Temas del día:

Quiénes y cuándo

El mejor amigo de Marcello Mastroianni. Conferencia de uno mismo. La canción de los nuestros. La herencia de papá. No nosotros. Daniel Salzano.

04 de junio de 2011 a las 08:03 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

El mejor amigo de Marcello Mastroianni

El mejor amigo de Marcello Mastroianni fui yo / Salzano / nacido en la ciudad de Córdoba al mismo tiempo que en un cine de Manhattan se estrenaba El ciudadano y en un asilo de ancianos de la calle 86 dejaba de existir Jelly Roll Morton / ¿cómo que qué Jelly Roll Morton? / el mejor amigo del piano.

A los 6 años era un pibe sano y reidor / no sabía bucear / no sabía nadar / y me moría por unas patas de rana / pero era capaz de trepar al trampolín mayor / cerrar los ojos y lanzarme al vacío / cuando caía provocaba una explosión / parecida al hongo de los gringos después de arrojar la bomba en Hiroshima.

A los 14 años me clavé un alfiler en el dedo pulgar / y con la sangre dibujé un corazón que envié por correo certifica-do al domicilio de la actriz Gene Tierney / Drive Canyon 2020 / Malibú / ¿cómo que qué Gene Tierney? / la mejor chica de la Fox.

Abrigado con el mismo sobretodo / que Marcello Mastroianni llevaba puesto durante la Segunda Guerra Mundial / aprendí a caminar mirando el suelo / y a robar libros con la punta de los dedos / me hubiera gustado ir preso por robar las obras completas de César Vallejo / pero volvamos a Marcello / una vez me dijo “se triunfa por accidente, el resto es arrogancia” / y otra vez me dijo: “Estoy jodido, pibe, necesito cinco lucas” / así era él / usaba zapatos Gomycuer y fumaba como un tren / “Te estás matando Marcello” le advertí / y el respondió “e vaffanculo”.

A los 15 –con la página de Clasificados bajo el brazo– me presenté a trabajar en una ferretería de la calle Humberto Primero / me dieron una bici de reparto / y un plano de la ciudad / del lado de allá las vías del tren / del lado de acá las vías del viento / y entre ambas las vías del tiempo / subía por Roma y bajaba por Patria / medio siglo más tarde / quisiera estar en otra parte / pero siempre estoy subiendo por Roma y bajando por Patria.

Si voy a la plaza de los Burros ya no existe / si voy al zoológico a visitar al oso Boris me dicen que se ha ido / mis padres también han muerto / ¿cómo que qué padres? / los que están en la foto / él con una lapicera fuente asomando del bolsillo superior del saco y ella / bajita / detrás de un abanico.

He publicado en diversas revistas parroquiales / y cuando el mozo me dice / servido maestro / pienso que me gusta enormemente vivir en esta ciudad / donde por algún motivo / todos somos maestros.

Conferencia de uno mismo

En aquella ciudad del pasado que comenzaba en las vías del ferrocarril Mitre y terminaba sobre el horizonte de eucaliptos que separaba a la Luna de la cancha de Talleres, todo lo que podía hacer para crecer era tomar café de lunes a domingo, jugar a la quiniela y caminar como una bestia para encontrarle una salida al laberinto.

Sin embargo, todo lo que encontraba a mi paso alucinado, torpe, eran monedas de 10 guitas, teléfonos fuera de servicio y miles de personas agrupadas en un diámetro de cuatro metros con centro en el televisor. Trabajo no tenía y mujer tampoco, mi única propiedad era un vaquero Topeka que caminaba solo y la convicción de que si me concentraba debidamente en la palabra libertad podía hacer estallar la ciudad en mil pedazos. Pero no me salía. Entretanto, porfiado, iba y volvía. Maipú, Alvear, Rivadavia, San Martín, Rivera Indarte.

A veces, guiado por el pantalón que caminaba solo, iba a escuchar a los escritores de verdad que llegaban desde Buenos Aires con olor a pipa y el saco arrugado. Yo quería saber cómo se escribía de verdad, quería saber cómo salir del laberinto, pero todo lo que veía era una tarima de madera, y sobre la tarima una silla y sobre la silla al escritor y delante del escritor un vaso y una jarra. Me acuerdo de Marechal hablando en el trono de la biblioteca Vélez Sársfield, parecía el suplente de mi viejo. “El escritor debe levantarse temprano para seguir esperando la llegada de la vida”. Yo anoté la frase en la palma de la mano izquierda para después leerla en el camino.

Bueno, lo cierto es que escribo todo esto porque la semana pasada me invitaron a dar una charla sobre las mejores películas del siglo 21 y acepté y en el salón, en la parte delantera, había una tarima de madera y sobre la tarima una silla y sobre la silla estaba yo, delante de un vaso y una jarra. Antes de comenzar levanté la mirada y me puse a buscar entre la gente al chico que había sido. Me moría por verlo otra vez

¡Oh chico!, chico, pero el chico de los Topeka que caminaban solos no había acudido a la cita o ya se había ido. El chico que yo fui no pudo salir jamás del laberinto.

La canción de los nuestros

Observen al ciego pidiendo ternura / contra la pared de la Legislatura.

Observen el drama de los dos hermanos / uno de Talleres / otro de Belgrano.

Observen el mundo que abarca el poeta / empieza y termina en una servilleta.

Observen al indio que espera dormido / que después del corso pase el colectivo.

Observen a Cristo en la carpintería / lijando los bordes de una estantería.

Observen al curda que con el licor / escribe 100 veces la palabra amor.

Observen al gringo en la pizzería / mezclando la masa con la nostalyía.

Observen la pinta que carga el enano / los zapatos rotos, los zoquetes sanos.

Observen al jockey en el entrenamiento / poniendo el caballo paralelo al viento.

La canción de los nuestros no se ha inventado / pero viaja conmigo a todos lados.

Observen al rey de los peso pesados / llorando por ella que lo ha abandonado.

Observen al loco moviendo los dedos / contando las luces que hay en el cielo.

Observen la barra de sapos cantores / ensayando en grupo el Vals de las Flores.

Observen al perro que va con San Roque / sin saber a dónde pasarán la noche.

Observen la facha que gasta el tanguero / pañuelo de sedas tamangos de acero.

Observen la historia que cuenta el abuelo / cuando en el Comedia vio a Tita Merello.

Observen al guaso llegando a Retiro / mandando postales para los amigos.

Observen al monstruo que en la procesión / ruega por el alma del mono King Kong.

Observen al pibe leyendo de ojito / las obras completas de Patoruzito.

La canción de los nuestros no se ha inventado / pero viaja conmigo a todos lados.

No nosotros

Composición / Día del Animal / dos puntos / el primer animal de todos se llamaba King Kong / y murió a los pies de Nueva York / con un disparo de avión en la cabeza / nadie recuerda a la aviación norteamericana / pero King Kong es eterno.

Yo no sé si lo habrán advertido / pero los animales están retrocediendo / por ejemplo: los caballos de carrera (lo más verdadero que vi en mi vida) / si les dabas un terrón de azúcar, te lamían los dedos de la mano / si te daba asco, ya podías ir buscándote otra cosa / una vez llevé el azucarero de mi casa / y lo perdí / no te digo / era un regalo de casamiento / me dieron una paliza como las de antes / dos chirlos en el culo / cuatro mamporros en el cráneo / y dos horas encerrado en el baño / como me aburría me corté las uñas de los pies con las uñas de las manos / tengo hambre / comencé a gritar mientras golpeaba la puerta / tengo hambre / y como nadie contestaba cambié de frase / socorro aquí hay un monstruo ¡socorro aquí hay un monstruo! / bueno/ los monstruos también están desapareciendo.

Eso sí / si ustedes me preguntaran dónde van a morir los caballos de carrera / no sabría qué decirles / todo lo que sé es que el buzón del hipódromo está lleno de cartas viejas / nadie las lee porque nadie las recoge / a veces vuelan por la vereda / a ras del suelo.Y hablando de gallinas / recuerdo a mi mamá como un vals / girando en la inmensidad del gallinero / el maíz se hundía en el barro / y las gallinas se reían / sin alejarse del punto de partida.

Supongamos que nacían 12 pollitos / con mi hermano a todos los efectos / los considerábamos pollitos de carrera / el pollito Michelin / el pollito Dunlop / el pollito Firestone / pói pói pói decía mi mamá borracha de maíz y girando como una calesita / ¿de dónde habría sacado esa palabra?

Cada vez que me preguntan en qué animal quisiera reencarnarme / yo digo que en un pitbull / quisiera reencarnarme en un pitbull para ir a buscar a Salomón Grinfeld / de sexto / que me prohibió usar la camiseta del equipo / imaginen a 11 chicos con camisetas rojas y pantaloncitos azules / yo era el 12 / tampoco me dejó aparecer en la foto / porque me estaban saliendo granitos en la cara / maldito Salomón / iría a buscarlo y le mordería las rodillas / ojalá estés leyendo el diario Salomón Grinfeld / y te ataque / la tembladera.

Los animales de esta ciudad están desapareciendo / no nosotros.

Y el otoño / no nosotros.

Y los grandes palos borrachos de la Chacabuco / no nosotros.

Dentro de unos años / cuando tengan que escribir una composición sobre el Día del Animal / los chicos sacarán una hoja / y tampoco habrá más hojas / ni lápices / ni cuadernos.

La herencia de papá

Sólo un puñado de cosas. Dos discos del sello Odeón de 78 revoluciones por minuto. Uno, de Carlos Gardel; el otro, también. No los recordaba en absoluto. A las 7.30, al atardecer, abandonaba el sillón y prendía la radio para escuchar a Víctor Brizuela. Estaba convencido de que Brizuela era un infiltrado del Club Atlético Belgrano. Mi viejo, escuchando la radio con el cráneo descansando sobre un puño era un afiche de Alta Córdoba, un barrio que siempre supo estarse quieto.

Un reloj pulsera de la marca Rado al que le falta el minutero. Le doy cuerda con la vaga esperanza de que funcione. Lo golpeo suavemente con la palma de la mano. Ya no late. Como su propio corazón.

Una cajita de hojalata donde guardaba los saquitos de té, dos parches para pinchaduras de bicicleta, un manojo de llaves, clavos, un vale del almacén por dos sifones de soda.

Algunos recortes de La Voz del Interior y un frasco de gotas para los ojos. Para ponerse las gotas se arrimaba a la ventana y echaba la cabeza para atrás. Parecía un elefante. El corazón de los elefantes mide 55 centímetros por 34 por 40.

Un estuche de la joyería Marmai, que contiene una medalla de bronce. En el reverso pue-de leerse: "Liga Cordobesa de Fútbol. Tercera División". En el anverso, un jugador anónimo se apresta a conquistar la Luna pegándole de sobrepique a la pelota. La pelota tiene cascos y tiento. Para que se ubiquen.

La gorra que se ponía para ir a la cancha y dos carnés con las cuotas impagas, pero aún en perfecto estado de funcionamiento: uno del partido radical y el otro del Club Atlético Talleres. A veces, cuando mamá no lo oía, me batía la justa: “Lo mejor de la escuela es el recreo”. Palabra de ferroviario.

Un frasco vacío de gomina Lord Cheseline, una tijerita para cortarse las uñas y los pelitos de la nariz, un alfiler de corbata, una tira de genioles sin genioles, algunas chirolas uruguayas y media docena de fotografías en blanco y negro, de las cuales dos pertenecen a la actriz Delia Garcés, una mujer cuya mirada te permite suponer que soñaba, pero no dormía.

La escritura de la casa protegida por dos tapas de cartulina anaranjada.

Un certificado de vacuna antivariólica y una armónica de la marca Serenata. No sabía tocar pero estoy seguro que, de haber sabido, hubiera tocado Viaje a Argüello.

Un atado de Particulares, todavía sin abrir, una boquilla Crisol y debajo de todo, bien al fondo, doblada en 16, una bandera soleada de la República Argentina.