Temas del día:

Quiénes y cuándo

Piojito. Solcito. Suquía. Perseverancia. Charada. Daniel Salzano.

07 de mayo de 2011 a las 08:32 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Piojito

Enfundado en una camiseta que originalmente debió pertenecer al Club Atlético Huracán, pero que la vida ha transformado en un banderín del Deportivo La Miseria, el pibe se detiene frente a un contenedor de basura instalado por disposición municipal en la esquina de Vélez Sársfield y Deán Funes.

Como Indiana Jones frente al Arca Perdida, antes de levantar la tapa, lo rodea, lo estudia y lo analiza.

Por fin se decide y lo abre. Izado sobre la punta de sus pies descalzos, comienza a escarbar. Lo primero que saca es una botella del color de los anteojos de la Garbo. La pone a contraluz para ver si queda un poco de cerveza. Sí, queda. Empina el codo decididamente y la descula. Se limpia la boca y la nariz con el codo y, con un gesto de súbita violencia, la estrella contra el piso. A la hora de la siesta, el estallido del envase altera la paz de los sepulcros de la iglesia de Santo Domingo.

La gente lo mira y no lo mira. La gente es gente  y nada más. Él, entretanto, sigue investigando.

Una media de lana agujereada. Se la pone sobre la zapatilla. Una bolsa de plástico. La guarda en el bolsillo del pantalón. Una etiqueta vacía de Marlboro. La huele. Sonríe. Tiene dos dientes, nada más. ¿Dónde están los que tenía? Después, improlijo,impaciente, va tirando al piso todo lo que saca.

Un peine partido a la mitad, una guía telefónica,  una lata de Coca-Cola. La sacude, le pasa la lengua por la tapa y después, como un relojero, mira detenidamente a través del agujero. La luz es enemiga de la magia.

¿Más cosas? No, no queda nada. Un momento. Sí, queda. El pibe hace un último esfuerzo memorable y emerge del fondo del contenedor con un desodorante en aerosol. Lo aprieta. Pffft. El perfume lo sorprende y lo embriaga. Pffft. Cree que es un insecticida y, cuando pasa una mosca, le apunta y le dispara. La mosca se vuelve. Quiere guerra. Y mientras él gira sobre sí mismo, disparando su pistola perfumada, ella vuela en círculos sobre su cabeza dibujando la aureola de un santo.

Perseverancia

Casarte a las 10 de la mañana y, a la salida del Palacio Municipal, bordear La Cañada con los documentos nuevos en la mano.

Perder la fe y rezar de todos modos.

Pasear con los viejos que buscan su memoria alrededor del Paseo Sobremonte.

Morir de amor, amor, sin hacer otra cosa, hora tras hora, que escribirnos, hablarnos y morirnos.

¿Te parece bien que te quiera nada más que una semana?

Besar como si mordieras uvas.

Escribir sobre el polvo de la patria acumulado en las ventanillas de los trenes.

Darle con alma y vida al café y  tener un buen par de finos pies bai-larines.

Entre el cuerpo y la nada, llevar nada de ropa.

Oler un libro viejo y detenerte. Tener miedo de saber demasiado.

Dirigir la Sinfónica de Nueva  York en el cuarto de baño, delante del espejo.

Leer el diario en la cama y deslizarte para que tu hijo se acueste a tu lado, los domingos.

Viajar a Río Ceballos en la parte de atrás de un Rastrojero, boca arriba, convirtiendo a las nubes en conejos.

Dedicar años a un trabajo, cualquier trabajo, y luego volver la cabeza para verlo.

Empeñar una Remington portátil. Hacer la plancha. Tirarte de cabeza.

Tener otro hijo para enseñarle mi retrato. Tu sangre es sangre de hombre, hijo mío.

Insistir con la ternura. Aunque fracase. Y si, no, que se vaya.

Tener siempre un verso a mano: “La hormiguita hacendosa se escondió en la oreja de la rosa”.

Recorrer la calle San Martín formando parte de la gente.

Sostener por última vez la mano de tu padre, liviana como una mosca.

Meterte bien en la cabeza el orden de las calles. Es una de las preguntas favoritas de Dios en el examen de ingreso. A ver, ¿Independencia está antes o después de Obispo Trejo? ¿Y el bulevar de las Ponce?

Estamos hechos para esto. Para perseverar. Para descubrir quiénes somos. Para empezar de nuevo.

Hasta que en algún momento la vida pega un salto y desaparece.

Solcito

Amanece en la ciudad como en una postal de Las Bahamas y me entusiasmo alborozadamente al advertir tamaño sol en pleno otoño. Hoy va a ser un gran día, me prometo, mientras me asomo por la ventana para ver en planta baja cómo la gloria me hace señas y me llama con la punta de los dedos.

Me lavo el pelo sobrado de energía, me froto el cuero cabelludo para poner en orden las ideas y, después de cepillarme los dientes como lo sugiere la Orga-nización Mundial de la Salud, le vendo el alma al Diablo a cambio de un peinado que se parezca al de James Dean en Al este del Paraíso.

Me miro al espejo un rato largo y llego a la conclusión de que, si quisiera, podría trazar una pirueta en el aire, tocar el cielorraso con la punta de los pies y caer clavado como un cuchillo.

Abro el ropero como quien abre la puerta del cielo y selecciono la indumentaria de las grandes ocasiones: el calzoncillo gris perla de Míster Universo, el cinto que compré en el boliche de John Ford y la corbata a lunares que utilizaba el gran Gatsby para sentarse a soñar en el muelle de la bahía.

La ciudad es una alhaja de ojos verdes y hoy la voy a conquistar.

Sintonizo la radio en una emisora devota de Jacques Brel y gobernando como un rey en la cocina, distribuyo sobre la mesa un pomelo, un frasco de mermelada y un jarro de café.

La ciudad tiene el espesor y el sonido de una galletita Express.

Castiga el sol, canta Brel, el café está en su punto exacto (negro como el diablo, puro como un ángel, caliente como el infierno y dulce como el amor), compruebo una vez más que la vida sólo dice las palabras que le hemos enseñado y, mientras por una centésima de segundo paladeo el centro del universo, advierto que, más que escribir, lo que verdaderamente me gustaría sería hacer una película para terminarla exactamente en este punto.

Suquía

En la esquina de 9 de Julio y Figueroa Alcorta alquilás un bote de madera, te tumbás en cubierta panza arriba y, con los brazos flexionados en los codos y las palmas de las manos debajo de la nuca, te dejás llevar por las infrecuentemente caudalosas aguas del Suquía. Hace poco que ha llovido, el aire está inusualmente transparente y el cielo se divierte como la acuarela de un niño. El bote se desliza sin violencia, amablemente, y desde tu envidiable posición de rey de la Cañada mirás el mundo al revés como una fantasía de Picasso.

Vista desde abajo, la ciudad es una lonja de universo estrechamente relacionada con el propio cur-so de la vida. Por detrás de las ramas oscuras de  las tipas, se deslizan demasiados y desparejos edi-ficios repletos de personas que sufren, aman, gozan, gritan.

Al atravesar el puente de Colón, estás comple-tamente convencido de que en algún lugar de Cór-doba hay un tubo que conecta en línea recta con el  Paraíso.

El viento tiene un leve sabor azucarado y los peces se asoman como en las primeras películas de Disney. Podrías pasar el resto de tus días flotando por el río y dando cada 100 metros un leve grito de locura. Córdoba es azul hasta la masa. Al pasar por Santa Rosa, recordás que dos cuadras más abajo los remolinos de la calle Humberto Primero te van a sacudir desde el pelo hasta los zapatos. Pero no te importa demasiado. Comienza a hacer calor. Te concentrás en la presencia de una nube con espléndida forma de mujer. Adorás esta ciudad.

¡Qué lejos quedan todavía las desdichas de la calle Humberto Primero!

Charada

¿Cómo se llamaba, Miguel, Francisco o Guillermo, el Bracanto que importó el primer cargamento de gomina y en qué farmacia del centro se vendió: Minuzzi, Piazza o Del Águila?

¿Cuál de estos artistas locales asoció definitivamente la gomina con el tango: Carlos Gardel, Rodolfo Valentino o Lorenzo Barbero? Primera ayuda: tenía una orquesta integrada por 50 profesores. Segunda ayuda: cada vez que iba a tocar a Elevedós, la gente sumaba con los dedos a medida que llegaban los 50 profesores.

Y ahora, hablemos de Elevedós. ¿Cómo se llamaba en realidad? ¿Splendid, La Voz de la Libertad o Propalación Saturno? Saturno no, porque Saturno era otra cosa, ustedes dirán cuál. ¿Era un postre helado que servía la Oriental, acompañado con higos en almíbar? ¿Una mercería de la calle Argandoña, donde comprabas un yo-yo y te regalaban un balero? ¿O un planeta con anillo de hojalata que hablaba solo en medio de la plaza?

Pasemos a otra cosa. ¿Qué felino era y de dónde procedía el León de Francia? ¿En cuántas patas se paraba su caballo y durante cuánto tiempo lo hacía? ¿El tranvía 7 iba por Bulnes? ¿Wilton era una marca de cigarrillos o una campera de aviador? ¿Clifton? ¿Cleveland? ¿Galveston? ¿Fontanares?

El loco de la plaza Alem, que cuando me veía se ponía muy tierno y con sus dedos requemados me pellizcaba la mejilla, ¿cómo se llamaba? ¿Y su perro, era Tito, Buda o Capitán? De estos tres negocios, en uno me fotografiaron ante un afiche de Dios Nuestro Señor: ¿Lux, Vidal o Caruso y Osuna?