lágrimas de amor derramadas tras el duelo de Gary Cooper y Burt Lancaster al final de Veracruz. El traje de la primera comunión con anclas de marinero, los tuquitos encerrados en un frasco de gomina Brancato, la virgencita esmaltada que protegía el tanque de la moto Puma, la mano del pirata negro de la Ortopedia Guerra y la cera de la sacristía de los curas salesianos. Las palabras esdrújulas, la prueba del nueve, los mosaicos blancos y negros de la Legislatura y los rayos que despedían las cejas del profesor Sibelius mientras hipnotizaba a la fila cuatro del Teatro Comedia. Las espigas de San Cayetano, los churros de la feria y el rollo de papel higiénico que convenientemente arrojado desde el pullman del Cine Cervantes trazaba en el aire una impecable metáfora de la vida. El olor a aceite de hígado de bacalao en el aliento de los niños del Hospital San Roque. El olor a aserrín, a caballo de pompas fúnebres, a pomada Cobra. Los cigarrillos Imparciales, buenos de punta a punta. El bandoneonista ciego que en la puerta de la Legislatura tocaba Desde el alma. El libro de anatomía donde se veía la famosa pepita de oro que las mujeres ocultaban debajo de la pollera, entre la chabomba y el tegobi. La hoja de cuaderno Lanceros donde había que anotar los pecaditos, no fumar, no mentir, no robar, no morir, no anhelar. Chupar una naranja, pelar una mandarina, robar higos, tener un Cadillac. Las noventa cabezas de los fósforos Ranchera, los bifes de marucha, el vestido rojo de Eva Perón flameando en el último vagón del tren más famoso de Argentina. Olor a chinchón, a rodilleras Prócer, a pelota de trapo, a Casa Colorada. Los ojos de caramelo del Niño Dios. El corcho de la sidra Tunuyán. El pesebre fabricado con un cajón de manzanas y en lugar de los tres reyes magos, los cuatro de la baraja sostenidos por tacos de madera. Las chicas de al lado. ¿Quién era la mujer del almanaque? ¿Gene Tierney? ¿Amelia Bence? ¿Lana Turner?. La bola roja que impulsaba Pedro Leopoldo Carreras, campeón mundial de carambolas, dormida sobre la mesa del billar de la Asociación Redes Cordobesas. Olor a jazmines, a corona de novia y a friega de alcohol alcanforado. Las caricias trabajadas hasta la humedad en la última fila del Cine Mayo. La palabra carammmmmmilos. La palabra aeromentabonbónhelados. La sirena del diario que sonaba cada vez que Jesús resucitaba o Delfo Cabrera ganaba una carrera. De grandes íbamos a ser como los equilibristas alemanes. La máquina de escribir Royal con que los buenos escritores, si querían, podían emular el swing de un aguacero. Los zapatos Gomycuer, las zapatillas Pampero, las entradas a mitad de precio y los encendedores Omega. La vidriera de la tintorería Palermo donde se exhibía el frac de Jorge Arduh, el fantasista del teclado. La cabeza cuadrada de Gatica oculta por una nube de agua perfumada en la peluquería del Pasaje Muñoz. Las pistolas Rebo y las pelotas Pulpo. La sombra del viejo de la bolsa, que a la medianoche ya había triunfado sobre todas las cosas, el rumor a papel de las hojas de los árboles y el secreto del viento que tanto me asustaba. Ese niño es mío, ese niño es mío. Todas esas cosas eran, son y serán el muy famoso Dios mío.
Whatisthis?
No bien llegué al aeropuerto de Nueva York / procedente del Distrito Federal / fui levantado en andas por dos detectives del palo de Bruce Willis / y conducido a una piecita donde había un estropajo / un ventilador y una silla de lata / ya volveré a ocuparme de esa silla. ¿Así que esta es la famosa yuta? / pensé / mientras ambos Willis / con precisión de cirujanos y modales de leñador / me despojaban de la camisa. Había algo para ellos que me volvía irresistiblemente sospechoso / ¿la barba peluda? / ¿la propiamente dicha sudamericanidad? / después me pusieron junto a la foto del pasaporte / y me miraban / a mí/ y al pasaporte / a mí/ y al pasaporte / me acuerdo perfectamente de esa foto / me la saqué en un estudio de la calle 27 de Abril / el día que mi hermano terminó de estudiar arquitectura.Con el torso desnudo / me hicieron señas para que levantara los brazos/ y no los bajara / la felicidad los atravesó de lado a lado / cuando en la valija encontraron la cajita de metal donde guardaba la jeringa y la insulina / ambos se miraron entre sí como si hubieran descubierto al mayordomo de Al Capone.Algo parecido sucedió cuando encontraron / envueltas en papel de diario / una docena de piedritas que había recogido del Distrito Federal / por ejemplo: / una piedra de la calle del Niño Perdido / una de Insurgentes / otra más del boulevard Pancho Villa / ellos las iban acomodando una al lado de la otra / y me preguntaban / whatisthis whatisthis??Me acuerdo que estaba en calzoncillos / ocupando la silla de lata / descalzo/ agotado / vacío / arrugado / aturdido/ lo que más me ofendía era el orgullo de aquellos dos imbéciles confundiéndome a mí con un fuera de la ley.Aproveché que salieron a buscar un traductor / y me puse a escribir / pero no tenía lápiz / entonces empecé a escribir con los ojos cerrados / una carta para la chica que me esperaba en la calle Caseros / Argentina / Oh Dios! / ¡que palabras tan hermosas se me ocurrían! / me mantuvieron a pan y agua doce / o catorce horas.Al salir pedí la insulina / con insistencia / pero no me la devolvieron.
Que Dios reparta suerte
Cuando yo vivía en España / Madrid / en un piso 17 de la calle Princesa / los paisanos llegaban del aeropuerto de Barajas a eso de las seis / y a las 6.30 me llamaban por teléfono / ¿Salzano? / una hora después ya estaban en mi casa / con sombra de barba / entonces yo me paraba delante de la ventana y dictaba una clase magistral: / aquella es la casa de Rafael Alberti / decía señalando con el dedo hacia el oeste / aquella es la cancha del Real Madrid / y sobre aquel banco de madera se sentaba Juan Ramón Jiménez para escribir Platero y yo.Después / sin escucharnos / hablábamos durante horas.Ellos querían saber cuánto costaba el alquiler de un departamento en la zona de Carabanchel / y si para que te sellaran el pasaporte en la frontera / te convenía salir por Francia o Portugal. Yo, en cambio, quería saber si mi papá seguía apoyándose en el marco de la puerta de calle para tomar un jarrito de café / quería saber si alguien había preguntado por mí / si alguien me quería todavía / y todo esto comiendo bizcochos delgados / hasta que el amanecer arrojaba una pálida luz a través de la ventana / pero nadie se movía.Eso es todo lo que puedo decirles a los chicos que me preguntan si España está buena para irse / yo creo que las cosas nunca cambian demasiado / cuando ustedes pregunten no les van a contestar / y cuando ustedes contesten no les van a preguntar / miren / antes de mandarse a mudar metan un puñado de tierra en una bolsa de supermercado / y no la pierdan / ni la regalen/ ni la vendan / ni la cambien / por lo demás les recomiendo que hagan como los toreros / persígnense / y que Dios reparta suerte.

