Quiénes y cuándo
Día de la Abuela. Exiliados. Nónimo. De las escrituras. Daniel Salzano.
Día de la Abuela
Yo de las abuelas nuevas no sé nada, porque hace mucho que no tengo, pero recuerdo muy bien cuando en la misma cuadra de la calle Jerónimo Luis de Cabrera vivían todas mis tías y mis tíos y mis primos y había una carnicería y una carpintería y unas sillitas de madera que sacábamos al anochecer para tomar el fresco.
Bueno, ahí, en el centro de la tribu, como el gran jefe Caballo Loco, se sentaba mi abuela, la nona, que era viuda, que era napolitana y que en el interior de un monedero que llevaba encadenado a la cintura conservaba la estampita de una virgen a la que le rezaba mientras hundía los pies en una palangana.
Me acuerdo cuando la abuela se metía en la cama y los resortes chirriaban y a ella se le escapaba un gruñido italiano de placer, y después yo le leía la vida de un santo de Sorrento que había pasado los últimos años de su vida alimentándose exclusivamente del rocío de las flores. Al final, el santo se iba al Cielo y la abuela decía siempre lo mismo: “¡Poverino!”
Lo que quiero decir es que si te sacabas un 10 en Ortografía, te regalaba una birome con resorte, y si te sacabas 2 en Aritmética, te ponía a pelar chauchas y, entonces, te contaba la historia de su casamiento con el nono, en la Confitería Oriental, con un menú que incluía cubiertos de plata y lechón con bananas fritas. ¡Bananas fritas! No sé si se han fijado pero, a medida que envejecen, las personas se parecen cada vez más entre sí y, a veces, en la calle Jerónimo Luis de Cabrera sucedía que había 10 ó 12 abuelas tomando el fresco en la vereda con el pelo recogido en un pañuelo negro y las manos aferradas al monedero y si gritabas –“¡Chau, nona!”– todas te decían “¡Chau!”, porque ya no veían bien, ni oían bien. Y si tenían un loro y ellas se morían, entonces el loro dejaba de comer y, como el santo napolitano, se alimentaba exclusivamente del rocío de las flores. Después, como tiro, ascendía a los cielos. ¡Poverino!
Exiliados
Cuando me preguntaban cómo era Madrid, yo movía el brazo hasta alcanzar una inclinación de 45 grados. Por ahí, por la cuesta de San Vicente –contaba– vi pasar a un viejo que caminaba con las manos anudadas a la espalda y una gorra de tambero hundida hasta las orejas.
Lo curioso es que aquellas espléndidas orejas no servían para nada, porque Buñuel era sordo. Entonces, me ponía de pie y caminaba tal como lo había visto caminar a él por la cuesta de San Vicente, en Madrid, un día que lucía con luz de domingo.
Cuando me preguntaban cómo era París, yo encadenaba los cubiertos sobre la mesa y explicaba. Ésta es la rue (calle) de Simone Signoret, éste es el callejón de Jacques Brel y si se baja por el Louvre se llega directamente al Sena. Entonces, movía las manos como si fuera Carlitos Chaplin en La quimera del oro.
Cuando me preguntaban cómo era Estocolmo, ponía el salero en medio de la mesa y lo abandonaba. Imaginen al salero vapuleado por la nieve. Imaginen al salero vapuleado por las sombras. A partir de ese momento, nadie quería saber más nada de Estocolmo. De Bergman, hablábamos a la hora del café.
Pero lo mejor era cuando me preguntaban cómo era Córdoba. En esos casos, colocaba ceremoniosamente sobre la mesa una caja de alfajores, de cuyo interior extraía dos cascotes, uno proveniente del cantero de acelgas que mi papá cultivaba en la casa de la calle Jerónimo Luis de Cabrera y el otro proveniente de la margen izquierda del río Suquía. Después, si algún paisano se ponía triste, le dejaba acariciar los terrones de la patria chica con la yema de los dedos.
Nónimo
SeñoR presidentE de la ofisinA de sensoS y estadísticaS de la nasioN arjentinA, de mi mayor considerasión: primero que todo espero que sepa guardar discresión al respeto desta carta porque se trata de un tema muy delicado: loS negroS. Y ojo que no estoi disiendo de los negroS nuestroS que no son negroS de verdad sino que le disen, por ejemplo: “che negrO, traeme una vidÚ”, o tanbién: “ahí biene el negrO bermudes”.
No digo destoS negroS ni tanpoco de los que juegan al báske o aparesen por la telEvisióN bailando roc, porquesos son negroS yankiS y tienen heladera y selulares y hasta existen negroS norteamericanoS que se bañan en yacusi, senioR presidentE. Los que yo digo son los africanoS, que no tienen ni internek ni licuadoraS y que hablan como en las películaS de tarsaN y no se les entiende ni jotA.
Ayer mismo vi en una rebista en la peluquería unas fotoS en coloreS en las que a los negroS africanoS se les ve todo, especialmente a las negraS que no saben loques un buen corpinio osidental y cada ves que la reina de inglaterrA va de visita se ponen a bailar con un palo descoba y dan bueltas a su al rededor mientras sU magestaD se tapa la naris con un paniuelo de seda.
Cómo será, senioR, questos individuos todabía viven con los liones y las sebras, y demás macmíferos tan analfabetoS como ellos! EntonceS yo me preguntO ¿cómO puede ser questos tipos que comen ormigas nos lleven 4uatro puntos de ventaja en la tablA de posisioneS del riesgO paiS?
¡A que puntO habremos llegado para questos sujetos que se comen a las ermanitas que van a enseniarles el cactesismO, vayan primeros que nosotros en la tabla de posisiones
¡ Si yo fuera usteD aprovecharía los inpulsos patrióticos que circulan por sus venas y le sumaría a l’Arjentina unos puntitos de costeleta, total los grones no saben leer ni sumar y no creo que se aviven.
CoN un guinio de complisidá nasional lo saluda afebtuosamente: un lesto r anónimo de La voz del interior.
De las escrituras
Lo menos que yo quería hacer con las máquinas de escribir era justamente eso, escribir, porque todo lo que hacían en las academias era taparte los ojos con una venda y dictarte cartas como si fueras una secretaria: córdoba8dejuliosudespachomuyseñormíosinotroparticularatentamente. Esas eran las cosas que te enseñaban durante una hora, dos veces por semana, y cuando al final emergías convertido en dactilógrafo, resulta que te sentabas a la máquina y escribías como si tuvieras los 10 dedos mochos.
Hubiera dado la vida por dar la vuelta al mundo subido a una Continental de cinta negra y roja, y a veces soñaba que moría devorado por los leones del desierto mientras, con un hilo de voz, alcanzaba a pedir por última vez mi máquina de escribir, que seguía tipeando sola hasta el final de la película.
A ver, guitarristas, si cuando se les rompe una cuerda no sienten que han perdido toda conexión con la esperanza. Bueno, con las máquinas de escribir pasa lo mismo cuando salta la patita de la ele con ese chasquido que no sé a qué se parece pero debe ser el disparo de un revólver.
¿Han empeñado alguna vez una máquina de escribir? Las ponen panza arriba sobre un disco giratorio de madera y les hunden sin ningún miramiento las manos en los adentros. Si uno se aleja lo suficiente, es posible ver los pies de la máquina, largos, negros y desfallecientes.
Yo vendí una Remington por tonienqui. Ahí nomás fui y me compré un par de zapatos en Grimoldi. Estaba tan flaco y era tan pobre que las astas de mi pelvis sobresalían como los cuernos del padre de Bambi. Mal negocio: tenía zapatos pero no tenía cómo describirlos. La cosa es así: si no escribís una vez al día, por lo menos, se te seca el cerebro.
Bueno, lo cierto es que empecé a escribir a mano en los bares, sobre servilletas. Ni punto de comparación. Escribir a máquina es lo mismo que boxear: hay que ocupar el centro del ring, apretar las mandíbulas y no perder de vista el papel, porque si uno se pone a ver dónde están los puntos y las comas, la literatura te baja de un sopapo.
Bécquer escribía a mano, con una pluma de ganso. Setenta y dos horas sin parar nada más que para escribir la de las golondrinas sus nidos a colgar. ¡Pobre Gustavo, con los brazos apoyados sobre los ojos en la oscuridad!
Salvo el boletero de Cinerama que llena sus planillas con una Underwood de dos velocidades y yo mismo, que escribo las notas de La Voz con una Olivetti de seis tiros, no hay nadie en esta ciudad que siga escribiendo con tracción a sangre.
Adoro las máquinas de escribir, que a veces gimen de agonía y a veces maúllan como gatas.
Ayer mismo me pidieron que escribiera 55 líneas sobre la diferencia que existe entre una vieja máquina de tonienqui y una computadora Flatron Ll77WSB. Entonces yo dije: escribir con una computadora Flatron Ll77WSB es como escribir sobre los brazos de un pulpo. Los pulpos poseen una masa de 50 millones de neuronas detrás de cada ojo. Y cuando tienen ganas de hacer pulpitos, copulan poniendo su tercer brazo dentro del manto de la hembra, que permanece inmóvil.
Por eso, con la computadora yo ando bien siempre y cuando ella permanezca en una jaula y yo unos metros, bastantes metros, más atrás. Me dirán que la Flatron incluye en su interior el almanaque de Marilyn Monroe y la cantidad de goles que marcó Enzo Francescoli cuando jugaba a la pelota en el patio de las Escuelas Pías, pero eso yo lo aprendí leyendo el Tit-Bits mientras iba al Belgrano en el tranvía.
Entonces dije que no, que no iba a escribir ni una línea ni nada.
La primera vez que fui en avión a Buenos Aires, el cambio de presión hizo que la birome que llevaba en el saco estallara. La tinta –pensé– era como una condecoración en la solapa.
Hay veces en que la gente me pide que firme un libro. Yo firmo con birome. Después de todo, ¿conocen algún escritor que firme autógrafos con una computadora?

