Quiénes y cuándo
Cabeza cuadrada, 50 la entrada. Robert Redford. Daniel Salzano.
Cabeza cuadrada, 50 la entrada
Desde que en 1895 los hermanos Lumiere patentaron el cinematographe, el cine se divide en dos mitades: la de adentro y la de afuera. En la parte de afuera, se pegan los afiches; en la parte de adentro, se pega la pantalla.
Ambos extremos se ligan entre sí a través del alma, o sea las películas.
Por eso somos tan estructurados.
Al comenzar el siglo pasado, exagerando y según consta en el libro de actas secretas de este municipio, el promedio de salas de exhibición era de una por cada mil habitantes y la cantidad de habitantes no superaba los 25 mil.
Cada vez que llovía, los 25 cines se llenaban y sólo se oía el zumbido del motor de las cabinas de proyección, la discusión de Laurel y Hardy por causa de un burro que se negaba a caminar y un malambo bailado por Fred Astaire: tamangos combinados, traje azul a rayas y la corbata de dragoncitos, la finita.
Por eso somos tan amigos.
Quietito, Salzano, no se mueva, no respire. Esa voz pertenece al radiólogo del Allende encerrado en una piecita de plomo. Yo, obediente, aspiro profundamente y, para no aburrirme, empiezo a contar: 1, General Paz; 2, Urquiza; 3, Mundial; 4, Novedades; 5, Sombras; 6, El Ángel Azul; 7, Moderno; 8, Renacimiento; 9, Rex; 10, Gran Rex; 11, Cervantes; 12, Astral; 13, Avenida; 14, Gran Avenida; 15, Peña; 16, Ópera; 17, Monumental; 18, Capitol, 19, Palace; 20, Real.
Listo, ahora suelte el aire y respire con normalidad.
Por eso somos tan transparentes.
Fue en un cine donde conocí a Los Beatles.
Escuchemos a McCartney: Cuando tenga 64 años, ¿me seguirás mandando una postal para el Día de los Enamorados?
Por eso somos tan ancianos.
Cuando era el espectador más joven de la ciudad, estaba seguro de que llegaría a ver todas las películas del mundo. Sin embargo, me bastó con hacer una regla de tres para advertir que ni aun viendo cuatro diarias podría verlas a todas.
Ahora, cuando me he convertido en el espectador más viejo de la ciudad, puedo asegurarles que la visión de todas las películas no garantiza una correcta definición del cine. Sí garantiza un buen retrato de sí mismo.
Por eso somos tan introspectivos.
No existe ningún arte como el cine que se lleve tan bien con los leones: Sergio Leone, Leonor Benedetto, Tarzán y el león de oro, El rey león, Androcles y el león, El león en invierno.
Cuando en esta ciudad se estrenó Una leona de dos mundos, la cola salía del Mayo, daba vuelta por la calle Alvear y bajaba hasta las estribaciones del río Suquía. Hubo gente que vio la película con los zapatos mojados.
En pleno uso de mis facultades, pido que se entierre al león de la Metro en Tierra Santa, con el derecho a figurar en el altar de los honores.
Por eso somos tan corajudos.
A mi mamá le gustaba Henry Fonda, a mi papá le gustaba mi mamá y a mí me gustaba verlos juntos, ametrallados por el biógrafo, dándose de comer maní con chocolate en la boquita.
Si te gusta una chica, invitala al cine y pedile que te ponga una perla de maní con chocolate en la boquita. Es tan concluyente como la prueba de ADN.
Por eso somos tan mimosos.
Una vez al año realizábamos un torneo nacional entre los concursantes que habían pasado la mitad de su vida en el cine. El reglamento era muy sencillo: los concursantes se iban eliminando entre sí mediante el viejo sistema de preguntas y respuestas.
¿Cómo se llamaba el Sputnik que aparecía en el plano final de El romance del Aniceto y... ¿cómo se llamaba? la Francisca.
¿Era zurdo o diestro Armando Bó? Y la pelota que pateaba, ¿de qué era?
¿En qué película y a quién se le volaba la pollera como un plato volador?
Por eso somos tan timberos.
El cine nació en 1895 y yo nací en 1941, el mismo año en que Clark Gable resultó ser el actor más taquillero del orbe. Sin embargo, en Córdoba, las chicas estaban loquitas de amor por un tenor de manos blancas y pecho de sargento que se llamaba Nelson Eddy.
Mi madrina, loca por Nelson, era la feliz propietaria de una foto en la que el actor, embutido en una chaqueta roja de la Real Policía Montada de Canadá, la miraba con ojos de cordero.
Aquella foto del galán fue el argumento decisivo que utilizó para que a mí me bautizaran con el nombre del tenor de las manos blancas y el pecho de sargento. Por eso me llamo Daniel Nelson.
Mister Nelson Mister Nelson, me llamaban por megafonía en el aeropuerto de Londres y yo me la pasaba perdiendo los aviones.
Por eso no nos gustan los sargentos.
Ustedes creerán que yo aprendí a hablar inglés conjugando el verbo camán en los trasnoches. Error. Lo aprendí escribiéndole cartas de amor a Gene Tierney, la chica más triste de la Fox.
¿Es verdad lo que andan diciendo por ahí, Gene Tierney, que te has muerto?
Por eso muchas veces no podemos conciliar el sueño.
Samuel Fuller decía que el cine era vida, muerte, desencuentros, guerras, armisticios, amigos, enemigos, pasiones, rencores, miedo, venganzas y felicidad. En una palabra: emoción.
Yo me he pasado media vida viendo películas de Fuller, nena, y la otra mitad leyendo sus novelas. En Malvinas, por ejemplo, además de aborrecer a los ingleses, me la pasé tirando puchos al barro para aplastarlos con los borceguíes.
Por eso somos tan emocionales.
A veces los finales eran tan reñidos que había que votar: ¿Mejor mina italiana de las rodillas del agua para arriba? Silvana Mangano. ¿Mejor avión en blanco y negro? Casablanca.
¿Mejor birra envasada a presión por el tafanario de una mujer en calzoncillos? El ángel azul. ¿Fito, Vito, Lito o Tito Corleone?
A veces jugábamos por plata. Con la plata del Estanciero.
Por eso somos tan competitivos.
Fue sentado en el borde de la fuente del paseo Sobremonte que conocí a Marcello Vincenzo Domenico Mastroianni. Se había quedado sin tabaco, me sacaba una cabeza y respiraba con dificultad. No hablamos demasiado. Mi papá era carpintero, me contó. Y el mío ferrocarrilero, le conté. Me preguntó si había visto La Dolce Vita. Yo le contesté que había visto La Dolce Vita, Ocho y medio y Los compañeros.
Francamente me gustaría –me confesó antes de desaparecer– morir antes que todos los nuevos actores italianos. Falleció en 1996. Estaba tan flaquito que parecía un dibujito animado. Me hubiera gustado abrazarlo.
Por eso somos tan solitarios.
Como he pasado media vida en el cine, nunca pago la entrada. Me presento en la boletería y me limito a susurrar la contraseña:
–Cabeza cuadrada, 50 la entrada.
Entonces el boletero levanta la cabeza y me hace señas para que pase. Somos pocos y nos conocemos mucho.
Por eso somos tan íntimos amigos.
En la película Apache, el indio Burt Lancaster eliminaba sus huellas atando la rama de un arbusto a la cola del caballo. Atrás venían los soldados de Custer y decían: hum, por aquí no ha pasado nadie.
Para cuando me vea obligado a borrarme, tengo pensado hacer una cosa parecida: me convertiré en uno de los tres foquitos rojos que parpadean en el techo del Cinerama. Hum, dirán, por aquí no ha pasado. En los cines nunca se mira para arriba. Uno se puede llevar los escalones por delante.
Por eso nos gusta caminar de la mano.Robert Redford
Tanto escribir sobre Jorge Bonino hace dos sábados, que pasé por delante del cumpleaños de Redford y seguí de largo. 76 años.
Cuando se cumplen 76 años lo más probable es que en tu agenda diaria figuren un par de visitas al Allende: una porque a los 76 llegar a la esquina ya se considera un éxito; otra porque, para seguir vivo, ya no alcanza con leer y escribir.
Yo no los he cumplido todavía, pero por el hábito que he adquirido últimamente de leer con los ojos cerrados, juraría que no estoy muy equivocado.
A mí, Redford me calzó los puntos en el año de gracia de 1969, cuando el Gran Rex estrenó Dos hombres y un destino. Un hombre era Paul Newman y el otro, Robert Redford.
Dos hombres y un destino era una película sobre la amistad viril y, como nueve de cada 10 películas del género, en Córdoba fue un éxito.
Anoten, niños: esta ciudad adora las películas de amigos de la misma manera que detesta las comedias musicales, porque cree que cuando un tipo canta en vez de hablar, lo está estafando.
Redford, por elevación, fue la historia de nuestra propia vida.
Quiero decir que todos, alguna vez, trabajamos en alguna película con Newman.
Al joven Robert Redford, le bastaba en sus comienzos con tomar una birra del gollete en un bar de Colorado –su terruño– para que a las chicas les ardieran los sesos y se les llenara la boca de dulzura.
Aún no se dedicaba al biógrafo sino que ambicionaba convertirse en un pintor de caballete, un niño bien que viajó a París para estudiar la obra de Cézanne y al final se quedó en eso.
Cuando volvió a Estados Unidos, las cosas no habían cambiado demasiado. Él siguió pintando como un aprendiz sin futuro y las chicas del barrio continuaban locas por su mandíbula cuadrada y su pelo de yegua.
Fue así como desembarcó en el cine: tomando una birra en camiseta.
Eso sí, fue un galán formal, casado y con hijos, que invertía lo que ganaba comprando hectáreas de bosques por los alrededores de Utah. Lo hacía, explicó, para el día de mañana poder andar a caballo entre los pinos.
Llegó a cobrar medio millón de dólares por usar un esmoquin de seda y representar al gran Gatsby.
Años más tarde, cuando los grandes proyectos comenzaron a escasear en su horizonte, se mandó a mudar con dignidad y fundó un instituto –el Sundance– donde reciben casa y comida los guionistas de pantalones cortos y los directores desahuciados.
¿Alguien recuerda el final de Dos hombres y un destino? Newman y Redford decidían enfrentar al enemigo con una pistola en cada mano y a cara descubierta. Ahí se congelaba la imagen.
Ahora sabemos que ambos se salvaron.
Paul Newman murió a los 83 y Redford amaga con pegar en el palo.

