Quienes y cuándo
Botones. Hammett. Gatti. Nónimo. Daniel Salzano.
Botones
Me mandaba una macana de las grandes, le echaba Uvasal al frasco de sal fina (por ejemplo), le robaba una media para llenarla de trapo y jugar a la pelota (otro ejemplo) o me batía a duelo con el gato del vecino (ídem) y entonces ella me llamaba con la voz de las grandes ocasiones.
Mi mamá tenía dos tipos de registro vocal. Uno, de sargento soprano; otro para, apilada sobre la máquina de coser, tararear las obras completas de Libertad Lamarque. Bueno, lo cierto es que ella me llamaba y me decía, echando chispas, vení para acá, me vas a volver loca y se daba cuerda y me retaba mientras a lo largo de un instante denso y duradero, yo temía haber quebrado el orden natural de la existencia. Sentate ahí, ordenaba. Sentate ahí y no se te vaya a ocurrir moverte hasta que yo te lo diga.
Había vivido tantas veces esa situación que sabía de antemano todo lo que ocurriría. Ella, en penitencia, me iba a dar a elegir entre pegar botones o estudiar el catecismo. ¿Están en pecado mortal quienes no confiesan y comulgan una vez al año? Sí, están en pecado mortal quienes no confiesan y comulgan una vez al año. Yo elegía los botones. ¿Creen que es fácil coser botones? ¿Eso creen? ¿Es necesario que yo declare a estas alturas que mi mamá cosía para afuera? La verdad es que pegábamos los botones a medias. Ella elegía el hilo y yo enhebraba la aguja.
Ella se ponía el dedal y yo le miraba la nariz. Y así permanecíamos unidos por un hilván invisible mientras el orden natural de la existencia recuperaba su posicionamiento. Hace muchos años que mi mamá murió y yo todavía, cada tanto, cierro la puerta, bajo la persiana, enhebro la aguja y coso un botón en cualquier parte.
Hammett
Propongo una remake: El halcón maltés, dirigida por Quentin Tarantino y con Nick Nolte en el papel del detective Sam Spade. La película, con música de Sinatra, estará dedicada a Orson Welles, Vito Nervio, Fritz Lang y Dorothy Malone.
Dos peticiones estrictamente personales a la productora: primera, un chalecito con pileta y Juliette Binoche como ayudante mientras escribo el guión en Mendiolaza. Segunda: que ni Pierce Brosnan, ni Kate Hudson, ni Tom Hanks, ni Bruce Willis intervengan para nada.
Y ahora hablemos de El halcón maltés, publicada en 1930 por el novelista Dashiell Hammett. En El halcón maltés hay una página que lo describe bastante bien, una página en la que estás por llegar al final y tenés la sensación de que no va a pasar nada de nada, pero de repente aparece un cabaret, La Dalia Negra, y en el cabaret está cantando una de esas leonas en vías de extinción que Dashiell Hammett escribía de taco con el más fatal y sensual y triste de sus dedos.
Bueno, en ese momento entra el detective Sam Spade, se acoda en el estaño, pide un whisky y fuma y fuma y fuma, pero no puede concentrarse porque en el otro extremo del mostrador hay un barrabrava que come los maníes con cáscara incluida y hace ruido. El detective le hace un gesto de silencio, pero el hooligan no atiende; entonces, Spade se acerca como para pedirle fuego, incluso le sonríe, pero le coloca un ñoqui en la mandíbula y el tipo queda con los zapatos para arriba. Cualquier otro escritor hubiera aprovechado para enhebrar una carambola a dos bandas –el detective y la cantora–, pero Hammett no lo hace. Spade paga con un billete de 20 dólares y vuelve a la calle sin esperar el vuelto. Puro estilo: sólo nosotros y él sabemos, sabe, que ese billete era el único que tenía, todo lo que le quedaba en el bolsillo.
La noche, sin embargo, recién comenzaba.
Gatti
Nadie le quitará ya a Hugo Orlando Gatti la gloria de haber sido el arquero más querido y más odiado del fútbol argentino. Entraba “el Loco” a la cancha con el pelo matizado por Cachita y, en una época en la que los hombres no lloraban, llegaba al arco y, ante el estupor del canchero y de la hinchada, señalaba los puntos neurálgicos del área cavando con la punta del botín unos pozos asesinos. Una manera vistosa y efectiva de precisar, de entrada, quién mandaba y quién obedecía.
Le decían “Loco”, además, porque era muy capaz, como una madre enloquecida, de abandonar el arco, la casa y los cachorros, para perderse en el corazón de las líneas enemigas. Volvé, “Loco”, le imploraban, pero U. Gorlando no estaba en la cancha sólo para evitar goles sino porque secretamente acariciaba el deseo de hacerlos. A veces le quitaban la pelota y era maravilloso verlo sonreír mientras retrocedía con estilo, sin perder la calma, sabiendo por anticipado que si le metían un gol, probablemente lo lincharían.
Eso, cuando jugaba de día. Cuando lo hacía de noche, solía aprovechar la complicidad de las sombras para deslizar una petaca de Old Smuggler contra la cepa del poste y, cada vez que podía, se agachaba como si estuviera buscando un trébol de cuatro hojas. Esto es lo malo que tiene escribir sobre tipos como Gatti. No has empezado a elongar cuando la nota se acaba.
Nónimo

