Quiénes y cuándo
Escrito sobre una mesa en un bar de Chacabuco. Gente interesante. La lamparita del Ministerio de Trabajo. Daniel Salzano.
Escrito sobre una mesa en un bar de Chacabuco
Así es / así es como se pela un maní mientras la espuma de la birra nace, estalla y se disuelve.
Así es / con la yema de los dedos / como se escribe la palabra amor sobre la mesa.
Así es como ruge Chacabuco.
Así es como pasan dos mujeres y después desaparecen / pst / chicas / aquí está Quiénes y cuándo.
A mi izquierda, un parroquiano lee el diario con los anteojos recogidos sobre la frente: así leían los secretarios de Redacción del cine norteamericano / ¡oh Dios! / el tiempo arrastra la vida / como lo haría una fina tempestad de arena.
Así ruge mi máquina de escribir / se parece a un camión Scania Vabis subiendo por Esquiú.
Así es como el cajero del bar pulsa en secreto un botón de la vitrola y comienza a sonar un disco de Los Beatles / así cantaba John Lennon / conozco una buena historia de John Lennon: / el día de su debut no se presentó / había un pizarrón anunciando su nombre en la puerta del boliche / pero él no se presentó / se fue a un cine / tenía miedo / se perdió en la oscuridad / hay gente que va al cine porque la oscuridad / como la comunión / se reparte en partes iguales / así es / y así os lo digo.
Así es como se escribe una canción / con pequeños movimientos de los dedos / sabiendo que el mar y el cielo se ven igual de azules / así es como se escribe una canción / con el músculo de la palma de la mano lanzado / hacia delante.
Dylan Thomas decía que la vida se puede manejar como un encendedor / a mí no me sale.
Así es como /a esta hora / los negocios bajan la cortina / tres pecas diviso desde aquí en la espalda desnuda de una mujer que toma Paso de los Toros / creo que me gusta / siento un blando vacío en la boca del estómago.
Así es como mi mamá me vio / recién nacido / y dijo qué voy a hacer con este renacuajo / lo llamaré Gustavo Adolfo Bécquer / mi papá no aceptó / los imagino discutiendo sobre el tema / tomando café con leche / sentados alrededor de una lata de bizcochos.
Para entrar al Paraíso hay que atravesar unas puertas como las del Teatro San Martín y llenar un formulario / si ahora mismo viniera un policía y me preguntara lo que estoy haciendo / le diría que estoy esperando escuchar por última vez la voz de mi mamá: / ¡a la cama! ¡a la cama! / ¡que hay que ma-drugar!
Voy a realizarles cinco preguntas cordiales / si no conocen las respuestas / les daré una ayuda el sábado que viene: 1) ¿Son capaces de citar cinco palabras que den lástima? 2) ¿La poesía existe para satisfacer las necesidades de los vivos o de los muertos? 3) Después de Fructuoso Rivera, ¿viene Derqui o hay que detenerse ante el jonca del pibe que lustra los zapatos? 4) ¿Aguantaron cuánto tiempo esperando a una mujer en Trejo y la iglesia de la esquina? 5) ¿Antes de ser Arturo Illia, cómo se llamaba o cuál era el nombre del bulevar?
Así es como Dios / vela por nosotros.
Es así.
Gente interesante
Córdoba está llena de gente interesante / por ejemplo el Hugo / “el Huguito” / que la tiene agarrada con los aviones / si no está con los brazos desplegados volando alrededor de la plaza San Martín / está en la torre de control del área peatonal / autorizando el despegue de las naves / es tan hermoso / que no se puede aguantar /a ver quién / le niega un cigarrillo.
También está el mozo del bar Sorocabana / el que hace los licuados / cualquiera puede hacer un licuado / pero solamente él te dice caballero / servido caballero / nadie nos había dicho nunca caballero.
Y el camioncito de la propalación Pueyrredón / que va por Potosí / dobla en Esquiú / con los amperes de punta / Córdoba está llena de esas musiquitas.
De musiquitas y de viejos / con una marca de sangre en la mejilla / porque se acaban de afeitar / con dos vueltas de cinta adhesiva en los anteojos / porque se acaban de caer / haciendo el ruido de un álbum al cerrarse / Córdoba está cubierta por una mano de ansiedad / que nunca desaparece.
Esta mañana justamente / vi al Hugo / al “Huguito” / sentado en un banco de la plaza / emitiendo sonidos / como si fuera una sierra / está muy viejo / ya no vuela / ni despega / Córdoba está llena de gente que ha dejado de volar.
La lamparita del Ministerio de Trabajo
“Más rápido el pasado se mueve que el presente”. Eso escribió el poeta Robert Lowell en 1966 y yo lo repetí 40 años más tarde, cuando la lucecita roja del Ministerio de Trabajo parpadeaba al lado de mi nombre: Salzano, Daniel, casado, un hijo, nacido en la ciudad de Córdoba en el mes de mayo de 1941. Lo cual, traducido, quiere decir que había cumplido 65 años y estaba en edad de jubilarme.
El 65, el cazador. Un tiro en la cabeza.
Cuando entré a trabajar en La Voz del Interior, era un cordobés de mangas cortas criado en el orfanato de la biblioteca Vélez Sársfield y un escritor desafinado que hablaba de sí mismo con demasiada frecuencia. Una imagen esclarecedora: leía a Cortázar apoyado en el buzón de Thompson y Williams.
De los 10 pesos que llevaba en el bolsillo el día de mi ingreso, invertí la mitad en un lápiz, un sacapuntas y un cuaderno. Llevaba puesto un pañuelo anudado a la francesa y un Zippo de dos piedras por si alguna mujer quería fuego. Miedos memorables de mi primera jornada: 1) que no descubrieran que escribía con tres dedos y 2) que no tuviera que descalzarme porque llevaba puesta una media con dos papas.
La redacción del diario estaba en la primera cuadra de la calle Colón, en la mansión desocupada de una familia numerosa: Política Internacional funcionaba en el dormitorio principal, Editoriales en el living comedor, Deportes en el escritorio del señor y Artes y Espectáculos en la pieza de las escobas, al final de una escalera. De tanto subir y bajar, acabé con las pantorrillas peladas y la convicción de que la tierra estaba más alta que el cielo.
Me asignaron una Continental a la que le faltaba el palito de la eñe: sabañón era sabanón, rebaño era rebano, feliz ano nuevo.
Los Beatles querían separarse y Nixon afirmaba que la paz del mundo se podía ver desde la Luna.
El diario era el círculo dorado que envolvía la cabeza de la Virgen, la policía que ordenaba el tráfico en la esquina del Correo, el perro de San Roque y el relojito que me gastaba la vida.
Es probable que todavía me queden entre mil y mil quinientos folios. ¿Quién soy yo para escaparme de ser viejo?
Los periodistas de la Edad de Plomo usaban trajes cruzados, un pañuelo blanco en el bolsillo superior del saco y un echarpe de alpaca que funcionaba como una bandera de la filosofía callejera. Una vez cada 15 días recibían la visita del sastre que los atendía a domicilio. Un tipo más frío que sentimental y que, en medio de la Redacción, con el centímetro alrededor del cuello y la boca llena de alfileres, les medía el contorno de la sisa.
Nadie podrá quitarme nunca la visión alucinante de un secretario de Redacción en calzoncillos, leyendo una cuartilla, inmóvil, mientras los alfileres le perforaban las axilas.
Coño, casi me olvido de citar al peluquero que llegaba inmediatamente después del sastre y te cortaba el cabello frente a la máquina, para que no dejaras de escribir. Quietito, quietito.
–¿La patilla?
–Larga y viciosa. Con forma de violín.
Los periodistas de la calle Colón rara vez se presentaban a trabajar sin llevar una historia en la cabeza. No hablaban inglés, no hablaban francés, no asistían a congresos y sólo los más cosmopolitas se atrevían a llevar una pluma en el ala del sombrero.
No había fax, las líneas telefónicas no alcanzaban, las computadoras no existían y en el subsuelo, en el taller, los linotipistas, grandes fumadores, escribían sus nombres de plomo con los ojos irritados por el humo.
Todo lo que había en la Redacción era una fila irregular de hombres que escribían simultáneamente y sonaban como la orquesta de Tommy Dorsey en los primeros bailes de Sinatra. Si ese sonido no te provocaba unas ganas irreprimibles de bailar, es que te habías equivocado de trabajo.
Los periodistas de la calle Colón podían, si querían, cambiar la cinta de la máquina de escribir con una mano, pernoctar sobre un banco de madera, vaciar un termo de café de una sentada y alterar la respiración de la ciudad con un titular cargado de promesas: “¡Atraparon al bandido Mussolino!”
Mussolino era un chacarero analfabeto que asaltaba los bancos de la pampa gringa a punta de cuchillo. En la foto se lo veía esposado, con la camisa desgarrada y las pupilas desencajadas por el miedo. A mí, lo que me gustaba del diario era que lo describía como si fuera un bandolero pero, en el fondo, lo compadecía como si se tratara de un amigo.
De lo único que no me protegía el diario era de la muerte.
En el hall de la Redacción, de espaldas a un óleo de Vidal, había un sofá especialmente instalado para atender a las visitas. Una vez, en ese mismo sillón, entrevisté al domador de caballos del Circo Mágico de Viena. Llevaba unos guantes blancos del siglo XIX y un sombrero de copa posado sobre las rodillas. ¡El domador de caballos del Circo Mágico de Viena! Hablaba en alemán. Francamente, no sé si hubiera podido vivir de otra manera. Si pudiera empezar otra vez, ¿lo haría?
Yo pensaba que aquel reportaje era el primer acto de una obra –mi vida– que estaría poblada por caballos poderosos, eternamente perseguido por la buena suerte. Pero no fue así. Nunca es así. Los caballos, con suerte, aparecen al comienzo y nunca más volvemos a verlos.
A veces, había que escribir de la bomba de hidrógeno.
O del paralelo 38.
Y cuando un golpe de Estado volvía el cuentakilómetros a foja cero, el título del editorial era siempre parecido: "Argentina en la encrucijada".Una vez nos pusieron una bomba. Bueno, no era una bomba, sino media docena de explosivos conectados a un hijo de puta que despertó a todos los vecinos de Alta Córdoba.
Conservo en un cajón del escritorio una piedrita que rescaté de los escombros. Todos vamos a estallar alguna vez, piedrita.
Las cosas iban muy despacio en la ciudad de los ’60: dos de cada cuatro viviendas carecían de agua corriente; el 70 por ciento cocinaba con carbón; el 40 carecía de artefactos sanitarios; el 60, de radio; el 90, de calefacción y el 80, de teléfono. En el diario había tres. En serio. Uno para el director, otro para el contador y el tercero para 20 periodistas.
El contador guardaba el efectivo en una caja fuerte cuyas llaves, como San Pedro, guardaba en el bolsillo del chaleco. La primera vez que viajé a Europa, me llevó aparte, me dio un abrazo y me regaló un billete de 50 dólares. Lo llevé tal como me aconsejó, escondido entre la media y el zapato.
¡Oh, coño!, ya soy viejo, más viejo de lo que nunca creí que sería, pero al mismo tiempo soy joven, sigo escribiendo con tres dedos y cada vez que llego al final de una nota que me gusta, me subo a una silla, me golpeo el pecho con los puños y grito como un mono. Recuerdo que ese día, en el Ministerio, pensaba: ¿Qué voy a hacer cuando me jubile? Tengo miedo. Y no me pongo a llorar porque no me acuerdo cómo se hacía. La lucecita del ministerio me hacía acordar a ese cuento de Jack London en el que un grupo de mineros juega al póquer valiéndose de una linterna. A medida que pasa el tiempo, se va acabando el combustible y la linterna cada vez alumbra menos. El cuento termina cuando nadie es capaz de distinguir entre un as de diamantes y un as de corazones.

