Quiénes y cuándo
Sigarito. Centauro. Una ciudad de hombres fuertes y terribles. Los mejores cordobeses son los que están a punto de nacer. Daniel Salzano.
Sigarito
Vení, rubia, dame un sigarito, dice la gitana al tiempo que extiende a lo ancho de Chacabuco su pollerón de plato volador; vení, rubia, le dice con su voz mágica y oscura, y la rubia, que debe tener 15 años a lo sumo, le dice que no, que no tiene sigaritos, que no fuma, pero la gitana le tapa la salida, le impide avanzar, la amura contra las rejas del Palacio Ferreyra y le susurra te adivino la suerte, rubia, dame la mano, la izquierda, tenés mucha suerte vos, yo te voy a adivinar, dame la mano, rubia, y la rubia, temerosa, se la extiende, vas a conocer un muchacho divino, afirma la pitonisa, rubio, le dice, alto como vos, le dice, dame 10 pesos y te digo cómo se llama, rubia, pero la chica no tiene nada más que una moneda y se la entrega, la gitana la mira, la muerde y se la guarda, buscá bien en los bolsillos, le aconseja, si me das más te digo si vas a tener hijos, dos hijos por lo menos, acordate, rubios como vos y como él, vas a ser feliz, ahora dame la otra, la derecha, pero la chica hace una finta, la elude y se aleja, la gitana se queda murmurando, hablando sola como hablan los gitanos, a veces con Dios y a veces con el diablo, dejémosla ahí, sigamos en cambio a la rubia que al llegar a la plaza España se toca el reloj y tiene el reloj, se toca el anillo y tiene el anillo, la gitana no le ha robado nada, o no ha querido, o no ha podido, y ahora observemos al chico que la viene siguiendo a la distancia, alto como ella, rubio como ella, no conocemos su nombre, no sabemos qué pasará, no sabemos si tendrán hijos, no sabemos si serán felices, todo lo que sabemos es que el chico saca un sigarito del bolsillo de la camisa, lo enciende y se dispone a decirle algo que imaginamos pero no logramos escuchar. La mañana es de oro, de oro caliente.
Y, sin embargo, no logramos querer a los gitanos.
Centauro
Una inspección minuciosa y objetiva al agujero cavado en la media suela del zapato (con un diámetro similar al de un cospel de 2,50 pesos) y un riguroso arqueo de caja tras vaciarme los bolsillos (16 pesos) me confirma por las malas lo que venía palpitando: estoy sentado, de manera total, absoluta e irremediable, sobre el gélido umbral de la pobreza.
Hace tiempo, pienso, hubiera intentado liquidar el expediente subiéndome a un taxi en el Correo para, 10 minutos más tarde, bajar en la puerta del hipódromo. Por aquellos días, la vida era una recta de un kilómetro de largo que, con el corazón en la boca y los puños en alto, se recorría en menos de un minuto.
Llegaba al hipódromo, estudiaba el programa, elegía un caballo pura sangre con nombre de mujer y me sentaba como un duque a esperar el sonido cuartelero de la campana de largada; 60 segundos más tarde ya sabía si era rico o seguía siendo un poligriyo.
Cada vez que ganaba, me sentía tan picante que me dejaba crecer el bigote. O cambiaba de reloj.
Cada vez que perdía, me ponía el diario debajo de la axila y caminaba como Lee Marvin al final de A quemarropa.
Hace mucho tiempo que no he vuelto a ver un pura sangre.
Hace mucho tiempo que sospecho que los caballos pura sangre han dejado de existir.
Aprovechando que llueve tenazmente y que, más que una calle vacía, el área peatonal parece una pista barrosa, me doy un leve chirlo en la cadera y pego un corto galope de costado. El agujero mayor de mi zapato estampa sobre las baldosas mojadas la huella fugaz de una herradura.
Una ciudad de hombres fuertes y terribles
Nunca pases por el Clínicas sin echar una moneda en la alcancía / y si no tenés una moneda rezate un Padrenuestro bien rezado / siempre hay un enfermo con las manos cruzadas sobre el pecho / o escondido en el baño / fumando / en cuclillas / un faso refumado.Nunca dejes de saludar al viejo de la calle Montevideo / preguntale el nombre de su perro / se llama Wendy / preguntale por qué le puso Wendy /convidale un cigarrillo / dale fuego.
Nunca eches una carta al buzón y te alejes sin hacerle una caricia / no hay nadie ni nada en esta ciudad de hombres fuertes y terribles / que no espere una caricia.
Nunca atravieses la galería Cinerama si no estás dispuesto a tatuarte un corazón / en la mejilla / yo tengo un tatuaje con las iniciales de Orson Welles / y un escudo de la ciudad atravesado en diagonal por una flecha.
Nunca cambies de canal cuando dan una de John Ford / porque cuando llegues al cielo te mirarán de costado / John Ford le explicó a John Wayne que detrás de cada hombre / caminan treinta caballos.
Y si te vas a dedicar a la poesía / entonces andá a un bar / pedí una servilleta / y hacé una lista con el nombre de tus treinta caballos / no tengas miedo / Dios ya ha pensado en todas estas cosas.
Nunca dejes de entrenarte / en eso no hay secretos / se llena una bolsa con palabras / se la cuelga del marco de la puerta / y se la faja / hay que practicar el punto y coma / con los puños cerrados / y la guardia baja.
Nunca olvides que como la mano negra de la Ortopedia Guerra / y el transatlántico de la vidriera de la agencia de viajes Oceanía / sos un cordobés / fuerte / y terrible / no te digo que no vayas al consulado a buscar los formularios para irte / pero es mejor que te vayas metiendo una cosa en la cabeza / la vida nunca comienza / siempre continúa.
Lo mejor es apoyar el oído sobre el asfalto y esperar el paso de los treinta caballos.
Los mejores cordobeses son los que están a punto de nacer
Soy ese tipo que observa de reojo a los viejos campeones de Talleres / Instituto y Belgrano que / sentados en un bar del área peatonal / comen papitas y aceitunas / mientras ponen su corazón al aire / por un rato.
Soy ese tipo que mira, toca, brazos, piernas, mejillas y bocas para envolver y regalar / hay que vivir borracho de algo / decía Baudelaire.Fui un niño requetefeliz / me acuerdo que estábamos reunidos en casa /como en el Arca de Noé / mi hermano / Silvano / Tito Bravo / el Pila / el Nene / jugábamos al Estanciero / nunca dejé de emocionarme cada vez que pasaba por la salida y cobraba cinco mil / quiero decir que sabía distinguir entre un roble y un nogal / entre Cabalén y Gradassi / entre el Sombras y El ángel azul / y si me hubieran obligado a confesar / con un cuchillo en la panza / hubiera dicho que quería ser el viejo cirujano que arreglaba las fracturas a Pinocho.
Soy ese tipo que lee una antología de Cendrars con la seriedad de un mariscal / cuando sea grande me gustaría escribir como él / no me atrevo a recomendarles un libro suyo porque están agotados / o son desconocidos / en serio / pedís un libro de Cendrars y el empleado estira el mocasín para apretar la chicharra que conecta con la central de policía / jefe / tenemos un sospechoso.
Una vez decidí caminar y pegar la vuelta al mundo / salí de la pizzería de don Luis y llegué hasta la calle Arturo M. Bas / me detuve porque me hacían bramar las cicatrices.
Dibujé el perfil de la ciudad cabalgando una moto de 98 cilindradas / y durante mucho tiempo guardé en la billetera / una servilleta que incluía el recuerdo de una mujer / con los labios a punto de esta-llar / esa mujer y yo estuvimos pegados con en-grudo / pero ustedes no han comprado el diario para esto.
A veces veía pasar caminando de ida a Víctor Brizuela / y a veces veía volver caminando a Rubén Torri.
Soy ese tipo que se vuelve loco por los taxis / las mujeres / y el café / a veces digo que los mejores cordobeses son los que están a punto de nacer / o de morir / pero mi voz se pierde en el bullicio y suena como el perrito blanco y negro de la Victor / soy ese tipo que está ahí sin estar completamente solo o enteramente acompañado / escribiendo sin saber / si esta nota durará hasta las diez las once o las doce.
¡Qué cantidad de poesía tan enorme tienen los viejos campeones de Córdoba!

